Sombras, luz y fuego

La sombra se alargó al lado de la chimenea y la mujer emergió de ella. Estiró la espalda, notando cómo crujían las vértebras de su columna y resopló. Se sentía vieja y cansada. Se dejó caer en el sofá y, con un movimiento de los dedos, hizo que las llamas comenzasen a arder para calentarle los huesos.

La casa era vieja y estaba mal cuidada, las paredes cubiertas de moho y la humedad del ambiente le venía demasiado mal para los pulmones, aún afectados por el último catarro. Al fondo se escuchaba gotear un grifo, que nunca había cerrado bien, y ni siquiera ellas se atrevían a utilizar la instalación eléctrica. El único motivo por el que seguían en aquella casa, era la chimenea. No era sencillo encontrar una casa con chimenea desde hacía un par de siglos.

Llegó una nueva sombra, que se materializó a su lado. La mujer se sentó a su lado en el sofá, gimiendo al hacerlo.

—¿Qué tal tu espalda, Antía? —preguntó la primera mujer.

—He vivido años mejores, pero esto no acabará conmigo.

Ambas se quedaron mirando al fuego, en silencio, esperando a al resto. Llegaron otras tres mujeres más, que se fueron sentando alrededor del fuego sin decir nada. Después de tantos siglos juntas, ya no tenían nada que decirse.

—¿Estamos todas? —preguntó la última en llegar mientras estiraba, como podía, los dedos hacia el fuego.

—Falta Mara —respondió la primera mujer, poniendo un gesto de hastío.

Dos de ellas resoplaron, otra puso los ojos en blanco murmurando algo para sí.

Las luces llegaron a través de las rendijas de la persiana rota del salón y la mujer se materializó en la constelación de puntitos blancos que se había formado en la pared del fondo. Era la única de ellas que se camuflaba con la luz y no con las sombras.

—¿Qué tal, hermanas? —saludó con entusiasmo.

—Vieja.

—Dolorida.

—Con artrosis.

—De verdad os digo, que animáis la tarde a cualquiera —replicó Mara, sentándose en una silla que parecía que iba a romperse de un momento a otro—. ¿Habéis conseguido algo?

—Un catarro que se me ha agarrado al pecho, nada más. No es fácil conseguir plumas de Ítava en esta época —respondió Antía.

—¿Recordáis cuando las Ítavas y los Seraes surcaban los cielos? Eso sí que eran buenos tiempos…

—Deja las batallitas para otro momento, Elisa.

—Cada siglo estás más cascarrabias, Iria. No te sienta nada bien la edad —replicó Elisa.

Ambas se miraron, durante un instante, con el ceño fruncido como dos fieras a punto de saltar. De repente, sus gestos cambiaron y se echaron a reír. Las demás, las ignoraron. Llevaban demasiados siglos con ese juego y ya les aburría.

—Yo traigo la bolsa llena de hierbas. Algunas mejores que otras y no todas las necesarias, es cierto, pero sí están las imprescindibles. También he traído especies nuevas, evoluciones de otras plantas y algunos híbridos fabricados por la mano del hombre, que no tienen mala pinta del todo. Por mi parte, creo que he conseguido todo lo necesario para el conjuro —comentó Elisa orgullosa.

—Yo también he cumplido con mi parte, y eso que era la más complicada: traigo la sangre —dijo Mara.

—¿Qué es eso para ti? Aún eres joven y fuerte —replicó Elisa con ironía.

—Y bella —añadió Gala.

Todas se echaron a reír. Si algo no tenía Mara era belleza. Ella se puso roja de ira.

—No sé por qué os sigo soportando. Además, tampoco soy tan joven… ¿cuántos años me sacas, Gala? ¿Cien? ¿Doscientos? ¡Lo dices como si nos separasen mil quinientos años!

—Ciento treinta y siete.

—Vamos, chicas, dejadlo ya —intervino Iría—. No estamos aquí para pelear. Además, nuestra fuerza es permanecer unidas.

Todas ellas asintieron al unísono. Lo único que las mantenía vivas a lo largo del tiempo había sido permanecer unidas.

—Yo también he traído los libros de salmos. No fue sencillo encontrarlos todos. Vivimos en una época en la que los libros, como nosotras los conocíamos, son casi tan raros como las Ítavas —dijo Iría, intentando reconducir la conversación.

—A mí me llevó más de treinta años limpiar la arena sagrada de impurezas —afirmó Gala—. Parecía lo más sencillo, porque la arena siempre ha estado ahí, pero teníais que haber visto en qué estado se encontraba… Vivimos tiempos extraños.

—¿Y tú, Lúa? —preguntó Mara—, ¿traes el cristal de luna?

Lúa asintió y abrió la bolsa que había colocado sobre su regazo, dejando que el destello plateado iluminase la habitación.

—Pues, entonces, sólo nos faltan las plumas de Ítava. No sé si funcionará.

—Funcionará —aseguró Antía—. No es la primera vez que lo hacemos sin uno de los ingredientes.

—Pero es la primera vez que lo hacemos sin las plumas.

—Tendremos que intentarlo. Este cuerpo no aguantaría ni otra década, no digamos ya otro siglo —dijo Gala con tristeza.

No fue necesario decir nada más. Todas ellas, incluso Mara, sabían que sus cuerpos no resistirían mucho más sin el conjuro. Debían arriesgarse e intentarlo.

Tras varios gemidos y crujir de huesos, consiguieron ponerse todas en pie formando un semicírculo alrededor de la chimenea. Gala esparció la arena en el interior del semicírculo, entre ellas y el fuego. Iría repartió los libros, abiertos cuidadosamente por la página correspondiente, y comenzaron los cánticos. Cada una de ellas tenía un salmo distinto pero todos, al unísono, sonaban como un único verso. Elisa arrojó a las llamas las hierbas, en el orden correcto y crepitaron siguiendo el ritmo de su cántico. Mara repartió la botella con la sangre, de la que todas bebieron. Antes de terminar la última frase del conjuro, Lúa sacó el cristal de luna de la bolsa, dejando que su luz las iluminase por completo. Sintieron el frío en los huesos. Era un frío diferente, que reconfortaba más que el fuego. Era el frío de la Luna. Cuando la luz se apagó, se miraron unas a las otras y luego a sí mismas.

—Bueno, algo es algo —dijo Mara con una sonrisa torcida.

—Quizás, esta vez, no podamos esperar un siglo para volver a vernos. Nos vemos en cincuenta años —añadió Elisa, de forma más seria.

—Creo que ya nunca volveremos a ser jóvenes y bellas.

Asintieron, asumiendo su nueva naturaleza como algo normal. Ninguna culpó a Antía. Todas sabían que, si aún existieran plumas de Ítava, las habría conseguido. Las mujeres se abrazaron y se besaron en los labios como despedida. No había nada más que decir. Las sombras se disiparon, la luz se alejó y el fuego se apagó.

***

Escrito como regalo para @ConstructorCrit , y que me ha permitido publicarlo. 🙂

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Arena Seca

Llevaba más de medio día cavando y aún no había encontrado otra cosa que no fuese arena, esa arena gris y fina que se le había metido ya hasta en el alma. Tenía la sensación de tener más arena en las botas de la que había en toda la condenada playa. Tiró la pala hacia la orilla con furia y, más que sentarse, se dejó caer en el suelo. Estaba exhausto. Miró a su alrededor con la sensación de estar viendo aquel paisaje por primera vez en todo el día.

 

Los árboles de hueso se enredaban a la orilla de aquella playa formando estructuras imposibles y el agua roja lo lamía todo de forma lenta y constante, bajo un silencio ensordecedor. Justo en ese momento, cuando la tercera luna estaba empezando a emerger en el horizonte, aquel lugar poseía una belleza obscena que le hizo recordar las noches de invierno en el puerto de Sarut. Era la misma peligrosa lujuria que se respiraba en sus calles, con esa calma tensa del deseo contenido. Respiró hondo dejándose llevar por el momento. Sabía que debía volver a su nave. En cuanto la tercera luna brillase llena en el cielo y las flores de los árboles de hueso se abrieran, los vapores tóxicos le matarían.

 

No fue consciente de que se  había olvidado el respirador hasta que llegó a la isla. «Menudo error de novato», se reprochó. Ya no tenía remedio, tendría que volver a la nave y esperar allí los diez días que tardaban en volver a cerrarse las flores de hueso. Calculó mentalmente los suministros que tenía, serían suficientes si se controlaba. No volvería al campamento a por el respirador, esa no era una opción, sería como admitir que el Consejo tenía razón y que ya estaba demasiado viejo para estos trabajos.

 

Aquella fue una salida a la desesperada. Tenía que demostrar que aún era válido para comandar el campamento y, si era cierta la información que había recibido, aquel hallazgo no sólo le aseguraría la comandancia por el resto de su vida sino que, además, le convertiría en leyenda. El problema era de dónde había conseguido esa información.

 

—Sólo un necio daría por bueno lo que le cuenta un tipo al que llaman Kao el Mentiroso, por mucho que haya pagado por esa información —dijo en voz alta con un suspiro de resignación.

 

«O alguien que esté realmente desesperado», se excusó mentalmente.

 

El fogonazo verdoso de la nave entrando en la atmósfera le sacó de sus pensamientos. En otra época, ya habría sacado su arma y estaría completamente alerta. Esta vez, en cambio, se quedó donde estaba esperando lo inevitable. Escuchó la rampa metálica chocar contra el suelo a su espalda. Sólo había una persona en todos los mundos que atracase en seco. Soltó el aire que llevaba retenido en los pulmones y se sintió más aliviado.

 

—Sand —dijo a modo de saludo, sin girarse.

—Hola, viejo —respondió mientras bajaba de la nave—. He de reconocer que ni en un millón de años habría esperado verte aquí.

—Y yo pensaba que los jóvenes y guapos no se dejaban engañar por el Mentiroso —dijo con sarcasmo—. ¿Qué haces aquí?

—Hasta un mentiroso dice a veces la verdad.

—Creo que no va a ser esta vez —le dijo señalando a su alrededor con la cabeza—. Poco queda por hacer en esta playa.

 

La tercera luna ya casi había salido del todo. Sand se sentó a su lado con un suspiro de resignación y le alargó la mano con un respirador.

 

—Apuesto todo lo que queda en mi bolsa a que se te ha olvidado. Hay cosas que nunca cambian.

—Deberíamos irnos —replicó malhumorado.

—Deberíamos seguir cavando.

—Entonces, debería irme yo y dejarte la gloria.

—Deberías —replicó Sand con una sonrisa ladeada.

—Pero no lo haré.

—Lo sé —respondió, volviendo a acercarle el respirador.

 

Esta vez, lo cogió con un gruñido.

 

—¿Por qué haces esto?

—Porque quiero que sigas siendo nuestro Comandante.

—¿A pesar de todo?

—A pesar de que, si tu fracasas, yo ocuparía tu puesto.

—Mira alrededor, ya he fracasado. Aquí no hay nada.

—Está aquí. Kao no se atrevería a mentirte. A ti no.

 

Se quedaron en silencio. Quería creer lo que Sand acababa de decir, quería creer que aún infundía un poco de respeto, pero en el fondo de su ser sabía que ya no era así. Tenía ese tipo de certeza absoluta, que es más animal que humana, de que esta vez había fracasado y que ya estaba todo perdido. Intentó imaginarse cómo sería el día siguiente de perder la comandancia. Sentía el vacío de no tener nada que hacer ni nada en lo que preocuparse como el vértigo en la boca del estómago. Se vio a sí mismo como había visto, años antes, al anterior comandante: con las manos en los bolsillos, los hombros hundidos y esa mirada perdida. Contuvo como pudo el nudo del estómago, no era momento para mostrar debilidad.

 

—De acuerdo, Sand —dijo intentando sonar decidido—. Seguiré cavando hasta encontrarlo. Está aquí, lo presiento. —Mintió. A Sand se le iluminó la mirada, aún tenía fe en él y eso le dolió mucho más que si le hubiera traicionado—.Pero necesito hacerlo solo, no me puedo permitir que el resto dude de mí y que piensen que ha sido obra tuya. Vuelve.

 

Ella sonrió abiertamente, se levantó y le besó la cabeza de forma maternal. No fue capaz de decirle adiós, ni siquiera de girarse, no quería que ella viese las lágrimas resbalar por sus mejillas. Prefería que le recordase fuerte, decidido, invencible, el padre que siempre quiso ser para ella.

 

No había desaparecido aún el destello verdoso de la nave de Sand al cruzar de nuevo la atmósfera cuando se quitó el respirador. Los vapores de las flores de hueso ya ondulaban el aire. El olor era mucho más agradable de lo que imaginaba y una sensación de paz le invadió. Se tumbó en la arena y la notó caliente. Demasiado caliente, y vibrante. Pensó que ya estaría aluciando por el veneno y acomodó las manos debajo de su cabeza. Entonces lo notó y supo que perdería el conocimiento enseguida. Estaba ahí mismo, debajo de su cuerpo. Kao no le había mentido al fin y al cabo. En el fondo se sentía en paz consigo mismo en ese instante.

 

Una parte de su consciencia le gritaba que no era real, que esa paz era efecto del veneno corriendo por su sistema nervioso. Otra parte de él se sentía feliz como nunca antes. Deseó haber estado más consciente para tomar una buena decisión.

 

«No tomar una decisión, también es tomar una decisión», pensó. Había alguien le repetía esa frase a menudo pero su imagen se escapaba de sus recuerdos.

 

«Su nombre se me escapa entre los dedos, como arena seca», filosofó, dejándose llevar por la embriaguez del momento. «Arena seca entre los dedos… Arena… Arena…».

 

—¡Sand! —gritó con el hilo de aire que le quedaba en los pulmones.

 

Cogió el respirador con torpeza mientras le temblaban las manos y pequeños puntos negros se formaban frente a sus ojos. Sintió entrar el oxígeno en su cuerpo quemándole la garganta, haciendo que se le revolviesen las tripas. Contuvo la náusea como pudo y se desplomó.

 

«Lo hago por ti», pensó antes de dejarse llevar por aquella oscuridad que le cubría como una manta caliente. Supo, de manera inconsciente, que despertaría encontrándose mejor y todo cambiaría.

Mike

—Era más que un simple robot —dijo Rogers, con un deje de añoranza en la voz.
—No, no lo era, por mucho que te empeñes no era más que metal y plástico, con un software que, en honor a la verdad, dio problemas desde el primer día —dijo la Teniente desde el otro lado de la mesa.
—Eso que tú llamas “problemas” era su alma.
—Las máquinas no tienen alma.
—Sea como sea, quiero conocer su historia —cortó Ivonne antes de que aquella pelea se le fuera de las manos. Había tardado mucho tiempo en conseguir esa entrevista y no permitiría que nada se la echase a perder. Puso su mano sobre la de Rogers.

La historia de Mike y Rogers le había llegado a Ivonne de casualidad, por una conversación absurda con una vieja amiga de la universidad.
—¿Sabes que hay un soldado enamorado de su robot escolta? Eso mismo debería hacer yo, buscarme una hojalata sin cerebro y enamorarme de él, seguro que no me rompería el corazón —le había dicho entre chupito y chupito, como una crítica indirecta a su último novio.
Fue una de esas frases que se dicen sin más, pero que despertó en Ivonne ese instinto de periodista de estar ante una de esas historias que acaban por convertirse en virales. Con una de esas historias absurdas se habían lanzado muchas carreras serias.

—Cuéntemelo todo, Rogers, quiero saber la verdad —le insistió.
—A Mike me lo asignaron después de que mi anterior unidad hubiera sido anulada en combate.
—¿Mike? —preguntó Ivonne alzando levemente una ceja. Rogers enrojeció.
—Si, se llamaba Mike. Él era mucho más que piezas sin alma y merecía un nombre. Mike nos pareció apropiado a ambos aunque, ahora que lo pienso, no sé por qué.

La Teniente resopló, poniendo los ojos en blanco. Habían insistido en que debía estar presente, «por protocolo» habían dicho, aunque Ivonne estaba segura de que estaba allí para que Rogers no hablase más de la cuenta.

—Al principio, yo también pensaba que era un escolta más, como tantos otros que había tenido antes, como todos los demás asignados a la base.
—¿No fue amor a primera vista?
—No, claro que no —. Sonó como si pensara que era una locura lo que le había preguntado.

Se sintió decepcionada, habría sido muy romántico decir que lo suyo fue amor a primera vista, que se compenetraron y se complementaron desde el primer instante en el que le asignaron a Mike. También habría sido interesante decir que, al inicio, no se llevaron bien o que, incluso, podrían haberse odiado, pero por su respuesta supo que eso tampoco había ocurrido. Le hizo una señal para que continuase.

—Yo estaba destinado en el planeta 27. ¿Ha oído hablar de ese planeta? Todo lo que vive allí parece inventado con el único propósito de aniquilarte. Y ya no hablo sólo de los Lenders, sino de todo: el azufre del aire, la arena venenosa, el agua corrosiva…
—Sí, conozco los peligros de ese planeta —le intentó cortar al ver, de reojo, a la Teniente mirar el reloj. Le habían dejado claro que su tiempo era muy limitado—. Pero háblame de Mike, cuéntame cómo te enamoraste de él.
—Mike me salvó la vida muchas más veces de las que puedo recordar. Pero aquella vez que un Lender me dejó sin el brazo derecho, cuando vi a Mike al lado de mi cama en la base y me dijo «ya estás a salvo»… en ese momento entendí lo que sentía. Nadie más me ha hecho sentir tan seguro, tan completo, tan… ¬¬—se le quebró la voz—. No debería haberle desconectado, pero era una orden directa…
—¡Es suficiente! —dijo la Teniente.
—¿Desconectado? Tenía entendido que había sido una baja en combate —preguntó Ivonne.
—Deberíamos haber huido, pero una deserción… Fui un cobarde, ¿no lo entiendes? Él era lo único bueno de mi vida.
—¡Soldado!, es suficiente.
—¡No! —gritó Ivonne poniéndose en pie mientras veía a Rogers hundirse en la silla con la mirada perdida.
—El tiempo se ha acabado —replicó la Teniente, recuperando la compostura y con un tono de voz suave y firme, como si estuviese hablando con un niño pequeño—. Vamos —dijo, y con un protocolo impecable, salió de la sala seguida por Rogers.

Al llegar a la puerta, Rogers volvió la cabeza y con un leve gesto le señaló un papel en el suelo.
«No dejes que haya muerto por nada, sigue tu instinto.» Ivonne sonrió. Ya tenía historia.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

En una cajita

Lo que Bruce nunca pudo haber sospechado es que, esa misma mañana, le robarían.

Como todas las mañanas, guardó la caja de bambú tallada por su abuelo en el doble fondo de las tablillas del suelo de su habitación, cerró la puerta y salió a hacer negocios. Diez horas más tarde, los drones le habían escoltado hasta su pequeño piso de la Quince con Sunset. Allí, esos nuevos ciborg policiales, que aunque eran de aspecto mucho más humano aún le ponían el vello de punta, le informaban con su voz sin alma que un varón, de raza blanca y con síndrome de abstinencia había entrado en su vivienda «no sustrayendo, aparentemente, nada».

Pero los ojos de Bruce ya habían visto, desde el salón, la tablilla colocada al revés. Si hubiera tenido corazón, le habría dado un vuelco. Estuvo a punto de denunciar el robo, pero su cerebro analítico le recordó que serían muchos más los problemas, por ser algo ilegal, que las ventajas. Incluso, aunque llegasen a recuperarlo.

—¿Por qué no le han atrapado?

—Hace horas que se produjeron los hechos, señor. El sujeto podría estar en otro planeta, literalmente. Pero se ha activado la orden de búsqueda de nivel seis.

«Nivel seis…» pensó. Si supieran lo que había robado, el nivel de búsqueda del propio Bruce no sería menos de cuatro.

—¿Cómo pueden saber quién es? —preguntó con fingida ignorancia para evitar seguir pensando en lo que le habían robado. Esos nuevos agentes eran mucho más perceptivos y parecían conocer todo lo que te cruzaba por la mente.

—Por el ADN, por su puesto. Fue descuidado —. Bruce sabía que no le daría más información.

—Si no necesitan nada más… —insinuó, esperando que los agentes se fueran.

—No parece muy afectado, señor Neyman.

Los ojos del ciborg cambiaron a color negro, le estaban escaneando en busca de anomalías. Si Bruce estuviera en su estado normal no lo habría notado, pero esa era una de las ventajas de disponer del cerebro en estado puro, sin alteraciones emocionales.

—Sólo necesito cerrar la puerta blindada, abrirme una cerveza y olvidarme de todo esto —dijo apretándose los ojos con los dedos, intentando parecer agotado. —¿Necesito protección?

Un ligero zumbido, casi imperceptible, y los ojos del agente volvieron a ser marrones.

—No, señor, no creemos que vuelvan por aquí.

Bruce tampoco lo creía, ya tenían lo que estaban buscando. Los agentes salieron de su piso con saludando con la cabeza, en un gesto tan forzado que se notaba sin lugar a dudas que no era humano.

Si hubiera tenido sentimientos, en esos momentos estaría al borde del colapso. Sin embargo, como les había dicho, cerró la puerta blindada, se abrió una cerveza y se dejó caer en el sofá. Tuvo que esforzarse por parecer preocupado, por si habían dejado algún dispositivo de vigilancia. Debía actuar deprisa. Debía recuperarlo lo antes posible.

En la primera en quien pensó para el trabajo fue en Gold. Ella, tan dulce, tan bella, tan letal, sería perfecta para muchos trabajos pero, ahora que podía pensar sin que los sentimientos le nublaran el juicio, supo que no era la mejor elección. «John, por supuesto» pensó; «John, sin lugar a dudas» se confirmó a sí mismo.

Accionó el inhibidor que tenía escondido bajo el sofá y realizó la llamada sin video, cualquier precaución era poca en esos momentos.

—Dime —respondió John al otro lado de la línea en tono seco.

—Necesito tus servicios.

—Supongo que no me llames para encargar la cena —dijo irascible—. Dime que quieres, rápido, estoy en medio de algo.

—Me han robado.

—¿Quién?

—Si lo supiera no te necesitaría —. Bruce intentó parecer igual de irascible, pero sus palabras sonaron planas, sin ningún tipo de emoción.

—Dime lo que te han robado y te digo el precio.

—El corazón, en la cajita de bambú de mi abuelo.

Al decirlo en voz alta fue consciente del vacío en su pecho por primera vez. No fue algo doloroso, ni siquiera pudo decir que echaba de menos su latido, fue algo físico. Simplemente, notó el hueco. Escuchó a John contener la respiración al otro lado de la línea.

—Estaré en tu casa en media hora— dijo, y la línea se cortó con un clic.

Le dio otro trago a la cerveza. «Debería estar preocupado» pensó, pero se había quedado sin sentimientos. Era mejor así. Necesitaba tener la mente clara para lo que iba a pasar a partir de ese momento. No se roba un corazón sin consecuencias.

 

(La inspiración llega desde cualquier lugar, sólo hay que estar atento. Inspirado por el estribillo de la canción de Extremoduro “A fuego”)

Bajo el tren que pasaba

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Susana esperaba. Tenía que reconocer que, llegados a ese punto, le parecía hasta de mala educación su retraso de casi tres horas, pero esperaba. No podía hacer otra cosa. Una leve brisa se levantó y ondeó la bandera de la fachada.

Recordó una historia que había leído de pequeña, en uno de aquellos libros de lectura obligatoria, sobre una persona que esperaba a su amigo en pleno invierno. Aquella persona contaba el frío que sentía, contaba que se le quedaban entumecidos los dedos de las manos y que le dolían los pies y las orejas. Al final llegaba su amigo, tarde, muy tarde y perfectamente abrigado. «Y le empujé bajo el tren que pasaba» terminaba diciendo.

Sonrió al recordarlo y ajustó el rifle guiándose por el movimiento de la bandera. Siempre le había gustado aquella historia. Por primera vez se planteó si sería adecuada para la edad a la que la había leído y la influencia que había tenido en su vida. Intentó no darle muchas vueltas, en realidad no se veía a sí misma haciendo otra cosa.

Casi había transcurrido otra hora más cuando le vio girar la esquina con su rubia agarrada de su brazo. Levantó la vista. Hacía rato que había empezado a oscurecer, pero las farolas aún no estaban encendidas y las sombras alargadas de los edificios cubrían todo de una luz grisácea. En realidad tenía que reconocerle el don de la oportunidad. No había llegado a la hora prevista, pero había llegado en el mejor momento. Por primera vez se permitió pensar si le llegaría a echar de menos.

Cuando le marcaron el objetivo no pudo evitar sentir una punzada en la base del estómago. A pesar de todo, él había sido muy importante en su vida… hasta que llegó la primera rubia. Una mezcla entre añoranza y rencor se apoderó de ella y supo que sería uno de los encargos más difíciles de su carrera. Aun así, aceptó. Debía cerrar el círculo pero, sobre todo, debía demostrarse que era una profesional y que no permitiría que los sentimientos se interpusieran en un trabajo bien hecho.

Los días posteriores estuvo planteándose la situación. No sabría si sería capaz. Temía dudar en el último momento, que le temblara el pulso o que su subconsciente le hiciera fallar un objetivo por primera vez en su carrera. Daba igual la distancia, daba igual las condiciones, daba igual todo. Sus recuerdos serían los únicos que podrían sabotearla. Aquellos recuerdos de los buenos tiempos cuando todo era más sencillo, cuando se podía pasear descalzo sobre la arena. Los zapatos, el bourbon con hielo, los deseos de buenos sueños, la música a media tarde, eso era lo que podría acabar con su reputación.

Comprobó por última vez que no había cambiado ni la intensidad ni la dirección del viento, contuvo el aire y apretó el gatillo. A través de la mirilla pudo verle caer al suelo al instante y a la rubia, con su vestido azul manchado de sangre, mirándole sin comprender lo que había ocurrido. Por un instante sopesó la posibilidad de malgastar una bala con ella. Decidió que no merecía la pena y soltó el aire retenido muy despacio.

Recogió el arma, limpió el lugar a conciencia y revisó que no quedase ningún tipo de rastro de que ella había estado allí. No creía probable que acabasen descubriendo desde que punto se había realizado el disparo, pero toda precaución era poca. Se soltó el pelo mientras bajaba a la calle y sacó su teléfono del bolsillo trasero. Borró su  nombre de la agenda. Nunca más sentiría la necesidad de llamarle cuando estuviera borracha en el último bar que quedase abierto.

Al salir a la calle, la brisa revolvió su pelo y una gota de lluvia cayó sobre su frente. Respiró hondo sintiendo un enorme alivio, como si hubiera dejado atrás una pesada carga.

«Y le empujé bajo el tren que pasaba» pensó, sonriendo de nuevo.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

Un nuevo encargo

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Era la quinta vez que moría por su culpa. Cogió aire con violencia, intentando ignorar el dolor punzante del costado derecho. Estaba realmente furioso, pero no sabía si con ella o con él mismo por haberle permitido llegar a ese punto de nuevo. 

Escuchó el sonido característico de las turbinas de su moto a lo lejos. No estaba de humor para volver a verla. Cada vez le costaba más recuperarse tras la muerte y cada vez le quedaban más secuelas. Ser inmortal nunca fue el chollo que imaginaba. Si el Haitiano le hubiera contado la parte mala, nunca habría dejado que le implantase esa modificación.

Se levantó con dificultad y se acercó a la ventana, todavía no se la veía acercarse por el camino. Un pequeño tic nervioso le hizo palpitar el labio superior. No podía permitir que ella le alterase de nuevo, tenía que empezar a pensar con claridad. Fue al botiquín del cuarto de baño y se inyectó un modificador de apatía. No era tan efectivo como un implante neuronal, pero sí que era más seguro. Por lo menos, más seguro que los neuro que él podía permitirse pagar.

Escuchó sus pasos en el suelo de madera de la entrada y el portazo de la puerta al cerrarse.

—¡Cariño, ya estoy en casa! —dijo con retintín. A ella le gustaban ese tipo de bromas. 

Salió del baño intentando disimular el mareo que provocaban los modificadores, no quería que ella supiera que lo había utilizado, sería la única manera llevarle ventaja. Vio el reflejo de su melena roja entrando en la cocina. Cuando él entró se había abierto una cerveza y estaba sentada en la mesa.

—¿Cuándo dejarás de comprar esta basura y traerás bebida de verdad? —preguntó, retóricamente, mirando la lata con el ceño fruncido—. Tenemos un nuevo encargo.

—¿Qué tipo de encargo? 

Su voz le sonó ronca y pastosa a sí mismo. Evitó el impulso de carraspear.

—Nada, algo simple y bien pagado, entrar y salir, de esos trabajos que me gustan a mí.

—Todavía tengo el sabor a queroseno metido en la garganta del último trabajito de esos —dijo de forma mucho más hiriente de lo que debería. El modificador aún no había funcionado.

Ella exageró un gesto de tristeza y se bajó de la mesa de un salto.

—No irás a decirme que no podemos divertirnos… —le susurró con voz melosa mientras le agarraba de las trabillas de su pantalón.

—Mierda, nena, no me hagas esto.

—Vamos, dime que si —dijo a un milímetro de sus labios, apretando el cuerpo contra el suyo.

Definitivamente, el modificador no había funcionado.

—De acuerdo…

Le mordió con fuerza y se apartó de un empujón.

—Te he dicho muchas veces que no me gusta que me llames nena. Nos vemos pasado el toque.

Y se fue haciendo sonar sus botas contra la madera, dejándole con un hilo de sangre en el labio inferior y maldiciendo a la Tata Rosa por la mierda de modis que vendía.

 

A través del portal

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El acólito abrió el libro antes de que pudiera impedírselo. Supo que ya no había nada que hacer en el mismo instante en el que le oyó decir la primera palabra del salmo. El Segundo miró a la Sacerdotisa con el rostro desencajado, buscando una respuesta con la mirada.

—Creo que yo le animé a hacerlo —confesó, y guardó la gema en el bolsillo interior de su túnica—. Tenía tanto potencial que…

Las palabras se perdieron en un silencio que lo dijo todo. Una lágrima de emoción, simple y cálida, resbaló por su mejilla.

—Tenemos que hacer algo —dijo su Segundo.

La Sacerdotisa escuchó sus palabras como un canto lejano, una mezcla perfecta con el salmo recitado por el acólito, como si fuese la estrofa que le faltaba para que todo encajase en su cabeza. Junto al púlpito aparecieron los vértices difuminados del portal. Tenían que hacer algo, pero no se atrevía a mover un solo músculo. En realidad, era el momento que llevaba esperando toda la vida y no quería interrumpir algo tan bello como lo que estaba a punto de suceder. «Tan bello y tan mortal» pensó.

Golpeó la gema con la punta de sus dedos a través de la tela e ignoró las súplicas de su Segundo. Recordó sus inicios, cuando todavía era una acólita, antes de que el deber del cargo le hubiera cortado las alas. Recordó haber cogido ese mismo libro con los dedos temblorosos de emoción. Ella misma habría invocado el portal si el anterior Sacerdote no lo hubiera impedido. Recordó la sensación de impotencia y haber maldecido una y mil veces su cobardía.

—¿Para qué estamos aquí, entonces? —le había recriminado—. ¿Para qué todo esto?

—Si algún día llegas a estar en mi posición, lo entenderás.

Pero no. No lo entendía. Eran sólo miedos de un viejo que había dado su vida a una causa perdida. Ella no era así. Para eso estaban allí. Y pensar que esa misma mañana se estaba planteando dejarlo todo… Sonrió satisfecha. Ahora todo aquello cobraba sentido.

Su Segundo le sacudió agarrándola de los hombros. No pudo evitar pensar que era la primera vez que la tocaba.

—Vete. Aquí ya no hay nada más que podamos hacer —le dijo con voz maternal.

Le vio salir corriendo sin pensárselo ni un instante. Parecía que únicamente estaba esperando a que le diera permiso para poner tierra de por medio.

La voz del acólito seguía sonando de fondo. Le miró fijamente y, a pesar de que llevaba allí casi tres años, tuvo la sensación de que era la primera vez que le veía. Era un muchacho excesivamente delgado y desgarbado, con la cara llena de marcas y un pelo anaranjado que siempre llevaba sucio. El movimiento de sus labios la hipnotizó.

Más que verlo, sintió el cambio en la luz que le rodeaba. Todo se había vuelto más oscuro. Todo menos el portal, que parecía absorber toda la luz. Corrió a coger el pedestal de la gema para colocarla frente al portal mientras una figura comenzaba a materializarse en el centro. Estaba a punto de suceder. Una mano difuminada, más etérea que real, cogió la gema. Todo se volvió luz, blanca y fría, y por un instante, sintió que el mundo se contenía la respiración en un silencio ensordecedor. Un escalofrío le recorrió la médula espinal. Por primera vez sintió miedo, un miedo inconsciente y primitivo y supo, con total certeza, que nada iba a ser como esperaba.

 

 

La llave

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El anciano encontró la llave en el bolsillo oculto de su túnica. A pesar del tiempo que llevaba allí, la llave seguía teniendo aspecto de nueva. La giró entre sus dedos y volvió a irradiar aquel brillo azulado que le hizo sentir tan insignificante, como la primera vez que la vio.

A su mente volvió el día en el que le nombraron Guardián. Él no había nacido para ser Guardián. Toda su familia, y hasta donde los recuerdos alcanzaban en su línea sucesoria, habían sido Catalizadores. Pero él no tenía ese Don. Ni siquiera había sido capaz de estimular el crecimiento de la brizna de hierba más simple. Al contrario, cada ser vivo que tocaba, moría al instante.

Era aún muy niño cuando descubrieron su Don y le separaron de sus padres para que se educara con los Guardianes. A pesar de eso, no tenía un mal recuerdo de aquella época. No fue un cambio traumático, para nada, en realidad lo recordaba como una liberación de su propio espíritu. Con los Guardianes se sentía libre y completo.

Cuando tuvo la edad necesaria, pasó  el examen sin mayor complicación y le asignaron su propia túnica. Ahora, treinta y nueve vidas después, recordaba aquel día con total nitidez. El Guardián que le había estado instruyendo se la dio sin más, sin ningún tipo de ceremonia o frase para la posteridad, simplemente alargó la mano y se la dio, como quien da una manzana a la hora de comer. Él tampoco se sintió especial por recibirla, era lo que tenía que pasar. Se la puso y revolvió en los bolsillos. Treinta y nueve llaves.

—Falta una —dijo en alto. No era una pregunta, sólo una observación.

—Aquí está la última. Esta es la tuya. Es la última vida que cerrarás —le había respondido el Guardián sin ningún tipo de emoción en la voz.

Por aquel entonces, nunca había entendido la apatía que irradiaban los Guardianes más veteranos. Parecían no tener ningún tipo de emoción dentro. Era como si sus espíritus se hubieran apagado. Se suponía que debían poner pasión, corazón y alma en cada uno de sus movimientos. Para eso eran Guardianes. Para eso se les había confiado la vida y la muerte de todo ser.

Ahora lo entendía. Después de haber cerrado treinta y nueve llaves, después de haber visto cómo la vida de treinta y nueve seres apagaba con un giro de su muñeca, ya no le quedaba nada. Era imposible no implicarse en esas vidas. Al fin y al cabo, era su Guardián. Vigilaba y velaba porque todo ocurriese como debía ocurrir. Que cada hilo de cada historia estuviese tejido de la forma en la que se debía tejer y que todo siguiera su curso.

Cada vida consumía tanta energía y pasión, tanto amor y tanto odio en su justa medida que, al final, sentía que él también la estaba viviendo. Por eso, en cada llave que cerraba moría también una parte de él, un poco de su alma. Después de tanto tiempo, después de haber cerrado todas las vidas que tenía asignadas, se sentía completamente vacío.

El anciano introdujo su propia llave en el ojo de la cerradura. Su cometido había llegado a su fin. Un simple giro y todo habría acabado. Su vida se apagaría sin más. Inspiró, cerró los ojos y se armó de valor.

—Nadie más girará esta llave –se dijo a sí mismo.

La idea le cruzó la mente como un relámpago. Aflojó la mano temblorosa que se aferraba a la llave.

—Si no soy yo quien cierra mi vida, nadie lo hará.

Lo empezó a ver todo con total nitidez. Sacó la llave despacio y, de nuevo, se quedó mirándola. Ese brillo azulado ya no le intimidaba.

—Sólo yo soy el dueño de mi vida—dijo en un susurro, esperando que nadie más le hubiese escuchado. Sería su secreto.

Colgó la túnica, guardó su llave y, por primera vez, se sintió vivo.

 

(Escrito para el taller de Literautas)