En una cajita

Lo que Bruce nunca pudo haber sospechado es que, esa misma mañana, le robarían.

Como todas las mañanas, guardó la caja de bambú tallada por su abuelo en el doble fondo de las tablillas del suelo de su habitación, cerró la puerta y salió a hacer negocios. Diez horas más tarde, los drones le habían escoltado hasta su pequeño piso de la Quince con Sunset. Allí, esos nuevos ciborg policiales, que aunque eran de aspecto mucho más humano aún le ponían el vello de punta, le informaban con su voz sin alma que un varón, de raza blanca y con síndrome de abstinencia había entrado en su vivienda «no sustrayendo, aparentemente, nada».

Pero los ojos de Bruce ya habían visto, desde el salón, la tablilla colocada al revés. Si hubiera tenido corazón, le habría dado un vuelco. Estuvo a punto de denunciar el robo, pero su cerebro analítico le recordó que serían muchos más los problemas, por ser algo ilegal, que las ventajas. Incluso, aunque llegasen a recuperarlo.

—¿Por qué no le han atrapado?

—Hace horas que se produjeron los hechos, señor. El sujeto podría estar en otro planeta, literalmente. Pero se ha activado la orden de búsqueda de nivel seis.

«Nivel seis…» pensó. Si supieran lo que había robado, el nivel de búsqueda del propio Bruce no sería menos de cuatro.

—¿Cómo pueden saber quién es? —preguntó con fingida ignorancia para evitar seguir pensando en lo que le habían robado. Esos nuevos agentes eran mucho más perceptivos y parecían conocer todo lo que te cruzaba por la mente.

—Por el ADN, por su puesto. Fue descuidado —. Bruce sabía que no le daría más información.

—Si no necesitan nada más… —insinuó, esperando que los agentes se fueran.

—No parece muy afectado, señor Neyman.

Los ojos del ciborg cambiaron a color negro, le estaban escaneando en busca de anomalías. Si Bruce estuviera en su estado normal no lo habría notado, pero esa era una de las ventajas de disponer del cerebro en estado puro, sin alteraciones emocionales.

—Sólo necesito cerrar la puerta blindada, abrirme una cerveza y olvidarme de todo esto —dijo apretándose los ojos con los dedos, intentando parecer agotado. —¿Necesito protección?

Un ligero zumbido, casi imperceptible, y los ojos del agente volvieron a ser marrones.

—No, señor, no creemos que vuelvan por aquí.

Bruce tampoco lo creía, ya tenían lo que estaban buscando. Los agentes salieron de su piso con saludando con la cabeza, en un gesto tan forzado que se notaba sin lugar a dudas que no era humano.

Si hubiera tenido sentimientos, en esos momentos estaría al borde del colapso. Sin embargo, como les había dicho, cerró la puerta blindada, se abrió una cerveza y se dejó caer en el sofá. Tuvo que esforzarse por parecer preocupado, por si habían dejado algún dispositivo de vigilancia. Debía actuar deprisa. Debía recuperarlo lo antes posible.

En la primera en quien pensó para el trabajo fue en Gold. Ella, tan dulce, tan bella, tan letal, sería perfecta para muchos trabajos pero, ahora que podía pensar sin que los sentimientos le nublaran el juicio, supo que no era la mejor elección. «John, por supuesto» pensó; «John, sin lugar a dudas» se confirmó a sí mismo.

Accionó el inhibidor que tenía escondido bajo el sofá y realizó la llamada sin video, cualquier precaución era poca en esos momentos.

—Dime —respondió John al otro lado de la línea en tono seco.

—Necesito tus servicios.

—Supongo que no me llames para encargar la cena —dijo irascible—. Dime que quieres, rápido, estoy en medio de algo.

—Me han robado.

—¿Quién?

—Si lo supiera no te necesitaría —. Bruce intentó parecer igual de irascible, pero sus palabras sonaron planas, sin ningún tipo de emoción.

—Dime lo que te han robado y te digo el precio.

—El corazón, en la cajita de bambú de mi abuelo.

Al decirlo en voz alta fue consciente del vacío en su pecho por primera vez. No fue algo doloroso, ni siquiera pudo decir que echaba de menos su latido, fue algo físico. Simplemente, notó el hueco. Escuchó a John contener la respiración al otro lado de la línea.

—Estaré en tu casa en media hora— dijo, y la línea se cortó con un clic.

Le dio otro trago a la cerveza. «Debería estar preocupado» pensó, pero se había quedado sin sentimientos. Era mejor así. Necesitaba tener la mente clara para lo que iba a pasar a partir de ese momento. No se roba un corazón sin consecuencias.

 

(La inspiración llega desde cualquier lugar, sólo hay que estar atento. Inspirado por el estribillo de la canción de Extremoduro “A fuego”)

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Bajo el tren que pasaba

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Susana esperaba. Tenía que reconocer que, llegados a ese punto, le parecía hasta de mala educación su retraso de casi tres horas, pero esperaba. No podía hacer otra cosa. Una leve brisa se levantó y ondeó la bandera de la fachada.

Recordó una historia que había leído de pequeña, en uno de aquellos libros de lectura obligatoria, sobre una persona que esperaba a su amigo en pleno invierno. Aquella persona contaba el frío que sentía, contaba que se le quedaban entumecidos los dedos de las manos y que le dolían los pies y las orejas. Al final llegaba su amigo, tarde, muy tarde y perfectamente abrigado. «Y le empujé bajo el tren que pasaba» terminaba diciendo.

Sonrió al recordarlo y ajustó el rifle guiándose por el movimiento de la bandera. Siempre le había gustado aquella historia. Por primera vez se planteó si sería adecuada para la edad a la que la había leído y la influencia que había tenido en su vida. Intentó no darle muchas vueltas, en realidad no se veía a sí misma haciendo otra cosa.

Casi había transcurrido otra hora más cuando le vio girar la esquina con su rubia agarrada de su brazo. Levantó la vista. Hacía rato que había empezado a oscurecer, pero las farolas aún no estaban encendidas y las sombras alargadas de los edificios cubrían todo de una luz grisácea. En realidad tenía que reconocerle el don de la oportunidad. No había llegado a la hora prevista, pero había llegado en el mejor momento. Por primera vez se permitió pensar si le llegaría a echar de menos.

Cuando le marcaron el objetivo no pudo evitar sentir una punzada en la base del estómago. A pesar de todo, él había sido muy importante en su vida… hasta que llegó la primera rubia. Una mezcla entre añoranza y rencor se apoderó de ella y supo que sería uno de los encargos más difíciles de su carrera. Aun así, aceptó. Debía cerrar el círculo pero, sobre todo, debía demostrarse que era una profesional y que no permitiría que los sentimientos se interpusieran en un trabajo bien hecho.

Los días posteriores estuvo planteándose la situación. No sabría si sería capaz. Temía dudar en el último momento, que le temblara el pulso o que su subconsciente le hiciera fallar un objetivo por primera vez en su carrera. Daba igual la distancia, daba igual las condiciones, daba igual todo. Sus recuerdos serían los únicos que podrían sabotearla. Aquellos recuerdos de los buenos tiempos cuando todo era más sencillo, cuando se podía pasear descalzo sobre la arena. Los zapatos, el bourbon con hielo, los deseos de buenos sueños, la música a media tarde, eso era lo que podría acabar con su reputación.

Comprobó por última vez que no había cambiado ni la intensidad ni la dirección del viento, contuvo el aire y apretó el gatillo. A través de la mirilla pudo verle caer al suelo al instante y a la rubia, con su vestido azul manchado de sangre, mirándole sin comprender lo que había ocurrido. Por un instante sopesó la posibilidad de malgastar una bala con ella. Decidió que no merecía la pena y soltó el aire retenido muy despacio.

Recogió el arma, limpió el lugar a conciencia y revisó que no quedase ningún tipo de rastro de que ella había estado allí. No creía probable que acabasen descubriendo desde que punto se había realizado el disparo, pero toda precaución era poca. Se soltó el pelo mientras bajaba a la calle y sacó su teléfono del bolsillo trasero. Borró su  nombre de la agenda. Nunca más sentiría la necesidad de llamarle cuando estuviera borracha en el último bar que quedase abierto.

Al salir a la calle, la brisa revolvió su pelo y una gota de lluvia cayó sobre su frente. Respiró hondo sintiendo un enorme alivio, como si hubiera dejado atrás una pesada carga.

«Y le empujé bajo el tren que pasaba» pensó, sonriendo de nuevo.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

Un nuevo encargo

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Era la quinta vez que moría por su culpa. Cogió aire con violencia, intentando ignorar el dolor punzante del costado derecho. Estaba realmente furioso, pero no sabía si con ella o con él mismo por haberle permitido llegar a ese punto de nuevo. 

Escuchó el sonido característico de las turbinas de su moto a lo lejos. No estaba de humor para volver a verla. Cada vez le costaba más recuperarse tras la muerte y cada vez le quedaban más secuelas. Ser inmortal nunca fue el chollo que imaginaba. Si el Haitiano le hubiera contado la parte mala, nunca habría dejado que le implantase esa modificación.

Se levantó con dificultad y se acercó a la ventana, todavía no se la veía acercarse por el camino. Un pequeño tic nervioso le hizo palpitar el labio superior. No podía permitir que ella le alterase de nuevo, tenía que empezar a pensar con claridad. Fue al botiquín del cuarto de baño y se inyectó un modificador de apatía. No era tan efectivo como un implante neuronal, pero sí que era más seguro. Por lo menos, más seguro que los neuro que él podía permitirse pagar.

Escuchó sus pasos en el suelo de madera de la entrada y el portazo de la puerta al cerrarse.

—¡Cariño, ya estoy en casa! —dijo con retintín. A ella le gustaban ese tipo de bromas. 

Salió del baño intentando disimular el mareo que provocaban los modificadores, no quería que ella supiera que lo había utilizado, sería la única manera llevarle ventaja. Vio el reflejo de su melena roja entrando en la cocina. Cuando él entró se había abierto una cerveza y estaba sentada en la mesa.

—¿Cuándo dejarás de comprar esta basura y traerás bebida de verdad? —preguntó, retóricamente, mirando la lata con el ceño fruncido—. Tenemos un nuevo encargo.

—¿Qué tipo de encargo? 

Su voz le sonó ronca y pastosa a sí mismo. Evitó el impulso de carraspear.

—Nada, algo simple y bien pagado, entrar y salir, de esos trabajos que me gustan a mí.

—Todavía tengo el sabor a queroseno metido en la garganta del último trabajito de esos —dijo de forma mucho más hiriente de lo que debería. El modificador aún no había funcionado.

Ella exageró un gesto de tristeza y se bajó de la mesa de un salto.

—No irás a decirme que no podemos divertirnos… —le susurró con voz melosa mientras le agarraba de las trabillas de su pantalón.

—Mierda, nena, no me hagas esto.

—Vamos, dime que si —dijo a un milímetro de sus labios, apretando el cuerpo contra el suyo.

Definitivamente, el modificador no había funcionado.

—De acuerdo…

Le mordió con fuerza y se apartó de un empujón.

—Te he dicho muchas veces que no me gusta que me llames nena. Nos vemos pasado el toque.

Y se fue haciendo sonar sus botas contra la madera, dejándole con un hilo de sangre en el labio inferior y maldiciendo a la Tata Rosa por la mierda de modis que vendía.

 

A través del portal

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El acólito abrió el libro antes de que pudiera impedírselo. Supo que ya no había nada que hacer en el mismo instante en el que le oyó decir la primera palabra del salmo. El Segundo miró a la Sacerdotisa con el rostro desencajado, buscando una respuesta con la mirada.

—Creo que yo le animé a hacerlo —confesó, y guardó la gema en el bolsillo interior de su túnica—. Tenía tanto potencial que…

Las palabras se perdieron en un silencio que lo dijo todo. Una lágrima de emoción, simple y cálida, resbaló por su mejilla.

—Tenemos que hacer algo —dijo su Segundo.

La Sacerdotisa escuchó sus palabras como un canto lejano, una mezcla perfecta con el salmo recitado por el acólito, como si fuese la estrofa que le faltaba para que todo encajase en su cabeza. Junto al púlpito aparecieron los vértices difuminados del portal. Tenían que hacer algo, pero no se atrevía a mover un solo músculo. En realidad, era el momento que llevaba esperando toda la vida y no quería interrumpir algo tan bello como lo que estaba a punto de suceder. «Tan bello y tan mortal» pensó.

Golpeó la gema con la punta de sus dedos a través de la tela e ignoró las súplicas de su Segundo. Recordó sus inicios, cuando todavía era una acólita, antes de que el deber del cargo le hubiera cortado las alas. Recordó haber cogido ese mismo libro con los dedos temblorosos de emoción. Ella misma habría invocado el portal si el anterior Sacerdote no lo hubiera impedido. Recordó la sensación de impotencia y haber maldecido una y mil veces su cobardía.

—¿Para qué estamos aquí, entonces? —le había recriminado—. ¿Para qué todo esto?

—Si algún día llegas a estar en mi posición, lo entenderás.

Pero no. No lo entendía. Eran sólo miedos de un viejo que había dado su vida a una causa perdida. Ella no era así. Para eso estaban allí. Y pensar que esa misma mañana se estaba planteando dejarlo todo… Sonrió satisfecha. Ahora todo aquello cobraba sentido.

Su Segundo le sacudió agarrándola de los hombros. No pudo evitar pensar que era la primera vez que la tocaba.

—Vete. Aquí ya no hay nada más que podamos hacer —le dijo con voz maternal.

Le vio salir corriendo sin pensárselo ni un instante. Parecía que únicamente estaba esperando a que le diera permiso para poner tierra de por medio.

La voz del acólito seguía sonando de fondo. Le miró fijamente y, a pesar de que llevaba allí casi tres años, tuvo la sensación de que era la primera vez que le veía. Era un muchacho excesivamente delgado y desgarbado, con la cara llena de marcas y un pelo anaranjado que siempre llevaba sucio. El movimiento de sus labios la hipnotizó.

Más que verlo, sintió el cambio en la luz que le rodeaba. Todo se había vuelto más oscuro. Todo menos el portal, que parecía absorber toda la luz. Corrió a coger el pedestal de la gema para colocarla frente al portal mientras una figura comenzaba a materializarse en el centro. Estaba a punto de suceder. Una mano difuminada, más etérea que real, cogió la gema. Todo se volvió luz, blanca y fría, y por un instante, sintió que el mundo se contenía la respiración en un silencio ensordecedor. Un escalofrío le recorrió la médula espinal. Por primera vez sintió miedo, un miedo inconsciente y primitivo y supo, con total certeza, que nada iba a ser como esperaba.

 

 

La llave

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El anciano encontró la llave en el bolsillo oculto de su túnica. A pesar del tiempo que llevaba allí, la llave seguía teniendo aspecto de nueva. La giró entre sus dedos y volvió a irradiar aquel brillo azulado que le hizo sentir tan insignificante, como la primera vez que la vio.

A su mente volvió el día en el que le nombraron Guardián. Él no había nacido para ser Guardián. Toda su familia, y hasta donde los recuerdos alcanzaban en su línea sucesoria, habían sido Catalizadores. Pero él no tenía ese Don. Ni siquiera había sido capaz de estimular el crecimiento de la brizna de hierba más simple. Al contrario, cada ser vivo que tocaba, moría al instante.

Era aún muy niño cuando descubrieron su Don y le separaron de sus padres para que se educara con los Guardianes. A pesar de eso, no tenía un mal recuerdo de aquella época. No fue un cambio traumático, para nada, en realidad lo recordaba como una liberación de su propio espíritu. Con los Guardianes se sentía libre y completo.

Cuando tuvo la edad necesaria, pasó  el examen sin mayor complicación y le asignaron su propia túnica. Ahora, treinta y nueve vidas después, recordaba aquel día con total nitidez. El Guardián que le había estado instruyendo se la dio sin más, sin ningún tipo de ceremonia o frase para la posteridad, simplemente alargó la mano y se la dio, como quien da una manzana a la hora de comer. Él tampoco se sintió especial por recibirla, era lo que tenía que pasar. Se la puso y revolvió en los bolsillos. Treinta y nueve llaves.

—Falta una —dijo en alto. No era una pregunta, sólo una observación.

—Aquí está la última. Esta es la tuya. Es la última vida que cerrarás —le había respondido el Guardián sin ningún tipo de emoción en la voz.

Por aquel entonces, nunca había entendido la apatía que irradiaban los Guardianes más veteranos. Parecían no tener ningún tipo de emoción dentro. Era como si sus espíritus se hubieran apagado. Se suponía que debían poner pasión, corazón y alma en cada uno de sus movimientos. Para eso eran Guardianes. Para eso se les había confiado la vida y la muerte de todo ser.

Ahora lo entendía. Después de haber cerrado treinta y nueve llaves, después de haber visto cómo la vida de treinta y nueve seres apagaba con un giro de su muñeca, ya no le quedaba nada. Era imposible no implicarse en esas vidas. Al fin y al cabo, era su Guardián. Vigilaba y velaba porque todo ocurriese como debía ocurrir. Que cada hilo de cada historia estuviese tejido de la forma en la que se debía tejer y que todo siguiera su curso.

Cada vida consumía tanta energía y pasión, tanto amor y tanto odio en su justa medida que, al final, sentía que él también la estaba viviendo. Por eso, en cada llave que cerraba moría también una parte de él, un poco de su alma. Después de tanto tiempo, después de haber cerrado todas las vidas que tenía asignadas, se sentía completamente vacío.

El anciano introdujo su propia llave en el ojo de la cerradura. Su cometido había llegado a su fin. Un simple giro y todo habría acabado. Su vida se apagaría sin más. Inspiró, cerró los ojos y se armó de valor.

—Nadie más girará esta llave –se dijo a sí mismo.

La idea le cruzó la mente como un relámpago. Aflojó la mano temblorosa que se aferraba a la llave.

—Si no soy yo quien cierra mi vida, nadie lo hará.

Lo empezó a ver todo con total nitidez. Sacó la llave despacio y, de nuevo, se quedó mirándola. Ese brillo azulado ya no le intimidaba.

—Sólo yo soy el dueño de mi vida—dijo en un susurro, esperando que nadie más le hubiese escuchado. Sería su secreto.

Colgó la túnica, guardó su llave y, por primera vez, se sintió vivo.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

Las minas de sírex

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Cuando Syara era pequeña, la Luna era muy diferente. Aún recordaba aquel enorme cartel que veía cada día al ir al colegio: una mujer de una belleza perfecta, con su vestido de noche y un pequeño sombrero de copa dorado ladeado hacia la izquierda. Debajo, en letras grandes y brillantes, se leía: «Viaja a la Luna. Imprescindible etiqueta». Siempre le había fascinado esa idea de la luna. Se imaginaba grandes fiestas de gala, bailes de salón y aquellos príncipes de los viejos cuentos besándote en la mano. Pocos años después descubrieron el sírex y la Luna dejó de ser un lugar exclusivo para convertirse en la gran explotación minera que era ahora.

Las minas de sírex eran tan peligrosas que, al principio, en ellas únicamente trabajaban convictos a cambio de reducción de condena. Cuando comprendieron que la esperanza de vida en las minas se limitaba a unos tres años, se negaron a volver. Fue entonces cuando se convirtió en una forma rápida de hacer dinero. Rápida, pero no fácil. «Trabaja 1500 días y vive con los gastos pagados» era el eslogan con el que te captaban. Te prometían una vida a todo tren y con todos los vicios que pudieras imaginar por algo más de cuatro años de trabajo. En realidad el eslogan debería ser «sobrevive un año más que la media y nos compensa pagarte». Las cuentas eran sencillas: el 96% de los mineros  no sobrevivía. Aun así, miles de ilusos lo intentaban a diario.

Syara se levantó antes de que sonara el despertador, como cada día, e hizo la marca en la pared.

—Día 1100 —dijo en alto con menos optimismo del que se merecía ese momento.

Había pasado el límite psicológico de los mil días, debería estar contenta. Aun así, hacía mucho que no se sentía contenta por nada. Ese sitio le estaba robando algo más que la salud. Se puso el uniforme de seguridad y salió hacia el trabajo como un autómata, sin pensar en nada.

Llegó a la mina demasiado pronto. Le gustaba llegar un rato antes del cambio de turno. La explanada que daba acceso a las minas era, en realidad, uno de los parajes más bonitos que quedaban en la Luna. Aún conservaba aquella belleza fría, oscura y salvaje de la antigüedad. En esos momentos, cuando aún estaba vacía, le transmitía mucha paz.

La nave descendió en ese instante justo en el medio de la explanada, como si fuera el sitio más normal del mundo para aterrizar. Syara la reconoció. Sólo había una nave así en todo el universo: la Sugar Witch. Al ver bajar al hombre con el arma cargada a la espalda, no tuvo que preguntarse qué hacía allí. Era día 1, día de pago, el único día en el que Swang Velor se acercaba por sus queridas minas.

Syara bajó corriendo hacia el montacargas de acceso, llegando a la vez que el hombre. Se miraron. El hombre se movió con rapidez para coger su arma, pero Syara fue más rápida. Le sujetó la muñeca con una mano mientras con la otra pasaba su tarjeta de acceso por el lector. La puerta se abrió con un clic eléctrico.

—Sé a lo que vienes—respondió Syara a la pregunta que bailaba en la mirada del hombre—. Te ayudaré.

— ¿Por qué?

—No encontrarás a un solo minero que no quiera ver muerto a Swang Velor.

Tiró de él para entrar en el montacargas y apretó el botón de subida.

—Está en su despacho del ático. Él nunca baja a las minas por miedo a la infección.

El hombre hizo una mueca cuando escuchó la palabra «infección».

—Gira tres veces a la izquierda y una a la derecha, allí está su despacho. Mata a todos los que te encuentres que no lleven el mismo uniforme que yo—dijo al abrirse las puertas —. Te esperaré aquí para que puedas volver a salir.

El hombre asintió con la cabeza y salió corriendo. Syara escuchó los disparos. Primero cercanos, después más lejos. Se hizo un silencio de unos instantes y el último disparo sonó a música para sus oídos. Por primera vez en tres años, volvió a sentir esperanza.

—Vamos —dijo el hombre cuando volvió a entrar en el montacargas.

Las alarmas comenzaron a sonar de manera estridente. El montacargas se paró en seco.

—No han descubierto —dijo Syara señalando hacia la cámara de vigilancia del montacargas con la cabeza—. Estamos muertos.

—Todavía no —respondió el hombre metiendo un nuevo cargador en su arma.

 

 

(Escrito para el taller de Literautas)

El fin justifica los medios

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Cuando se abrieron las puertas, la muchacha ya estaba dentro de ascensor. Nozomi la miró de arriba abajo con la desvergüenza que otorga la edad y el cargo. Era alta y desgarbada, con una larga melena rubia, casi blanca y la piel llena de pecas.

—Buenos días —saludó Nozomi.

La muchacha se escondía detrás de un diccionario de japonés-sueco, pero no le habría hecho falta esa pista para saber que no llevaba mucho tiempo en Tokio. Devolvió el saludo con un japonés bastante malo.

—¿A qué piso vas?

Ella no respondió. Nozomi señaló a la botonera del ascensor y la muchacha señaló el último piso. La miró extrañada. En esa planta únicamente estaba su despacho y el de su secretaria.

—Te debes de haber equivocado, muchacha, allí no hay nada para ti —dijo con absoluto desprecio. —¿Qué vas a hacer allí?

—English? —preguntó la muchacha con un atisbo de esperanza para hacerse entender.

—No —mintió Nozomi deliberadamente. No tenía nada que hablar con ella.

La muchacha abrió su diccionario por una de las marcas que tenía en el lomo.

—Nozomi Sato, yo vengo aprender —dijo con un hilo de voz y poniéndose totalmente colorada.

—¿A aprender? ¿A aprender qué?

—Todo —pasó las hojas con nerviosismo buscando algo—. Yo quiero aprender a ser como Nozomi Sato —dijo pronunciando cada palabra despacio, intentando hacerlo lo mejor posible.

Contuvo el primer impulso de reírse a carcajadas recordándose a sí misma, con más o menos la edad de la muchacha y espiando a su padre. Ella quería ser como el gran Hiroto Sato.

—Para ser como yo, debes haber vivido la vida que he vivido, tener los triunfos que he tenido y cometer todos y cada uno de los errores que he cometido —dijo parafraseando a su padre.

La muchacha le miraba con los ojos muy abiertos, expectante. Algo impulsó a Nozomi a hablar. Quizá el simple hecho de que sabía que no la entendería.

—A mí el éxito no me vino dado, como muchos puedan pensar. Ser hija de Hiroto Sato me cerró muchas más puertas de las que me abrió. No estoy orgullosa de cómo llegué a estar donde estoy, pero lo que sí puedo decir es que no me arrepiento de nada de lo que he hecho. He conseguido todo lo que pretendía.

—Supongo que te refieres al tráfico de armas, a los Yakuza y a todos esos negocios del cajón bajo la mesa —dijo la muchacha.

No supo que le sorprendió más, si que pudiera saber los trapos sucios de su compañía o haberla escuchado hablar en perfecto japonés.

—El fin justifica los medios —respondió con un convencimiento fingido.

—El fin… es curioso que hables de fin. Quizás, hasta que no llegues al fin no puedas afirmar si ha merecido la pena. Dices que no te arrepientes de nada. No te creo.

Nozomi negó con la cabeza.

—Te conozco mejor de lo que puedas imaginar. No puedes engañarme. Háblame de Neil y de tu traición.

Notó cómo el corazón se le encogía al escuchar su nombre. Hacía mucho tiempo de aquello. Casi una vida entera.

—Neil era del ejército de los Estados Unidos. Nunca supe su rango oficial, ni siquiera supe si era su verdadero nombre. Él sólo era el hombre que enviaron a negociar conmigo. Nada más.

La muchacha le devolvió una sonrisa maliciosa. Le pareció que su mirada se volvía más astuta.

—Está bien —había algo en ella que hacía que su voluntad se doblegara—. Neil fue algo más. Neil fue Neil. Ningún otro fue antes y ningún otro ha conseguido ser después.

—Y le mataste —afirmó.

—Fue el único a quien maté con mis propias manos.

La muchacha volvió a sonreír. Nozomi le devolvió una mirada dura mientras notaba una lágrima resbalar por su mejilla.

—Ahora háblame de vuestro hijo.

—No tengo ningún hijo —respondió con un hilo de voz.

—Es cierto. No lo tienes. También te encargaste de eso.

Nozomi se sintió derrumbar. El nudo de su garganta se había hecho más grande y apenas le dejaba respirar.

—Yo… era joven… tenía demasiadas cosas entre manos… no podía… —balbuceó.

—No pretendas justificarte, no es eso a lo que he venido.

—¿A qué has venido? ¿Quién eres?

—He venido a mostrarte si es verdad eso de que el fin justifica los medios.

Nozomi la miró sin entender.

—No estamos subiendo —dijo señalando al marcador del ascensor—, estamos bajando. Vamos al centro mismo de tus horrores, donde por fin pagarás el precio.

 

(Escrito para el taller de Literautas, pero descartado)

El Ascensor

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El dolor de cabeza le martilleó la base del cráneo medio segundo antes de despertarse. En realidad, podría decirse que fue el dolor de cabeza el que le despertó. Abrió los ojos. Una luz demasiado blanca y demasiado intensa hizo que el dolor se agudizase. Un pitido le taladró los oídos. Se hizo un ovillo intentando protegerse, tapándose la cabeza con los brazos. Fue en ese momento cuando notó el dolor en las costillas que le cortó la respiración. Y se echó a llorar.

Hacía años que no lloraba. Una extraña parte de su cerebro intentó recordar cuándo había sido la última vez que había llorado. Otra parte, como si entablasen una conversación, le decía que era estúpido preocuparse de eso en el estado en el que se encontraba. Aun así, su mente iba por libre y le recordó, no la última vez que lloró, sino todos los momentos en los que debería haber llorado y no lo hizo.

Se obligó a abrir los ojos, más por eliminar todas aquellas imágenes de su cabeza que por el mero hecho de abrirlos. El dolor de cabeza se agudizó de nuevo, pero esta vez intentó acostumbrarse a la luz. Lo primero que vio fue su propio reflejo en el espejo. Apenas se reconocía. Le había crecido la barba, había perdido unos diez kilos y unas enormes manchas negras habían aparecido bajo sus ojos. Se tocó la cara negándose a aceptar que aquella imagen era él mismo. Llevaba puesto un pijama blanco, parecido a los de los hospitales, y estaba descalzo. La ropa le colgaba del cuerpo como si fuera demasiado grande para él. Se levantó la camisa. Se le marcaban las costillas. Quizás fueran más de diez los kilos que había perdido. Por lo demás no había nada extraño en su cuerpo, nada que le diera alguna pista del motivo por el que le dolían todos los huesos.

Tardó un buen rato en dejar de mirarse a sí mismo. Cuando por fin miró alrededor se dio cuenta de que estaba dentro de un ascensor. Era bastante grande, aunque no lo suficiente como para ser de un hospital por lo que su pijama dejaba de tener sentido. Ahí no entraría una camilla. Era un ascensor normal. Demasiado. Paredes blancas y lisas, botones plateados, un espejo, luz blanca e impersonal… Nada que le diera algún tipo de pista de donde estaba. En ese momento fue consciente de que tampoco recordaba cómo había llegado allí. Intentó hacer memoria pero, por alguna razón, el primer recuerdo que llegó a su mente supo que era de hacía demasiado tiempo.

Apretó el botón de la planta baja. No ocurrió nada. Apretó el resto de botones uno a uno. Tampoco ocurrió nada, hasta que apretó el de la planta 13. Entonces, el ascensor comenzó a moverse. Estaba bajando, lo cual le sorprendió porque la planta 13 era la última de la botonera. El ascensor se movió durante mucho rato, demasiado incluso para haber llegado a la planta baja, hasta que de repente frenó en seco haciéndole perder el equilibrio. Tuvo la sensación de que el cerebro se le vaciaba y una náusea le llegó a la base de la garganta.

Las puertas se abrieron. Dudó si debía salir. Se asomó a la puerta. Era una habitación blanca, vacía. Algo o alguien, no supo bien qué, deslizó un libro abierto hasta la puerta del ascensor. Desde donde estaba no pudo ver de dónde había venido. Observó el libro sin atreverse a moverse de donde estaba. Era un diccionario en el que se había marcado la palabra «traición» con un rotulador rojo. Las puertas se volvieron a cerrar, mucho más rápido de lo que esperaba, sin darle tiempo a reaccionar, dejándole de nuevo encerrado en el ascensor. «Traición» pensó, intentando encontrarle algún tipo de significado.

Notó que el ascensor se ponía de nuevo en marcha, esta vez, subiendo. La velocidad fue en aumento hasta que se detuvo. Durante media fracción de segundo sintió la ingravidez antes de caer al vacío. En ese instante, todos los recuerdos volvieron de golpe. Supo quién era, supo qué hacía allí y supo qué había hecho para estar allí. Comprendió la acusación de traición y supo a ciencia cierta que era culpable. Recordó todo lo ocurrido con una claridad asombrosa y revivió el infierno de su último año. Pero sobre todo supo, con total seguridad, que iba a morir por lo que había hecho.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

Mientras soñaba

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Abrí los ojos intentando enfocar las líneas de luz que se dibujaban en la pared. A mi cerebro le costó algo más de lo normal comprender dónde estaba. Las luces bailaban sobre los carteles de lugares exóticos y gente con mirada amable. El local de Amber. No había ningún otro lugar en la ciudad con esa mierda de carteles.

El local de Amber era un Dispensador de sueños, como tantos otros. En algún momento de nuestra existencia, habíamos perdido la capacidad de soñar. Probablemente haya infinidad de estudios que expliquen el motivo por el que los humanos ya no podemos soñar, la verdad es que nunca me he preocupado de averiguarlo. Lo que si sé es que la mente humana no puede soportar más de dos días seguidos en blanco. Al tercero, tu mente se fríe.

Hasta la mayoría de edad, los sueños te los administra el Instituto de Salud Mental en los colegios. Ellos dicen que es para que los niños crezcan sanos. Yo creo que es porque no quieren pequeños bastardos locos por las calles. Los niños son impredecibles y, con el cerebro frito, se vuelven realmente peligrosos. Una vez que cumples la mayoría de edad, te buscas la vida.

Si la vida te sonríe, tendrás tu propio Administrador de sueños en casa y, con suerte, hasta podrás tener varios sueños diferentes para intercalar. La mayoría de la gente, como yo, no tenemos más que el dinero justo para ir tirando y poder ir a un Dispensador cada dos días. Por supuesto, está la otra cara de la moneda, los tirados, aquellos que llevan sin soñar varios días. Los tirados son peligrosos desde el tercer al quinto día sin soñar. Luego, no son más que vegetales que sobreviven por las calles. La verdad es que nunca me he preguntado cómo.

Amber no fue la primera en montar un Dispensador, ni mucho menos. Su local no era el más famoso ni, mucho menos, el más limpio de la ciudad. Tampoco se puede decir que tuviera una variedad impresionante de sueños, pero era barato. En realidad, los Dispensadores de sueños se pueden diferenciar en dos grandes grupos: los buenos y los baratos. Además, ella tenía una serie de «servicios adicionales» que hacían que su local fuera mucho más interesante que el resto. A juzgar por la resaca y el frío que recorría mi médula espinal, esa noche me había pasado con uno de esos «servicios adicionales» de Amber.

Me moví despacio en el catre hasta hacerme un ovillo, intentando mantener el máximo de calor corporal bajo aquellas finas mantas. No había pasado ni medio minuto cuando Hassan, el celador, entró en la sala. En cuanto los sensores de tu cerebro detectan el estado consciente, él se encarga de que dejes el catre libre para otro posible cliente. Y era mejor no hacer esperar a Hassan.

Se acercó y me miró cruzando los brazos.

—Dame medio minuto, Hassan, por lo que mas quieras.

—No has pagado por medio minuto ¿puedes pagarlo?

Era una pregunta retórica, los dos sabíamos que no.

—Joder, la betaína que me dio Amber anoche me ha dejado fatal.

—La betaína estaba bien, el problema fue la cantidad. Y de eso solo tú eres responsable.

De nuevo, los dos sabíamos que era cierto. No había nada más que decir. Me estiré, aparté las mantas y salí de catre. Busqué mis pantalones en el compartimento de debajo del colchón.

—Joder, Kat ¿Qué te ha pasado? —preguntó Hassan con un hilo de voz.

Me volví hacia Hassan que me miraba con el rostro desencajado señalando hacia mi vientre. Bajé la mirada. Estaba cubierta de sangre desde el cuello hasta la punta de los pies. Era una sangre oscura y reseca, pegada a mi cuerpo como una costra. No creía que fuera mía porque no me sentía mal, pero la betaína podía inhibir mi dolor. Toqué mi cuerpo con las manos. Parecía que todo estaba en su sitio. Todo menos una pequeña zona rugosa bajo las costillas. Miré mis pantalones, estaban limpios. Miré hacia el catre, también estaba limpio.

Fuera lo que fuese lo que me había pasado, había sido mientras soñaba y no había sido allí.

 

(Escrito para el taller de Literautas. Esta vez, el reto era crear el primer capítulo de una novela. Esta idea lleva tiempo dándome vueltas en la cabeza. No sé si algún día se llegará a materializar del todo o, como tantos otros proyectos, se quedarán en una simple idea y este primer capítulo…)

En esta noche aciaga

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«…en esta noche aciaga»

No recordaba dónde había escuchado esa frase, pero desde hacía meses daba vueltas en su cabeza.

Resopló y tachó la frase. Se quedó mirando hacia el papel, con la mirada perdida, sin enfocar. Se sentía vacío.

—Vacío en esta noche aciaga —dijo en voz alta.

Media risa socarrona salió de lo más profundo de sus pulmones. Al menos, no había perdido la gracia, aunque sería mucho más gracioso si tuviese a alguien con quien compartirlo.

Se levantó de la silla estirándose. Podría haber contado todas y cada una de las vértebras por su crujido. Se sentía viejo y cansado.

Por un instante sopesó la posibilidad de ponerse la ropa de deporte y salir a correr. Tras las cortinas echadas parecía que hacía una buena mañana de sol.

—Demasiado sol para una noche aciaga —dijo de nuevo.

Tenía que quitarse esa frase de la cabeza, le estaba volviendo loco. Se decidió por el bourbon, era más efectivo. Cogió un vaso sucio del fregadero de la cocina, lo olió y lo dio por bueno. Llenó tres cuartas partes de bourbon barato y volvió al escritorio.

De pie vio las hojas desparramadas de su manuscrito desde otro ángulo. Había más tachones que letras. Se sintió un fraude. De un trago bebió más de la mitad del vaso. Estaba caliente. Un escalofrío le recorrió la nuca cuando el alcohol pasó por su garganta. No hizo nada por evitar la mueca de asco.

Recogió todos los papeles con cuidado en un montón perfecto. Los cuadró, los colocó y los volvió a cuadrar. Después, los metió en la papelera sin más. Pensó que el hecho de tirar tres meses de trabajo a la papelera debería haber tenido un poco más de teatralidad, pero en realidad le daba lo mismo.

Se dejó caer en el sofá. No sabía cómo había llegado a ese punto pero debía hacer algo para remediarlo. Desde la estantería de enfrente le miraban sus novelas como burlándose de él. Podía llegar a sentir la risa socarrona de Steven, su asesino fetiche, desde el interior de las páginas. Había sido bueno. Había sido grande. Había llegado a ser un referente en su estilo. Ahora no era nada. No era más que una mala frase recurrente. Steven no se dignaría ni a escupirle a la cara.

«Tengo que volver a los orígenes» pensó mirando el lomo de su primer libro.

Deseaba volver a aquella época cuando escribir era para él como respirar: sencillo, natural, sin ningún tipo de esfuerzo. Las palabras se agolpaban tan rápido en su mente que no era capaz de contenerlas. Simplemente se sentaba y dejaba que todo fluyera.

—Te lo prometí. Prometí no volver a aquello —dijo mirando hacia el portarretratos de la estantería.

Fue lo único que le pidió: un año limpio y volvería con él. «No es para tanto» había pensado en su día. Pero si lo era. Ya no era él, había perdido su esencia, sus ganas de vivir, el motivo por el que se levantaba cada día. Y lo que era peor, había perdido su inspiración.

«No tiene por qué enterarse» pensó un lado oscuro de su cerebro. Intentó desechar esa idea. «Claro que se enterará. Ya se había enterado una vez ¿por qué no iba a ser igual? En aquella época era más confiado. Solo es cuestión de tener cuidado. Mucho cuidado. Y eso sabes hacerlo”.

Se levantó con determinación. Había decidido que lo volvería a hacer. «Sólo por esta vez, sólo un libro más» se repetía mentalmente. Una pequeña parte de su conciencia le quería recordar que no habían pasado ni tres meses desde que ella se fue. Menos de tres meses y no había conseguido mantener su promesa. «Sólo una vez más. Seré cuidadoso».

No le había costado ningún trabajo decidirse. En realidad, sabía que no lo había decidido, si no que todo lo anterior había sido una farsa. La promesa, el tiempo que había pasado limpio, el penoso intento de escribir sin “ayuda”… todo.

Media hora más tarde ya estaba en la calle, despejado, bañado e, incluso, oliendo a perfume. Se sentía nervioso, como si fuera a una primera cita. Paseó por las calles del centro sin rumbo fijo durante un rato disfrutando del momento previo. Luego le vio: delgado, desgarbado y con pinta de soñador. Tenía que ser él. Le siguió a una distancia prudencial hasta que se metió en una casa. Entonces, sacó su libreta, miró su reloj y anotó la hora y la dirección.

Suspiró. Era un suspiro más de satisfacción que de alivio. Había comenzado. Dedicaría dos semanas de seguimiento para conocer sus horarios y costumbres. No podría dedicar más de una semana para la planificación y la ejecución de este asesinato, tenía una fecha límite para la entrega de su siguiente manuscrito. Sería suficiente. Pasó por delante de una carnicería. «Un gancho para carne, me gusta». Ya tenía arma del crimen, sólo tenía que pensar cómo deshacerse del cadáver sin dejar rastro. Esta vez debería ser más cuidadoso. Aunque hasta ahora la policía nunca le había considerado sospechoso, ella lo supo hacía tiempo. «Sólo tengo que tener más cuidado» pensó. Haría que su alter-ego Steven se sintiera orgulloso.

La planificación del asesinato ya se estaba formando en su cabeza, trasladarlo todo a la novela sería rápido y sencillo. Sólo le faltaba el título

«En esta noche aciaga» pensó sonriendo.

(Escrito para la revista de Valencia Escribe. Click aquí para leerla completa)