Sintético

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…y le puse el punto final a “Sintético”.

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Mike

—Era más que un simple robot —dijo Rogers, con un deje de añoranza en la voz.
—No, no lo era, por mucho que te empeñes no era más que metal y plástico, con un software que, en honor a la verdad, dio problemas desde el primer día —dijo la Teniente desde el otro lado de la mesa.
—Eso que tú llamas “problemas” era su alma.
—Las máquinas no tienen alma.
—Sea como sea, quiero conocer su historia —cortó Ivonne antes de que aquella pelea se le fuera de las manos. Había tardado mucho tiempo en conseguir esa entrevista y no permitiría que nada se la echase a perder. Puso su mano sobre la de Rogers.

La historia de Mike y Rogers le había llegado a Ivonne de casualidad, por una conversación absurda con una vieja amiga de la universidad.
—¿Sabes que hay un soldado enamorado de su robot escolta? Eso mismo debería hacer yo, buscarme una hojalata sin cerebro y enamorarme de él, seguro que no me rompería el corazón —le había dicho entre chupito y chupito, como una crítica indirecta a su último novio.
Fue una de esas frases que se dicen sin más, pero que despertó en Ivonne ese instinto de periodista de estar ante una de esas historias que acaban por convertirse en virales. Con una de esas historias absurdas se habían lanzado muchas carreras serias.

—Cuéntemelo todo, Rogers, quiero saber la verdad —le insistió.
—A Mike me lo asignaron después de que mi anterior unidad hubiera sido anulada en combate.
—¿Mike? —preguntó Ivonne alzando levemente una ceja. Rogers enrojeció.
—Si, se llamaba Mike. Él era mucho más que piezas sin alma y merecía un nombre. Mike nos pareció apropiado a ambos aunque, ahora que lo pienso, no sé por qué.

La Teniente resopló, poniendo los ojos en blanco. Habían insistido en que debía estar presente, «por protocolo» habían dicho, aunque Ivonne estaba segura de que estaba allí para que Rogers no hablase más de la cuenta.

—Al principio, yo también pensaba que era un escolta más, como tantos otros que había tenido antes, como todos los demás asignados a la base.
—¿No fue amor a primera vista?
—No, claro que no —. Sonó como si pensara que era una locura lo que le había preguntado.

Se sintió decepcionada, habría sido muy romántico decir que lo suyo fue amor a primera vista, que se compenetraron y se complementaron desde el primer instante en el que le asignaron a Mike. También habría sido interesante decir que, al inicio, no se llevaron bien o que, incluso, podrían haberse odiado, pero por su respuesta supo que eso tampoco había ocurrido. Le hizo una señal para que continuase.

—Yo estaba destinado en el planeta 27. ¿Ha oído hablar de ese planeta? Todo lo que vive allí parece inventado con el único propósito de aniquilarte. Y ya no hablo sólo de los Lenders, sino de todo: el azufre del aire, la arena venenosa, el agua corrosiva…
—Sí, conozco los peligros de ese planeta —le intentó cortar al ver, de reojo, a la Teniente mirar el reloj. Le habían dejado claro que su tiempo era muy limitado—. Pero háblame de Mike, cuéntame cómo te enamoraste de él.
—Mike me salvó la vida muchas más veces de las que puedo recordar. Pero aquella vez que un Lender me dejó sin el brazo derecho, cuando vi a Mike al lado de mi cama en la base y me dijo «ya estás a salvo»… en ese momento entendí lo que sentía. Nadie más me ha hecho sentir tan seguro, tan completo, tan… ¬¬—se le quebró la voz—. No debería haberle desconectado, pero era una orden directa…
—¡Es suficiente! —dijo la Teniente.
—¿Desconectado? Tenía entendido que había sido una baja en combate —preguntó Ivonne.
—Deberíamos haber huido, pero una deserción… Fui un cobarde, ¿no lo entiendes? Él era lo único bueno de mi vida.
—¡Soldado!, es suficiente.
—¡No! —gritó Ivonne poniéndose en pie mientras veía a Rogers hundirse en la silla con la mirada perdida.
—El tiempo se ha acabado —replicó la Teniente, recuperando la compostura y con un tono de voz suave y firme, como si estuviese hablando con un niño pequeño—. Vamos —dijo, y con un protocolo impecable, salió de la sala seguida por Rogers.

Al llegar a la puerta, Rogers volvió la cabeza y con un leve gesto le señaló un papel en el suelo.
«No dejes que haya muerto por nada, sigue tu instinto.» Ivonne sonrió. Ya tenía historia.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

En una cajita

Lo que Bruce nunca pudo haber sospechado es que, esa misma mañana, le robarían.

Como todas las mañanas, guardó la caja de bambú tallada por su abuelo en el doble fondo de las tablillas del suelo de su habitación, cerró la puerta y salió a hacer negocios. Diez horas más tarde, los drones le habían escoltado hasta su pequeño piso de la Quince con Sunset. Allí, esos nuevos ciborg policiales, que aunque eran de aspecto mucho más humano aún le ponían el vello de punta, le informaban con su voz sin alma que un varón, de raza blanca y con síndrome de abstinencia había entrado en su vivienda «no sustrayendo, aparentemente, nada».

Pero los ojos de Bruce ya habían visto, desde el salón, la tablilla colocada al revés. Si hubiera tenido corazón, le habría dado un vuelco. Estuvo a punto de denunciar el robo, pero su cerebro analítico le recordó que serían muchos más los problemas, por ser algo ilegal, que las ventajas. Incluso, aunque llegasen a recuperarlo.

—¿Por qué no le han atrapado?

—Hace horas que se produjeron los hechos, señor. El sujeto podría estar en otro planeta, literalmente. Pero se ha activado la orden de búsqueda de nivel seis.

«Nivel seis…» pensó. Si supieran lo que había robado, el nivel de búsqueda del propio Bruce no sería menos de cuatro.

—¿Cómo pueden saber quién es? —preguntó con fingida ignorancia para evitar seguir pensando en lo que le habían robado. Esos nuevos agentes eran mucho más perceptivos y parecían conocer todo lo que te cruzaba por la mente.

—Por el ADN, por su puesto. Fue descuidado —. Bruce sabía que no le daría más información.

—Si no necesitan nada más… —insinuó, esperando que los agentes se fueran.

—No parece muy afectado, señor Neyman.

Los ojos del ciborg cambiaron a color negro, le estaban escaneando en busca de anomalías. Si Bruce estuviera en su estado normal no lo habría notado, pero esa era una de las ventajas de disponer del cerebro en estado puro, sin alteraciones emocionales.

—Sólo necesito cerrar la puerta blindada, abrirme una cerveza y olvidarme de todo esto —dijo apretándose los ojos con los dedos, intentando parecer agotado. —¿Necesito protección?

Un ligero zumbido, casi imperceptible, y los ojos del agente volvieron a ser marrones.

—No, señor, no creemos que vuelvan por aquí.

Bruce tampoco lo creía, ya tenían lo que estaban buscando. Los agentes salieron de su piso con saludando con la cabeza, en un gesto tan forzado que se notaba sin lugar a dudas que no era humano.

Si hubiera tenido sentimientos, en esos momentos estaría al borde del colapso. Sin embargo, como les había dicho, cerró la puerta blindada, se abrió una cerveza y se dejó caer en el sofá. Tuvo que esforzarse por parecer preocupado, por si habían dejado algún dispositivo de vigilancia. Debía actuar deprisa. Debía recuperarlo lo antes posible.

En la primera en quien pensó para el trabajo fue en Gold. Ella, tan dulce, tan bella, tan letal, sería perfecta para muchos trabajos pero, ahora que podía pensar sin que los sentimientos le nublaran el juicio, supo que no era la mejor elección. «John, por supuesto» pensó; «John, sin lugar a dudas» se confirmó a sí mismo.

Accionó el inhibidor que tenía escondido bajo el sofá y realizó la llamada sin video, cualquier precaución era poca en esos momentos.

—Dime —respondió John al otro lado de la línea en tono seco.

—Necesito tus servicios.

—Supongo que no me llames para encargar la cena —dijo irascible—. Dime que quieres, rápido, estoy en medio de algo.

—Me han robado.

—¿Quién?

—Si lo supiera no te necesitaría —. Bruce intentó parecer igual de irascible, pero sus palabras sonaron planas, sin ningún tipo de emoción.

—Dime lo que te han robado y te digo el precio.

—El corazón, en la cajita de bambú de mi abuelo.

Al decirlo en voz alta fue consciente del vacío en su pecho por primera vez. No fue algo doloroso, ni siquiera pudo decir que echaba de menos su latido, fue algo físico. Simplemente, notó el hueco. Escuchó a John contener la respiración al otro lado de la línea.

—Estaré en tu casa en media hora— dijo, y la línea se cortó con un clic.

Le dio otro trago a la cerveza. «Debería estar preocupado» pensó, pero se había quedado sin sentimientos. Era mejor así. Necesitaba tener la mente clara para lo que iba a pasar a partir de ese momento. No se roba un corazón sin consecuencias.

 

(La inspiración llega desde cualquier lugar, sólo hay que estar atento. Inspirado por el estribillo de la canción de Extremoduro “A fuego”)

Bajo el tren que pasaba

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Susana esperaba. Tenía que reconocer que, llegados a ese punto, le parecía hasta de mala educación su retraso de casi tres horas, pero esperaba. No podía hacer otra cosa. Una leve brisa se levantó y ondeó la bandera de la fachada.

Recordó una historia que había leído de pequeña, en uno de aquellos libros de lectura obligatoria, sobre una persona que esperaba a su amigo en pleno invierno. Aquella persona contaba el frío que sentía, contaba que se le quedaban entumecidos los dedos de las manos y que le dolían los pies y las orejas. Al final llegaba su amigo, tarde, muy tarde y perfectamente abrigado. «Y le empujé bajo el tren que pasaba» terminaba diciendo.

Sonrió al recordarlo y ajustó el rifle guiándose por el movimiento de la bandera. Siempre le había gustado aquella historia. Por primera vez se planteó si sería adecuada para la edad a la que la había leído y la influencia que había tenido en su vida. Intentó no darle muchas vueltas, en realidad no se veía a sí misma haciendo otra cosa.

Casi había transcurrido otra hora más cuando le vio girar la esquina con su rubia agarrada de su brazo. Levantó la vista. Hacía rato que había empezado a oscurecer, pero las farolas aún no estaban encendidas y las sombras alargadas de los edificios cubrían todo de una luz grisácea. En realidad tenía que reconocerle el don de la oportunidad. No había llegado a la hora prevista, pero había llegado en el mejor momento. Por primera vez se permitió pensar si le llegaría a echar de menos.

Cuando le marcaron el objetivo no pudo evitar sentir una punzada en la base del estómago. A pesar de todo, él había sido muy importante en su vida… hasta que llegó la primera rubia. Una mezcla entre añoranza y rencor se apoderó de ella y supo que sería uno de los encargos más difíciles de su carrera. Aun así, aceptó. Debía cerrar el círculo pero, sobre todo, debía demostrarse que era una profesional y que no permitiría que los sentimientos se interpusieran en un trabajo bien hecho.

Los días posteriores estuvo planteándose la situación. No sabría si sería capaz. Temía dudar en el último momento, que le temblara el pulso o que su subconsciente le hiciera fallar un objetivo por primera vez en su carrera. Daba igual la distancia, daba igual las condiciones, daba igual todo. Sus recuerdos serían los únicos que podrían sabotearla. Aquellos recuerdos de los buenos tiempos cuando todo era más sencillo, cuando se podía pasear descalzo sobre la arena. Los zapatos, el bourbon con hielo, los deseos de buenos sueños, la música a media tarde, eso era lo que podría acabar con su reputación.

Comprobó por última vez que no había cambiado ni la intensidad ni la dirección del viento, contuvo el aire y apretó el gatillo. A través de la mirilla pudo verle caer al suelo al instante y a la rubia, con su vestido azul manchado de sangre, mirándole sin comprender lo que había ocurrido. Por un instante sopesó la posibilidad de malgastar una bala con ella. Decidió que no merecía la pena y soltó el aire retenido muy despacio.

Recogió el arma, limpió el lugar a conciencia y revisó que no quedase ningún tipo de rastro de que ella había estado allí. No creía probable que acabasen descubriendo desde que punto se había realizado el disparo, pero toda precaución era poca. Se soltó el pelo mientras bajaba a la calle y sacó su teléfono del bolsillo trasero. Borró su  nombre de la agenda. Nunca más sentiría la necesidad de llamarle cuando estuviera borracha en el último bar que quedase abierto.

Al salir a la calle, la brisa revolvió su pelo y una gota de lluvia cayó sobre su frente. Respiró hondo sintiendo un enorme alivio, como si hubiera dejado atrás una pesada carga.

«Y le empujé bajo el tren que pasaba» pensó, sonriendo de nuevo.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

Un nuevo encargo

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Era la quinta vez que moría por su culpa. Cogió aire con violencia, intentando ignorar el dolor punzante del costado derecho. Estaba realmente furioso, pero no sabía si con ella o con él mismo por haberle permitido llegar a ese punto de nuevo. 

Escuchó el sonido característico de las turbinas de su moto a lo lejos. No estaba de humor para volver a verla. Cada vez le costaba más recuperarse tras la muerte y cada vez le quedaban más secuelas. Ser inmortal nunca fue el chollo que imaginaba. Si el Haitiano le hubiera contado la parte mala, nunca habría dejado que le implantase esa modificación.

Se levantó con dificultad y se acercó a la ventana, todavía no se la veía acercarse por el camino. Un pequeño tic nervioso le hizo palpitar el labio superior. No podía permitir que ella le alterase de nuevo, tenía que empezar a pensar con claridad. Fue al botiquín del cuarto de baño y se inyectó un modificador de apatía. No era tan efectivo como un implante neuronal, pero sí que era más seguro. Por lo menos, más seguro que los neuro que él podía permitirse pagar.

Escuchó sus pasos en el suelo de madera de la entrada y el portazo de la puerta al cerrarse.

—¡Cariño, ya estoy en casa! —dijo con retintín. A ella le gustaban ese tipo de bromas. 

Salió del baño intentando disimular el mareo que provocaban los modificadores, no quería que ella supiera que lo había utilizado, sería la única manera llevarle ventaja. Vio el reflejo de su melena roja entrando en la cocina. Cuando él entró se había abierto una cerveza y estaba sentada en la mesa.

—¿Cuándo dejarás de comprar esta basura y traerás bebida de verdad? —preguntó, retóricamente, mirando la lata con el ceño fruncido—. Tenemos un nuevo encargo.

—¿Qué tipo de encargo? 

Su voz le sonó ronca y pastosa a sí mismo. Evitó el impulso de carraspear.

—Nada, algo simple y bien pagado, entrar y salir, de esos trabajos que me gustan a mí.

—Todavía tengo el sabor a queroseno metido en la garganta del último trabajito de esos —dijo de forma mucho más hiriente de lo que debería. El modificador aún no había funcionado.

Ella exageró un gesto de tristeza y se bajó de la mesa de un salto.

—No irás a decirme que no podemos divertirnos… —le susurró con voz melosa mientras le agarraba de las trabillas de su pantalón.

—Mierda, nena, no me hagas esto.

—Vamos, dime que si —dijo a un milímetro de sus labios, apretando el cuerpo contra el suyo.

Definitivamente, el modificador no había funcionado.

—De acuerdo…

Le mordió con fuerza y se apartó de un empujón.

—Te he dicho muchas veces que no me gusta que me llames nena. Nos vemos pasado el toque.

Y se fue haciendo sonar sus botas contra la madera, dejándole con un hilo de sangre en el labio inferior y maldiciendo a la Tata Rosa por la mierda de modis que vendía.

 

A través del portal

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El acólito abrió el libro antes de que pudiera impedírselo. Supo que ya no había nada que hacer en el mismo instante en el que le oyó decir la primera palabra del salmo. El Segundo miró a la Sacerdotisa con el rostro desencajado, buscando una respuesta con la mirada.

—Creo que yo le animé a hacerlo —confesó, y guardó la gema en el bolsillo interior de su túnica—. Tenía tanto potencial que…

Las palabras se perdieron en un silencio que lo dijo todo. Una lágrima de emoción, simple y cálida, resbaló por su mejilla.

—Tenemos que hacer algo —dijo su Segundo.

La Sacerdotisa escuchó sus palabras como un canto lejano, una mezcla perfecta con el salmo recitado por el acólito, como si fuese la estrofa que le faltaba para que todo encajase en su cabeza. Junto al púlpito aparecieron los vértices difuminados del portal. Tenían que hacer algo, pero no se atrevía a mover un solo músculo. En realidad, era el momento que llevaba esperando toda la vida y no quería interrumpir algo tan bello como lo que estaba a punto de suceder. «Tan bello y tan mortal» pensó.

Golpeó la gema con la punta de sus dedos a través de la tela e ignoró las súplicas de su Segundo. Recordó sus inicios, cuando todavía era una acólita, antes de que el deber del cargo le hubiera cortado las alas. Recordó haber cogido ese mismo libro con los dedos temblorosos de emoción. Ella misma habría invocado el portal si el anterior Sacerdote no lo hubiera impedido. Recordó la sensación de impotencia y haber maldecido una y mil veces su cobardía.

—¿Para qué estamos aquí, entonces? —le había recriminado—. ¿Para qué todo esto?

—Si algún día llegas a estar en mi posición, lo entenderás.

Pero no. No lo entendía. Eran sólo miedos de un viejo que había dado su vida a una causa perdida. Ella no era así. Para eso estaban allí. Y pensar que esa misma mañana se estaba planteando dejarlo todo… Sonrió satisfecha. Ahora todo aquello cobraba sentido.

Su Segundo le sacudió agarrándola de los hombros. No pudo evitar pensar que era la primera vez que la tocaba.

—Vete. Aquí ya no hay nada más que podamos hacer —le dijo con voz maternal.

Le vio salir corriendo sin pensárselo ni un instante. Parecía que únicamente estaba esperando a que le diera permiso para poner tierra de por medio.

La voz del acólito seguía sonando de fondo. Le miró fijamente y, a pesar de que llevaba allí casi tres años, tuvo la sensación de que era la primera vez que le veía. Era un muchacho excesivamente delgado y desgarbado, con la cara llena de marcas y un pelo anaranjado que siempre llevaba sucio. El movimiento de sus labios la hipnotizó.

Más que verlo, sintió el cambio en la luz que le rodeaba. Todo se había vuelto más oscuro. Todo menos el portal, que parecía absorber toda la luz. Corrió a coger el pedestal de la gema para colocarla frente al portal mientras una figura comenzaba a materializarse en el centro. Estaba a punto de suceder. Una mano difuminada, más etérea que real, cogió la gema. Todo se volvió luz, blanca y fría, y por un instante, sintió que el mundo se contenía la respiración en un silencio ensordecedor. Un escalofrío le recorrió la médula espinal. Por primera vez sintió miedo, un miedo inconsciente y primitivo y supo, con total certeza, que nada iba a ser como esperaba.

 

 

La llave

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El anciano encontró la llave en el bolsillo oculto de su túnica. A pesar del tiempo que llevaba allí, la llave seguía teniendo aspecto de nueva. La giró entre sus dedos y volvió a irradiar aquel brillo azulado que le hizo sentir tan insignificante, como la primera vez que la vio.

A su mente volvió el día en el que le nombraron Guardián. Él no había nacido para ser Guardián. Toda su familia, y hasta donde los recuerdos alcanzaban en su línea sucesoria, habían sido Catalizadores. Pero él no tenía ese Don. Ni siquiera había sido capaz de estimular el crecimiento de la brizna de hierba más simple. Al contrario, cada ser vivo que tocaba, moría al instante.

Era aún muy niño cuando descubrieron su Don y le separaron de sus padres para que se educara con los Guardianes. A pesar de eso, no tenía un mal recuerdo de aquella época. No fue un cambio traumático, para nada, en realidad lo recordaba como una liberación de su propio espíritu. Con los Guardianes se sentía libre y completo.

Cuando tuvo la edad necesaria, pasó  el examen sin mayor complicación y le asignaron su propia túnica. Ahora, treinta y nueve vidas después, recordaba aquel día con total nitidez. El Guardián que le había estado instruyendo se la dio sin más, sin ningún tipo de ceremonia o frase para la posteridad, simplemente alargó la mano y se la dio, como quien da una manzana a la hora de comer. Él tampoco se sintió especial por recibirla, era lo que tenía que pasar. Se la puso y revolvió en los bolsillos. Treinta y nueve llaves.

—Falta una —dijo en alto. No era una pregunta, sólo una observación.

—Aquí está la última. Esta es la tuya. Es la última vida que cerrarás —le había respondido el Guardián sin ningún tipo de emoción en la voz.

Por aquel entonces, nunca había entendido la apatía que irradiaban los Guardianes más veteranos. Parecían no tener ningún tipo de emoción dentro. Era como si sus espíritus se hubieran apagado. Se suponía que debían poner pasión, corazón y alma en cada uno de sus movimientos. Para eso eran Guardianes. Para eso se les había confiado la vida y la muerte de todo ser.

Ahora lo entendía. Después de haber cerrado treinta y nueve llaves, después de haber visto cómo la vida de treinta y nueve seres apagaba con un giro de su muñeca, ya no le quedaba nada. Era imposible no implicarse en esas vidas. Al fin y al cabo, era su Guardián. Vigilaba y velaba porque todo ocurriese como debía ocurrir. Que cada hilo de cada historia estuviese tejido de la forma en la que se debía tejer y que todo siguiera su curso.

Cada vida consumía tanta energía y pasión, tanto amor y tanto odio en su justa medida que, al final, sentía que él también la estaba viviendo. Por eso, en cada llave que cerraba moría también una parte de él, un poco de su alma. Después de tanto tiempo, después de haber cerrado todas las vidas que tenía asignadas, se sentía completamente vacío.

El anciano introdujo su propia llave en el ojo de la cerradura. Su cometido había llegado a su fin. Un simple giro y todo habría acabado. Su vida se apagaría sin más. Inspiró, cerró los ojos y se armó de valor.

—Nadie más girará esta llave –se dijo a sí mismo.

La idea le cruzó la mente como un relámpago. Aflojó la mano temblorosa que se aferraba a la llave.

—Si no soy yo quien cierra mi vida, nadie lo hará.

Lo empezó a ver todo con total nitidez. Sacó la llave despacio y, de nuevo, se quedó mirándola. Ese brillo azulado ya no le intimidaba.

—Sólo yo soy el dueño de mi vida—dijo en un susurro, esperando que nadie más le hubiese escuchado. Sería su secreto.

Colgó la túnica, guardó su llave y, por primera vez, se sintió vivo.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

Las minas de sírex

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Cuando Syara era pequeña, la Luna era muy diferente. Aún recordaba aquel enorme cartel que veía cada día al ir al colegio: una mujer de una belleza perfecta, con su vestido de noche y un pequeño sombrero de copa dorado ladeado hacia la izquierda. Debajo, en letras grandes y brillantes, se leía: «Viaja a la Luna. Imprescindible etiqueta». Siempre le había fascinado esa idea de la luna. Se imaginaba grandes fiestas de gala, bailes de salón y aquellos príncipes de los viejos cuentos besándote en la mano. Pocos años después descubrieron el sírex y la Luna dejó de ser un lugar exclusivo para convertirse en la gran explotación minera que era ahora.

Las minas de sírex eran tan peligrosas que, al principio, en ellas únicamente trabajaban convictos a cambio de reducción de condena. Cuando comprendieron que la esperanza de vida en las minas se limitaba a unos tres años, se negaron a volver. Fue entonces cuando se convirtió en una forma rápida de hacer dinero. Rápida, pero no fácil. «Trabaja 1500 días y vive con los gastos pagados» era el eslogan con el que te captaban. Te prometían una vida a todo tren y con todos los vicios que pudieras imaginar por algo más de cuatro años de trabajo. En realidad el eslogan debería ser «sobrevive un año más que la media y nos compensa pagarte». Las cuentas eran sencillas: el 96% de los mineros  no sobrevivía. Aun así, miles de ilusos lo intentaban a diario.

Syara se levantó antes de que sonara el despertador, como cada día, e hizo la marca en la pared.

—Día 1100 —dijo en alto con menos optimismo del que se merecía ese momento.

Había pasado el límite psicológico de los mil días, debería estar contenta. Aun así, hacía mucho que no se sentía contenta por nada. Ese sitio le estaba robando algo más que la salud. Se puso el uniforme de seguridad y salió hacia el trabajo como un autómata, sin pensar en nada.

Llegó a la mina demasiado pronto. Le gustaba llegar un rato antes del cambio de turno. La explanada que daba acceso a las minas era, en realidad, uno de los parajes más bonitos que quedaban en la Luna. Aún conservaba aquella belleza fría, oscura y salvaje de la antigüedad. En esos momentos, cuando aún estaba vacía, le transmitía mucha paz.

La nave descendió en ese instante justo en el medio de la explanada, como si fuera el sitio más normal del mundo para aterrizar. Syara la reconoció. Sólo había una nave así en todo el universo: la Sugar Witch. Al ver bajar al hombre con el arma cargada a la espalda, no tuvo que preguntarse qué hacía allí. Era día 1, día de pago, el único día en el que Swang Velor se acercaba por sus queridas minas.

Syara bajó corriendo hacia el montacargas de acceso, llegando a la vez que el hombre. Se miraron. El hombre se movió con rapidez para coger su arma, pero Syara fue más rápida. Le sujetó la muñeca con una mano mientras con la otra pasaba su tarjeta de acceso por el lector. La puerta se abrió con un clic eléctrico.

—Sé a lo que vienes—respondió Syara a la pregunta que bailaba en la mirada del hombre—. Te ayudaré.

— ¿Por qué?

—No encontrarás a un solo minero que no quiera ver muerto a Swang Velor.

Tiró de él para entrar en el montacargas y apretó el botón de subida.

—Está en su despacho del ático. Él nunca baja a las minas por miedo a la infección.

El hombre hizo una mueca cuando escuchó la palabra «infección».

—Gira tres veces a la izquierda y una a la derecha, allí está su despacho. Mata a todos los que te encuentres que no lleven el mismo uniforme que yo—dijo al abrirse las puertas —. Te esperaré aquí para que puedas volver a salir.

El hombre asintió con la cabeza y salió corriendo. Syara escuchó los disparos. Primero cercanos, después más lejos. Se hizo un silencio de unos instantes y el último disparo sonó a música para sus oídos. Por primera vez en tres años, volvió a sentir esperanza.

—Vamos —dijo el hombre cuando volvió a entrar en el montacargas.

Las alarmas comenzaron a sonar de manera estridente. El montacargas se paró en seco.

—No han descubierto —dijo Syara señalando hacia la cámara de vigilancia del montacargas con la cabeza—. Estamos muertos.

—Todavía no —respondió el hombre metiendo un nuevo cargador en su arma.

 

 

(Escrito para el taller de Literautas)

El fin justifica los medios

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Cuando se abrieron las puertas, la muchacha ya estaba dentro de ascensor. Nozomi la miró de arriba abajo con la desvergüenza que otorga la edad y el cargo. Era alta y desgarbada, con una larga melena rubia, casi blanca y la piel llena de pecas.

—Buenos días —saludó Nozomi.

La muchacha se escondía detrás de un diccionario de japonés-sueco, pero no le habría hecho falta esa pista para saber que no llevaba mucho tiempo en Tokio. Devolvió el saludo con un japonés bastante malo.

—¿A qué piso vas?

Ella no respondió. Nozomi señaló a la botonera del ascensor y la muchacha señaló el último piso. La miró extrañada. En esa planta únicamente estaba su despacho y el de su secretaria.

—Te debes de haber equivocado, muchacha, allí no hay nada para ti —dijo con absoluto desprecio. —¿Qué vas a hacer allí?

—English? —preguntó la muchacha con un atisbo de esperanza para hacerse entender.

—No —mintió Nozomi deliberadamente. No tenía nada que hablar con ella.

La muchacha abrió su diccionario por una de las marcas que tenía en el lomo.

—Nozomi Sato, yo vengo aprender —dijo con un hilo de voz y poniéndose totalmente colorada.

—¿A aprender? ¿A aprender qué?

—Todo —pasó las hojas con nerviosismo buscando algo—. Yo quiero aprender a ser como Nozomi Sato —dijo pronunciando cada palabra despacio, intentando hacerlo lo mejor posible.

Contuvo el primer impulso de reírse a carcajadas recordándose a sí misma, con más o menos la edad de la muchacha y espiando a su padre. Ella quería ser como el gran Hiroto Sato.

—Para ser como yo, debes haber vivido la vida que he vivido, tener los triunfos que he tenido y cometer todos y cada uno de los errores que he cometido —dijo parafraseando a su padre.

La muchacha le miraba con los ojos muy abiertos, expectante. Algo impulsó a Nozomi a hablar. Quizá el simple hecho de que sabía que no la entendería.

—A mí el éxito no me vino dado, como muchos puedan pensar. Ser hija de Hiroto Sato me cerró muchas más puertas de las que me abrió. No estoy orgullosa de cómo llegué a estar donde estoy, pero lo que sí puedo decir es que no me arrepiento de nada de lo que he hecho. He conseguido todo lo que pretendía.

—Supongo que te refieres al tráfico de armas, a los Yakuza y a todos esos negocios del cajón bajo la mesa —dijo la muchacha.

No supo que le sorprendió más, si que pudiera saber los trapos sucios de su compañía o haberla escuchado hablar en perfecto japonés.

—El fin justifica los medios —respondió con un convencimiento fingido.

—El fin… es curioso que hables de fin. Quizás, hasta que no llegues al fin no puedas afirmar si ha merecido la pena. Dices que no te arrepientes de nada. No te creo.

Nozomi negó con la cabeza.

—Te conozco mejor de lo que puedas imaginar. No puedes engañarme. Háblame de Neil y de tu traición.

Notó cómo el corazón se le encogía al escuchar su nombre. Hacía mucho tiempo de aquello. Casi una vida entera.

—Neil era del ejército de los Estados Unidos. Nunca supe su rango oficial, ni siquiera supe si era su verdadero nombre. Él sólo era el hombre que enviaron a negociar conmigo. Nada más.

La muchacha le devolvió una sonrisa maliciosa. Le pareció que su mirada se volvía más astuta.

—Está bien —había algo en ella que hacía que su voluntad se doblegara—. Neil fue algo más. Neil fue Neil. Ningún otro fue antes y ningún otro ha conseguido ser después.

—Y le mataste —afirmó.

—Fue el único a quien maté con mis propias manos.

La muchacha volvió a sonreír. Nozomi le devolvió una mirada dura mientras notaba una lágrima resbalar por su mejilla.

—Ahora háblame de vuestro hijo.

—No tengo ningún hijo —respondió con un hilo de voz.

—Es cierto. No lo tienes. También te encargaste de eso.

Nozomi se sintió derrumbar. El nudo de su garganta se había hecho más grande y apenas le dejaba respirar.

—Yo… era joven… tenía demasiadas cosas entre manos… no podía… —balbuceó.

—No pretendas justificarte, no es eso a lo que he venido.

—¿A qué has venido? ¿Quién eres?

—He venido a mostrarte si es verdad eso de que el fin justifica los medios.

Nozomi la miró sin entender.

—No estamos subiendo —dijo señalando al marcador del ascensor—, estamos bajando. Vamos al centro mismo de tus horrores, donde por fin pagarás el precio.

 

(Escrito para el taller de Literautas, pero descartado)