A través del portal

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El acólito abrió el libro antes de que pudiera impedírselo. Supo que ya no había nada que hacer en el mismo instante en el que le oyó decir la primera palabra del salmo. El Segundo miró a la Sacerdotisa con el rostro desencajado, buscando una respuesta con la mirada.

—Creo que yo le animé a hacerlo —confesó, y guardó la gema en el bolsillo interior de su túnica—. Tenía tanto potencial que…

Las palabras se perdieron en un silencio que lo dijo todo. Una lágrima de emoción, simple y cálida, resbaló por su mejilla.

—Tenemos que hacer algo —dijo su Segundo.

La Sacerdotisa escuchó sus palabras como un canto lejano, una mezcla perfecta con el salmo recitado por el acólito, como si fuese la estrofa que le faltaba para que todo encajase en su cabeza. Junto al púlpito aparecieron los vértices difuminados del portal. Tenían que hacer algo, pero no se atrevía a mover un solo músculo. En realidad, era el momento que llevaba esperando toda la vida y no quería interrumpir algo tan bello como lo que estaba a punto de suceder. «Tan bello y tan mortal» pensó.

Golpeó la gema con la punta de sus dedos a través de la tela e ignoró las súplicas de su Segundo. Recordó sus inicios, cuando todavía era una acólita, antes de que el deber del cargo le hubiera cortado las alas. Recordó haber cogido ese mismo libro con los dedos temblorosos de emoción. Ella misma habría invocado el portal si el anterior Sacerdote no lo hubiera impedido. Recordó la sensación de impotencia y haber maldecido una y mil veces su cobardía.

—¿Para qué estamos aquí, entonces? —le había recriminado—. ¿Para qué todo esto?

—Si algún día llegas a estar en mi posición, lo entenderás.

Pero no. No lo entendía. Eran sólo miedos de un viejo que había dado su vida a una causa perdida. Ella no era así. Para eso estaban allí. Y pensar que esa misma mañana se estaba planteando dejarlo todo… Sonrió satisfecha. Ahora todo aquello cobraba sentido.

Su Segundo le sacudió agarrándola de los hombros. No pudo evitar pensar que era la primera vez que la tocaba.

—Vete. Aquí ya no hay nada más que podamos hacer —le dijo con voz maternal.

Le vio salir corriendo sin pensárselo ni un instante. Parecía que únicamente estaba esperando a que le diera permiso para poner tierra de por medio.

La voz del acólito seguía sonando de fondo. Le miró fijamente y, a pesar de que llevaba allí casi tres años, tuvo la sensación de que era la primera vez que le veía. Era un muchacho excesivamente delgado y desgarbado, con la cara llena de marcas y un pelo anaranjado que siempre llevaba sucio. El movimiento de sus labios la hipnotizó.

Más que verlo, sintió el cambio en la luz que le rodeaba. Todo se había vuelto más oscuro. Todo menos el portal, que parecía absorber toda la luz. Corrió a coger el pedestal de la gema para colocarla frente al portal mientras una figura comenzaba a materializarse en el centro. Estaba a punto de suceder. Una mano difuminada, más etérea que real, cogió la gema. Todo se volvió luz, blanca y fría, y por un instante, sintió que el mundo se contenía la respiración en un silencio ensordecedor. Un escalofrío le recorrió la médula espinal. Por primera vez sintió miedo, un miedo inconsciente y primitivo y supo, con total certeza, que nada iba a ser como esperaba.

 

 

La llave

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El anciano encontró la llave en el bolsillo oculto de su túnica. A pesar del tiempo que llevaba allí, la llave seguía teniendo aspecto de nueva. La giró entre sus dedos y volvió a irradiar aquel brillo azulado que le hizo sentir tan insignificante, como la primera vez que la vio.

A su mente volvió el día en el que le nombraron Guardián. Él no había nacido para ser Guardián. Toda su familia, y hasta donde los recuerdos alcanzaban en su línea sucesoria, habían sido Catalizadores. Pero él no tenía ese Don. Ni siquiera había sido capaz de estimular el crecimiento de la brizna de hierba más simple. Al contrario, cada ser vivo que tocaba, moría al instante.

Era aún muy niño cuando descubrieron su Don y le separaron de sus padres para que se educara con los Guardianes. A pesar de eso, no tenía un mal recuerdo de aquella época. No fue un cambio traumático, para nada, en realidad lo recordaba como una liberación de su propio espíritu. Con los Guardianes se sentía libre y completo.

Cuando tuvo la edad necesaria, pasó  el examen sin mayor complicación y le asignaron su propia túnica. Ahora, treinta y nueve vidas después, recordaba aquel día con total nitidez. El Guardián que le había estado instruyendo se la dio sin más, sin ningún tipo de ceremonia o frase para la posteridad, simplemente alargó la mano y se la dio, como quien da una manzana a la hora de comer. Él tampoco se sintió especial por recibirla, era lo que tenía que pasar. Se la puso y revolvió en los bolsillos. Treinta y nueve llaves.

—Falta una —dijo en alto. No era una pregunta, sólo una observación.

—Aquí está la última. Esta es la tuya. Es la última vida que cerrarás —le había respondido el Guardián sin ningún tipo de emoción en la voz.

Por aquel entonces, nunca había entendido la apatía que irradiaban los Guardianes más veteranos. Parecían no tener ningún tipo de emoción dentro. Era como si sus espíritus se hubieran apagado. Se suponía que debían poner pasión, corazón y alma en cada uno de sus movimientos. Para eso eran Guardianes. Para eso se les había confiado la vida y la muerte de todo ser.

Ahora lo entendía. Después de haber cerrado treinta y nueve llaves, después de haber visto cómo la vida de treinta y nueve seres apagaba con un giro de su muñeca, ya no le quedaba nada. Era imposible no implicarse en esas vidas. Al fin y al cabo, era su Guardián. Vigilaba y velaba porque todo ocurriese como debía ocurrir. Que cada hilo de cada historia estuviese tejido de la forma en la que se debía tejer y que todo siguiera su curso.

Cada vida consumía tanta energía y pasión, tanto amor y tanto odio en su justa medida que, al final, sentía que él también la estaba viviendo. Por eso, en cada llave que cerraba moría también una parte de él, un poco de su alma. Después de tanto tiempo, después de haber cerrado todas las vidas que tenía asignadas, se sentía completamente vacío.

El anciano introdujo su propia llave en el ojo de la cerradura. Su cometido había llegado a su fin. Un simple giro y todo habría acabado. Su vida se apagaría sin más. Inspiró, cerró los ojos y se armó de valor.

—Nadie más girará esta llave –se dijo a sí mismo.

La idea le cruzó la mente como un relámpago. Aflojó la mano temblorosa que se aferraba a la llave.

—Si no soy yo quien cierra mi vida, nadie lo hará.

Lo empezó a ver todo con total nitidez. Sacó la llave despacio y, de nuevo, se quedó mirándola. Ese brillo azulado ya no le intimidaba.

—Sólo yo soy el dueño de mi vida—dijo en un susurro, esperando que nadie más le hubiese escuchado. Sería su secreto.

Colgó la túnica, guardó su llave y, por primera vez, se sintió vivo.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

Las minas de sírex

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Cuando Syara era pequeña, la Luna era muy diferente. Aún recordaba aquel enorme cartel que veía cada día al ir al colegio: una mujer de una belleza perfecta, con su vestido de noche y un pequeño sombrero de copa dorado ladeado hacia la izquierda. Debajo, en letras grandes y brillantes, se leía: «Viaja a la Luna. Imprescindible etiqueta». Siempre le había fascinado esa idea de la luna. Se imaginaba grandes fiestas de gala, bailes de salón y aquellos príncipes de los viejos cuentos besándote en la mano. Pocos años después descubrieron el sírex y la Luna dejó de ser un lugar exclusivo para convertirse en la gran explotación minera que era ahora.

Las minas de sírex eran tan peligrosas que, al principio, en ellas únicamente trabajaban convictos a cambio de reducción de condena. Cuando comprendieron que la esperanza de vida en las minas se limitaba a unos tres años, se negaron a volver. Fue entonces cuando se convirtió en una forma rápida de hacer dinero. Rápida, pero no fácil. «Trabaja 1500 días y vive con los gastos pagados» era el eslogan con el que te captaban. Te prometían una vida a todo tren y con todos los vicios que pudieras imaginar por algo más de cuatro años de trabajo. En realidad el eslogan debería ser «sobrevive un año más que la media y nos compensa pagarte». Las cuentas eran sencillas: el 96% de los mineros  no sobrevivía. Aun así, miles de ilusos lo intentaban a diario.

Syara se levantó antes de que sonara el despertador, como cada día, e hizo la marca en la pared.

—Día 1100 —dijo en alto con menos optimismo del que se merecía ese momento.

Había pasado el límite psicológico de los mil días, debería estar contenta. Aun así, hacía mucho que no se sentía contenta por nada. Ese sitio le estaba robando algo más que la salud. Se puso el uniforme de seguridad y salió hacia el trabajo como un autómata, sin pensar en nada.

Llegó a la mina demasiado pronto. Le gustaba llegar un rato antes del cambio de turno. La explanada que daba acceso a las minas era, en realidad, uno de los parajes más bonitos que quedaban en la Luna. Aún conservaba aquella belleza fría, oscura y salvaje de la antigüedad. En esos momentos, cuando aún estaba vacía, le transmitía mucha paz.

La nave descendió en ese instante justo en el medio de la explanada, como si fuera el sitio más normal del mundo para aterrizar. Syara la reconoció. Sólo había una nave así en todo el universo: la Sugar Witch. Al ver bajar al hombre con el arma cargada a la espalda, no tuvo que preguntarse qué hacía allí. Era día 1, día de pago, el único día en el que Swang Velor se acercaba por sus queridas minas.

Syara bajó corriendo hacia el montacargas de acceso, llegando a la vez que el hombre. Se miraron. El hombre se movió con rapidez para coger su arma, pero Syara fue más rápida. Le sujetó la muñeca con una mano mientras con la otra pasaba su tarjeta de acceso por el lector. La puerta se abrió con un clic eléctrico.

—Sé a lo que vienes—respondió Syara a la pregunta que bailaba en la mirada del hombre—. Te ayudaré.

— ¿Por qué?

—No encontrarás a un solo minero que no quiera ver muerto a Swang Velor.

Tiró de él para entrar en el montacargas y apretó el botón de subida.

—Está en su despacho del ático. Él nunca baja a las minas por miedo a la infección.

El hombre hizo una mueca cuando escuchó la palabra «infección».

—Gira tres veces a la izquierda y una a la derecha, allí está su despacho. Mata a todos los que te encuentres que no lleven el mismo uniforme que yo—dijo al abrirse las puertas —. Te esperaré aquí para que puedas volver a salir.

El hombre asintió con la cabeza y salió corriendo. Syara escuchó los disparos. Primero cercanos, después más lejos. Se hizo un silencio de unos instantes y el último disparo sonó a música para sus oídos. Por primera vez en tres años, volvió a sentir esperanza.

—Vamos —dijo el hombre cuando volvió a entrar en el montacargas.

Las alarmas comenzaron a sonar de manera estridente. El montacargas se paró en seco.

—No han descubierto —dijo Syara señalando hacia la cámara de vigilancia del montacargas con la cabeza—. Estamos muertos.

—Todavía no —respondió el hombre metiendo un nuevo cargador en su arma.

 

 

(Escrito para el taller de Literautas)

El fin justifica los medios

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Cuando se abrieron las puertas, la muchacha ya estaba dentro de ascensor. Nozomi la miró de arriba abajo con la desvergüenza que otorga la edad y el cargo. Era alta y desgarbada, con una larga melena rubia, casi blanca y la piel llena de pecas.

—Buenos días —saludó Nozomi.

La muchacha se escondía detrás de un diccionario de japonés-sueco, pero no le habría hecho falta esa pista para saber que no llevaba mucho tiempo en Tokio. Devolvió el saludo con un japonés bastante malo.

—¿A qué piso vas?

Ella no respondió. Nozomi señaló a la botonera del ascensor y la muchacha señaló el último piso. La miró extrañada. En esa planta únicamente estaba su despacho y el de su secretaria.

—Te debes de haber equivocado, muchacha, allí no hay nada para ti —dijo con absoluto desprecio. —¿Qué vas a hacer allí?

—English? —preguntó la muchacha con un atisbo de esperanza para hacerse entender.

—No —mintió Nozomi deliberadamente. No tenía nada que hablar con ella.

La muchacha abrió su diccionario por una de las marcas que tenía en el lomo.

—Nozomi Sato, yo vengo aprender —dijo con un hilo de voz y poniéndose totalmente colorada.

—¿A aprender? ¿A aprender qué?

—Todo —pasó las hojas con nerviosismo buscando algo—. Yo quiero aprender a ser como Nozomi Sato —dijo pronunciando cada palabra despacio, intentando hacerlo lo mejor posible.

Contuvo el primer impulso de reírse a carcajadas recordándose a sí misma, con más o menos la edad de la muchacha y espiando a su padre. Ella quería ser como el gran Hiroto Sato.

—Para ser como yo, debes haber vivido la vida que he vivido, tener los triunfos que he tenido y cometer todos y cada uno de los errores que he cometido —dijo parafraseando a su padre.

La muchacha le miraba con los ojos muy abiertos, expectante. Algo impulsó a Nozomi a hablar. Quizá el simple hecho de que sabía que no la entendería.

—A mí el éxito no me vino dado, como muchos puedan pensar. Ser hija de Hiroto Sato me cerró muchas más puertas de las que me abrió. No estoy orgullosa de cómo llegué a estar donde estoy, pero lo que sí puedo decir es que no me arrepiento de nada de lo que he hecho. He conseguido todo lo que pretendía.

—Supongo que te refieres al tráfico de armas, a los Yakuza y a todos esos negocios del cajón bajo la mesa —dijo la muchacha.

No supo que le sorprendió más, si que pudiera saber los trapos sucios de su compañía o haberla escuchado hablar en perfecto japonés.

—El fin justifica los medios —respondió con un convencimiento fingido.

—El fin… es curioso que hables de fin. Quizás, hasta que no llegues al fin no puedas afirmar si ha merecido la pena. Dices que no te arrepientes de nada. No te creo.

Nozomi negó con la cabeza.

—Te conozco mejor de lo que puedas imaginar. No puedes engañarme. Háblame de Neil y de tu traición.

Notó cómo el corazón se le encogía al escuchar su nombre. Hacía mucho tiempo de aquello. Casi una vida entera.

—Neil era del ejército de los Estados Unidos. Nunca supe su rango oficial, ni siquiera supe si era su verdadero nombre. Él sólo era el hombre que enviaron a negociar conmigo. Nada más.

La muchacha le devolvió una sonrisa maliciosa. Le pareció que su mirada se volvía más astuta.

—Está bien —había algo en ella que hacía que su voluntad se doblegara—. Neil fue algo más. Neil fue Neil. Ningún otro fue antes y ningún otro ha conseguido ser después.

—Y le mataste —afirmó.

—Fue el único a quien maté con mis propias manos.

La muchacha volvió a sonreír. Nozomi le devolvió una mirada dura mientras notaba una lágrima resbalar por su mejilla.

—Ahora háblame de vuestro hijo.

—No tengo ningún hijo —respondió con un hilo de voz.

—Es cierto. No lo tienes. También te encargaste de eso.

Nozomi se sintió derrumbar. El nudo de su garganta se había hecho más grande y apenas le dejaba respirar.

—Yo… era joven… tenía demasiadas cosas entre manos… no podía… —balbuceó.

—No pretendas justificarte, no es eso a lo que he venido.

—¿A qué has venido? ¿Quién eres?

—He venido a mostrarte si es verdad eso de que el fin justifica los medios.

Nozomi la miró sin entender.

—No estamos subiendo —dijo señalando al marcador del ascensor—, estamos bajando. Vamos al centro mismo de tus horrores, donde por fin pagarás el precio.

 

(Escrito para el taller de Literautas, pero descartado)

El Ascensor

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El dolor de cabeza le martilleó la base del cráneo medio segundo antes de despertarse. En realidad, podría decirse que fue el dolor de cabeza el que le despertó. Abrió los ojos. Una luz demasiado blanca y demasiado intensa hizo que el dolor se agudizase. Un pitido le taladró los oídos. Se hizo un ovillo intentando protegerse, tapándose la cabeza con los brazos. Fue en ese momento cuando notó el dolor en las costillas que le cortó la respiración. Y se echó a llorar.

Hacía años que no lloraba. Una extraña parte de su cerebro intentó recordar cuándo había sido la última vez que había llorado. Otra parte, como si entablasen una conversación, le decía que era estúpido preocuparse de eso en el estado en el que se encontraba. Aun así, su mente iba por libre y le recordó, no la última vez que lloró, sino todos los momentos en los que debería haber llorado y no lo hizo.

Se obligó a abrir los ojos, más por eliminar todas aquellas imágenes de su cabeza que por el mero hecho de abrirlos. El dolor de cabeza se agudizó de nuevo, pero esta vez intentó acostumbrarse a la luz. Lo primero que vio fue su propio reflejo en el espejo. Apenas se reconocía. Le había crecido la barba, había perdido unos diez kilos y unas enormes manchas negras habían aparecido bajo sus ojos. Se tocó la cara negándose a aceptar que aquella imagen era él mismo. Llevaba puesto un pijama blanco, parecido a los de los hospitales, y estaba descalzo. La ropa le colgaba del cuerpo como si fuera demasiado grande para él. Se levantó la camisa. Se le marcaban las costillas. Quizás fueran más de diez los kilos que había perdido. Por lo demás no había nada extraño en su cuerpo, nada que le diera alguna pista del motivo por el que le dolían todos los huesos.

Tardó un buen rato en dejar de mirarse a sí mismo. Cuando por fin miró alrededor se dio cuenta de que estaba dentro de un ascensor. Era bastante grande, aunque no lo suficiente como para ser de un hospital por lo que su pijama dejaba de tener sentido. Ahí no entraría una camilla. Era un ascensor normal. Demasiado. Paredes blancas y lisas, botones plateados, un espejo, luz blanca e impersonal… Nada que le diera algún tipo de pista de donde estaba. En ese momento fue consciente de que tampoco recordaba cómo había llegado allí. Intentó hacer memoria pero, por alguna razón, el primer recuerdo que llegó a su mente supo que era de hacía demasiado tiempo.

Apretó el botón de la planta baja. No ocurrió nada. Apretó el resto de botones uno a uno. Tampoco ocurrió nada, hasta que apretó el de la planta 13. Entonces, el ascensor comenzó a moverse. Estaba bajando, lo cual le sorprendió porque la planta 13 era la última de la botonera. El ascensor se movió durante mucho rato, demasiado incluso para haber llegado a la planta baja, hasta que de repente frenó en seco haciéndole perder el equilibrio. Tuvo la sensación de que el cerebro se le vaciaba y una náusea le llegó a la base de la garganta.

Las puertas se abrieron. Dudó si debía salir. Se asomó a la puerta. Era una habitación blanca, vacía. Algo o alguien, no supo bien qué, deslizó un libro abierto hasta la puerta del ascensor. Desde donde estaba no pudo ver de dónde había venido. Observó el libro sin atreverse a moverse de donde estaba. Era un diccionario en el que se había marcado la palabra «traición» con un rotulador rojo. Las puertas se volvieron a cerrar, mucho más rápido de lo que esperaba, sin darle tiempo a reaccionar, dejándole de nuevo encerrado en el ascensor. «Traición» pensó, intentando encontrarle algún tipo de significado.

Notó que el ascensor se ponía de nuevo en marcha, esta vez, subiendo. La velocidad fue en aumento hasta que se detuvo. Durante media fracción de segundo sintió la ingravidez antes de caer al vacío. En ese instante, todos los recuerdos volvieron de golpe. Supo quién era, supo qué hacía allí y supo qué había hecho para estar allí. Comprendió la acusación de traición y supo a ciencia cierta que era culpable. Recordó todo lo ocurrido con una claridad asombrosa y revivió el infierno de su último año. Pero sobre todo supo, con total seguridad, que iba a morir por lo que había hecho.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

Mientras soñaba

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Abrí los ojos intentando enfocar las líneas de luz que se dibujaban en la pared. A mi cerebro le costó algo más de lo normal comprender dónde estaba. Las luces bailaban sobre los carteles de lugares exóticos y gente con mirada amable. El local de Amber. No había ningún otro lugar en la ciudad con esa mierda de carteles.

El local de Amber era un Dispensador de sueños, como tantos otros. En algún momento de nuestra existencia, habíamos perdido la capacidad de soñar. Probablemente haya infinidad de estudios que expliquen el motivo por el que los humanos ya no podemos soñar, la verdad es que nunca me he preocupado de averiguarlo. Lo que si sé es que la mente humana no puede soportar más de dos días seguidos en blanco. Al tercero, tu mente se fríe.

Hasta la mayoría de edad, los sueños te los administra el Instituto de Salud Mental en los colegios. Ellos dicen que es para que los niños crezcan sanos. Yo creo que es porque no quieren pequeños bastardos locos por las calles. Los niños son impredecibles y, con el cerebro frito, se vuelven realmente peligrosos. Una vez que cumples la mayoría de edad, te buscas la vida.

Si la vida te sonríe, tendrás tu propio Administrador de sueños en casa y, con suerte, hasta podrás tener varios sueños diferentes para intercalar. La mayoría de la gente, como yo, no tenemos más que el dinero justo para ir tirando y poder ir a un Dispensador cada dos días. Por supuesto, está la otra cara de la moneda, los tirados, aquellos que llevan sin soñar varios días. Los tirados son peligrosos desde el tercer al quinto día sin soñar. Luego, no son más que vegetales que sobreviven por las calles. La verdad es que nunca me he preguntado cómo.

Amber no fue la primera en montar un Dispensador, ni mucho menos. Su local no era el más famoso ni, mucho menos, el más limpio de la ciudad. Tampoco se puede decir que tuviera una variedad impresionante de sueños, pero era barato. En realidad, los Dispensadores de sueños se pueden diferenciar en dos grandes grupos: los buenos y los baratos. Además, ella tenía una serie de «servicios adicionales» que hacían que su local fuera mucho más interesante que el resto. A juzgar por la resaca y el frío que recorría mi médula espinal, esa noche me había pasado con uno de esos «servicios adicionales» de Amber.

Me moví despacio en el catre hasta hacerme un ovillo, intentando mantener el máximo de calor corporal bajo aquellas finas mantas. No había pasado ni medio minuto cuando Hassan, el celador, entró en la sala. En cuanto los sensores de tu cerebro detectan el estado consciente, él se encarga de que dejes el catre libre para otro posible cliente. Y era mejor no hacer esperar a Hassan.

Se acercó y me miró cruzando los brazos.

—Dame medio minuto, Hassan, por lo que mas quieras.

—No has pagado por medio minuto ¿puedes pagarlo?

Era una pregunta retórica, los dos sabíamos que no.

—Joder, la betaína que me dio Amber anoche me ha dejado fatal.

—La betaína estaba bien, el problema fue la cantidad. Y de eso solo tú eres responsable.

De nuevo, los dos sabíamos que era cierto. No había nada más que decir. Me estiré, aparté las mantas y salí de catre. Busqué mis pantalones en el compartimento de debajo del colchón.

—Joder, Kat ¿Qué te ha pasado? —preguntó Hassan con un hilo de voz.

Me volví hacia Hassan que me miraba con el rostro desencajado señalando hacia mi vientre. Bajé la mirada. Estaba cubierta de sangre desde el cuello hasta la punta de los pies. Era una sangre oscura y reseca, pegada a mi cuerpo como una costra. No creía que fuera mía porque no me sentía mal, pero la betaína podía inhibir mi dolor. Toqué mi cuerpo con las manos. Parecía que todo estaba en su sitio. Todo menos una pequeña zona rugosa bajo las costillas. Miré mis pantalones, estaban limpios. Miré hacia el catre, también estaba limpio.

Fuera lo que fuese lo que me había pasado, había sido mientras soñaba y no había sido allí.

 

(Escrito para el taller de Literautas. Esta vez, el reto era crear el primer capítulo de una novela. Esta idea lleva tiempo dándome vueltas en la cabeza. No sé si algún día se llegará a materializar del todo o, como tantos otros proyectos, se quedarán en una simple idea y este primer capítulo…)

En esta noche aciaga

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«…en esta noche aciaga»

No recordaba dónde había escuchado esa frase, pero desde hacía meses daba vueltas en su cabeza.

Resopló y tachó la frase. Se quedó mirando hacia el papel, con la mirada perdida, sin enfocar. Se sentía vacío.

—Vacío en esta noche aciaga —dijo en voz alta.

Media risa socarrona salió de lo más profundo de sus pulmones. Al menos, no había perdido la gracia, aunque sería mucho más gracioso si tuviese a alguien con quien compartirlo.

Se levantó de la silla estirándose. Podría haber contado todas y cada una de las vértebras por su crujido. Se sentía viejo y cansado.

Por un instante sopesó la posibilidad de ponerse la ropa de deporte y salir a correr. Tras las cortinas echadas parecía que hacía una buena mañana de sol.

—Demasiado sol para una noche aciaga —dijo de nuevo.

Tenía que quitarse esa frase de la cabeza, le estaba volviendo loco. Se decidió por el bourbon, era más efectivo. Cogió un vaso sucio del fregadero de la cocina, lo olió y lo dio por bueno. Llenó tres cuartas partes de bourbon barato y volvió al escritorio.

De pie vio las hojas desparramadas de su manuscrito desde otro ángulo. Había más tachones que letras. Se sintió un fraude. De un trago bebió más de la mitad del vaso. Estaba caliente. Un escalofrío le recorrió la nuca cuando el alcohol pasó por su garganta. No hizo nada por evitar la mueca de asco.

Recogió todos los papeles con cuidado en un montón perfecto. Los cuadró, los colocó y los volvió a cuadrar. Después, los metió en la papelera sin más. Pensó que el hecho de tirar tres meses de trabajo a la papelera debería haber tenido un poco más de teatralidad, pero en realidad le daba lo mismo.

Se dejó caer en el sofá. No sabía cómo había llegado a ese punto pero debía hacer algo para remediarlo. Desde la estantería de enfrente le miraban sus novelas como burlándose de él. Podía llegar a sentir la risa socarrona de Steven, su asesino fetiche, desde el interior de las páginas. Había sido bueno. Había sido grande. Había llegado a ser un referente en su estilo. Ahora no era nada. No era más que una mala frase recurrente. Steven no se dignaría ni a escupirle a la cara.

«Tengo que volver a los orígenes» pensó mirando el lomo de su primer libro.

Deseaba volver a aquella época cuando escribir era para él como respirar: sencillo, natural, sin ningún tipo de esfuerzo. Las palabras se agolpaban tan rápido en su mente que no era capaz de contenerlas. Simplemente se sentaba y dejaba que todo fluyera.

—Te lo prometí. Prometí no volver a aquello —dijo mirando hacia el portarretratos de la estantería.

Fue lo único que le pidió: un año limpio y volvería con él. «No es para tanto» había pensado en su día. Pero si lo era. Ya no era él, había perdido su esencia, sus ganas de vivir, el motivo por el que se levantaba cada día. Y lo que era peor, había perdido su inspiración.

«No tiene por qué enterarse» pensó un lado oscuro de su cerebro. Intentó desechar esa idea. «Claro que se enterará. Ya se había enterado una vez ¿por qué no iba a ser igual? En aquella época era más confiado. Solo es cuestión de tener cuidado. Mucho cuidado. Y eso sabes hacerlo”.

Se levantó con determinación. Había decidido que lo volvería a hacer. «Sólo por esta vez, sólo un libro más» se repetía mentalmente. Una pequeña parte de su conciencia le quería recordar que no habían pasado ni tres meses desde que ella se fue. Menos de tres meses y no había conseguido mantener su promesa. «Sólo una vez más. Seré cuidadoso».

No le había costado ningún trabajo decidirse. En realidad, sabía que no lo había decidido, si no que todo lo anterior había sido una farsa. La promesa, el tiempo que había pasado limpio, el penoso intento de escribir sin “ayuda”… todo.

Media hora más tarde ya estaba en la calle, despejado, bañado e, incluso, oliendo a perfume. Se sentía nervioso, como si fuera a una primera cita. Paseó por las calles del centro sin rumbo fijo durante un rato disfrutando del momento previo. Luego le vio: delgado, desgarbado y con pinta de soñador. Tenía que ser él. Le siguió a una distancia prudencial hasta que se metió en una casa. Entonces, sacó su libreta, miró su reloj y anotó la hora y la dirección.

Suspiró. Era un suspiro más de satisfacción que de alivio. Había comenzado. Dedicaría dos semanas de seguimiento para conocer sus horarios y costumbres. No podría dedicar más de una semana para la planificación y la ejecución de este asesinato, tenía una fecha límite para la entrega de su siguiente manuscrito. Sería suficiente. Pasó por delante de una carnicería. «Un gancho para carne, me gusta». Ya tenía arma del crimen, sólo tenía que pensar cómo deshacerse del cadáver sin dejar rastro. Esta vez debería ser más cuidadoso. Aunque hasta ahora la policía nunca le había considerado sospechoso, ella lo supo hacía tiempo. «Sólo tengo que tener más cuidado» pensó. Haría que su alter-ego Steven se sintiera orgulloso.

La planificación del asesinato ya se estaba formando en su cabeza, trasladarlo todo a la novela sería rápido y sencillo. Sólo le faltaba el título

«En esta noche aciaga» pensó sonriendo.

(Escrito para la revista de Valencia Escribe. Click aquí para leerla completa)

El Último Beso

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Cuando vi entrar a los Hermanos en el Club de Jani supe que habría problemas.

Jani era una de las últimas descendientes de la Tierra. Apenas tenía tres días de vida cuando sus padres tuvieron que huir a Aztheron, en el sistema Za-Esson. No puedo llegar a imaginarme cómo sería la vida en la Tierra si a sus padres les pareció que Aztheron era mejor opción.

Aztheron es conocido en todos los cuadrantes como la escoria del Metaverso, aunque todos acaban allí buscando alguno de sus servicios. Los asesinos a sueldo se ofrecen en las esquinas, al lado de las putas y los traficantes. Cualquier cosa que busques, cualquier cosa que necesites, la encontrarás en Aztheron. Sólo debes estar dispuesto a pagar el precio.

La familia de Jani era de esas pocas personas que intentan pasar desapercibidas en Aztheron. No comerciaban con nada ni con nadie. Simplemente, intentaban vivir sus vidas sin meterse en las demás. El problema de estas personas es que sus vidas no valen nada. Una mañana, sin mas, asesinaron a los padres de Jani por las cuatro latas de comida preparada que acababan de comprar. Ella seguía aferrada a la mano de su madre, cubierta de sangre, cuando los Limpiadores retiraron los cadáveres.

Después de eso, Jani se tuvo que buscar la vida. Nunca se ha sabido cuántos años tenía cuando comenzó en el negocio, porque ella siempre había mentido sobre su edad, pero se rumorea que con menos de 14 ya se había hecho un nombre. Dicen que la protección de Welsch el Gordo la consiguió a cambio de todo tipo de favores sexuales que nadie quiere imaginar. Otros rumorean que le inyectó un modificador mientras dormía y que, por eso, el Gordo era su marioneta.

Jani nunca hablaba de aquella época. «Forma parte de otra vida» solía decir cuando alguien le preguntaba.

Fuera como fuese, el Gordo hizo decapitar a toda la competencia de Jani en una sola noche, dejando sus cabezas en la plaza central para dejar un mensaje. Unos meses después, la propia Jani dejó la cabeza del Gordo en la misma plaza dejando claro quién mandaba a partir de ese momento.

Ahora, todos los negocios se hacían en su Club y siempre tras su consentimiento. No había nada que no pasara por sus manos. Si en Aztheron pudiera llegar a haber algún tipo de rey, sería una reina, sería Jani.

Por eso, cuando vi entrar a los Hermanos supe que habría problemas. Los Hermanos eran los únicos que tenían el valor de cuestionar las operaciones de Jani, aunque siempre a sus espaldas. Era la primera vez que entraban en el Club. Y habían venido todos.

Obviamente, los dieciséis Hermanos en realidad no eran hermanos. Eran los hijos de los antiguos dueños del negocio. Eran los hijos que habían tenido que recoger las cabezas de sus padres de la plaza. Yo siempre había pensado que tenían un aire cómico, todos vestidos de negro con esa lágrima tatuada en la cara. Llamadme insensible, pero a mí me hacían gracia.

El azar quiso que esa noche, Jani llevara puesto aquel vestido de cuero rojo que a mí me volvía loco. Ese vestido era el único motivo por el que yo visitaba el Club. Me sentaba en la barra y me pasaba horas mirándolo en el reflejo del espejo. Si Jani lo hubiera sabido, me habría sacado los ojos y me los habría hecho tragar. La sola idea de ver a Jani luchando con ese vestido contra los Hermanos me hizo perder la cordura. Me giré en el taburete. Sería un desperdicio ver ese espectáculo a través de un espejo, aún sabiendo lo que podría costarme.

Lo que ocurrió a continuación es difícil de explicar. Fue poesía pura, arte en movimiento. El Club se quedó en silencio tras el primer disparo. El cuerpo de Jani revoloteó entre los dieciséis como un diente de león flotando en el aire. Sangre, vísceras, miembros cercenados. No hubo gritos. No hubo súplicas. Ni siquiera hubo una sola palabra. Solo el sonido de la cacería.

Jani dejó en pie a un único Hermano. Se acercó y le besó en los labios. Todos los que estábamos en el Club contuvimos una exclamación de horror. El Último Beso. La promesa silenciosa de Jani de que nadie que hubiera tenido algún tipo de relación con aquellos hombres quedaría con vida. Sólo aquel al que ha besado viviría, para que pudiera contar el motivo.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

El Bosque de los Espejos

—El Bosque de los Espejos te matará —dijo Zander mirando al infinito.

—Si esta cerveza no ha acabado aún conmigo, no lo hará el Bosque —bromeó Alissa con una sonrisa torcida.

Zander apretó la mandíbula e inspiró como si fuera a decir algo más, pero no lo hizo. Llevaban en la taberna más de media hora y aún no había tocado su cerveza. Se agarraba a la jarra como si se aferrase a algo. Nunca le había visto tan preocupado

—El Bosque no me preocupa y tampoco debería preocuparte a ti —respondió Alissa, mucho más seca de lo que habría querido.

—Parece que estas deseando morir.

— ¿Morir? No, para nada.

—Entonces, ¿Por qué has elegido el Bosque de los Espejos? De todas las Pruebas, de todas las opciones, tenía que ser esa… ¿No te has preguntado por qué nadie lo elige desde hace décadas?

—No voy a hacer otra Prueba de Valía, Zan. No puedo ser vigía, ni cazadora, ni siquiera podría ser médico como mi madre. Necesito salir de aquí, necesito explorar. ¿No lo entiendes? Necesito comprobar que todo lo que nos cuentan es cierto, que somos los últimos supervivientes desde la Llegada y que, realmente, este es el último refugio que queda. No me resigno a pensar que la raza humana se haya reducido a los trece mil que estamos encerrados entre estos muros.

—El Bosque de los Espejos te matará —repitió Zander.

—No lo hará si tú me ayudas —respondió Alissa—. Tu madre fue la última que lo consiguió.

—No sé más que las historias que me contaba antes de dormir y no sé cuánto de cierto habrá en ellas.

—Cuéntame todo lo que recuerdes. Cualquier ayuda servirá.

Zander suspiró resignado.

—Nadie sabe cómo ha llegado a aparecer el Bosque allí, aunque es evidente que lo trajeron Ellos. No es de este mundo, eso está claro.

»El Bosque se divide en varios anillos. En su anillo exterior no hay nada extraño. Árboles y arbustos normales y corrientes, bayas silvestres e, incluso, algún conejo despistado. No es el mejor lugar para la caza, claro, pero no es peligroso.

»El segundo anillo está formado por arbustos bajos, con hojas cortantes como dientes de sierra. Con la protección adecuada se pueden superar sin mayor complicación.

»En el siguiente los enormes árboles lo ocupan todo. Son árboles que consumen la luz y el oxígeno, como si se tragasen todo lo que existe en el mundo. Miles de árboles asfixiantes, tan juntos unos de otros que apenas hay sitio para pasar.

»Después, los espejos: un pasillo entre torres de piedras relucientes. Los llamamos espejos pero no lo son. No reflejan tu imagen, reflejan tus miedos y tus obsesiones, reflejan lo peor de ti. Los espejos no dañan tu cuerpo, los espejos atacan directamente a tu mente y tu corazón. No puedes escapar de los espejos. No hay ningún secreto, no hay ninguna forma de evitarlo. Simplemente, debes ser fuerte y seguir hacia delante, sin dejarte atrapar por la locura.

»Por último, la Nada. Mi madre lo definía como una enorme explanada de vacío. No hay nada. Apareces en medio del blanco puro como por arte de magia. Dejas de percibir el suelo y el cielo. No hay distancias, no hay sonidos, no hay olores. No hay nada. Sólo estás tú y el Gran Espejo en el centro.

»El Gran Espejo te muestra todos los posibles futuros de tu vida y ninguno es agradable. Mi madre decía que El Gran Espejo siempre miente, pero yo sabía que ella no estaba tan segura. Nunca nos contó lo que vio allí, pero aquello fue lo que acabó con su vida. Poco a poco, igual que el agua desgasta la piedra, la fuerza y la voluntad de mi madre se doblegaron a aquellas imágenes de las que nunca quiso hablar.

»El Gran Espejo la consumió, como a todos los que se asomaron allí. Como te consumirá a ti.

— ¿Y luego? ¿Qué vio tu madre en el exterior? ¿Qué hay más allá de la Colonia?

—Luego nada. Ella nunca salió de aquí. Estaba demasiado asustada de todo.

—Yo no tengo miedo. Yo saldré de aquí y conoceré la verdad —respondió Alissa decidida.

—No puedo apoyarte en esto.

Zander la miró a los ojos, la besó en los labios y salió de la taberna. Alissa supo que era una despedida. Tenía que darle la razón, el Bosque acabaría con ella. Si no le tenía a él, ya no le quedaba nada por lo que luchar.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

El lápiz mágico

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El segundo plato llegó solo un instante después que el hombre al que estaba esperando. Dio las gracias al camarero, bebió un trago de vino y cortó un pedazo de aquel solomillo que olía tan bien. Entonces, y sólo entonces, miró directamente al hombre.

Recordaba muy bien la primera vez que se vieron. Era un hombre altivo, con aquella mirada tan típica de quien había conseguido todo lo que quería sin esfuerzo. Aquel hombre alto y bien parecido, con esa elegancia impecable que rezuma dinero y poder, se había sentado frente a él sin haber sido invitado.

—Señor Stilt —había dicho— tengo entendido que usted tiene algo que yo necesito.

La prepotencia con la que le había hablado le había puesto en guardia. No se lo estaba pidiendo, se lo estaba exigiendo. Como si todo lo que existiera en este mundo tuviera que estar a su servicio con sólo chasquear los dedos.

—Buenos días para usted también, señor… —le había respondido de manera áspera.

—Smith.

—Ese no es su verdadero nombre.

—Por supuesto que no lo es, ¿por quién me ha tomado?

Stilt conocía de sobra a aquel hombre: Tomás Gutiérres había nacido en una familia más que humilde, en una pequeña aldea a unos 80 kilómetros de Ciudad Juárez. Al cumplir los 18 había cruzado la frontera, buscando fortuna. No comenzó a ser alguien hasta que se cambió el nombre a Thomas Gilmore y se inventó un pasado. Ahora tenía una de las mayores fortunas de la ciudad. Nunca había vuelto a tener contacto con su familia.

Ese era el momento exacto que Stilt estaba esperando. Gutiérres bajaría la guardia, sintiéndose con ventaja en su “anonimato”. Reprimió la sonrisa. Estaba en sus manos.

—Muy bien señor Smith, ¿cuál de mis artilugios es el que ha llamado su atención?

—El lápiz.

—El lápiz —repitió Stilt— ¿Conoce su funcionamiento?

—Perfectamente, es muy simple: escribes con el lápiz un nombre y esa persona se quita de tu camino —respondió como si se lo estuviera explicando a un niño.

Stilt no se molestó en corregirle, ni en recordarle las consecuencias. Ese hombre creía que lo sabía todo y no sería él quien le sacase del error.

—Pues entonces sólo nos queda hablar del precio.

—No me importa el precio —respondió Gutiérres mirando el reloj— Tengo prisa. Acabemos con esto, pagaré lo que sea necesario por ese lápiz.

—Perfecto. Firme aquí y estará hecho —dijo extendiéndole un contrato en blanco.

Gutiérres lo firmó con un gesto aburrido muy ensayado, recogió el paquete y salió de su despacho dejando la puerta abierta.

Ahora, aquel hombre altivo y prepotente que le había tratado como a un súbdito, temblaba de pie frente a su mesa mientras saboreaba uno de los mejores solomillos de la ciudad. Gutiérres hizo el ademán de separar la silla para sentarse.

—No recuerdo haberte dicho que te sentaras a mi mesa —dijo Stilt. El hombre dio un paso atrás bajando la cabeza—. ¿Qué te trae por aquí, Tomás?

— ¿Cómo sabes…? —tartamudeó con los ojos muy abiertos.

—Lo sé todo de ti, es mi trabajo. Lo que pasa es que la gente como tú os creéis intocables. Dime rápido lo que quieres, estoy ocupado —dijo señalando a su plato.

—Es el lápiz… —parecía que no era capaz de encontrar las palabras.

—El lápiz funciona perfectamente —dijo mientras abría la libreta que tenía junto a su plato— Veamos. Has escrito un total de ocho nombres, por lo que ocho personas han muerto. Eso te asegura que nunca más se interpondrán en tu camino.

—Sí, eso sí, pero…

— ¡Ah el “pero”! —respondió con teatralidad— Me encantan los “peros”. Son los que le dan chispa a mi pequeño negocio. Dijiste que conocías perfectamente el funcionamiento del lápiz. Es más, dijiste que pagarías cualquier precio.

— ¡Pero es mi hijo! No puedes quitarme a mi hijo —protestó, con lágrimas en los ojos.

—Es el precio.

—Negociemos. Pídeme lo que quieras, cualquier cosa… —sonaba desesperado— Se rumorea que antes negociabas este tipo de cosas. Se dice que te gustaba apostar, que te jugabas tus contratos a una última carta.

—Es cierto. Hace tiempo daba una última oportunidad proponiendo un juego muy simple: si conocías mi nombre, el contrato quedaba sin validez —los ojos de Gutiérres brillaron con esperanza. Stilt hizo una pausa y respiró hondo—. Pero eso era antes, cuando me creía intocable, como tú. Mi nombre es Rumpelstiltskin. Debes cumplir el contrato.
(Escrito para el taller de Literautas)