Etiquetas

,

«…en esta noche aciaga»

No recordaba dónde había escuchado esa frase, pero desde hacía meses daba vueltas en su cabeza.

Resopló y tachó la frase. Se quedó mirando hacia el papel, con la mirada perdida, sin enfocar. Se sentía vacío.

—Vacío en esta noche aciaga —dijo en voz alta.

Media risa socarrona salió de lo más profundo de sus pulmones. Al menos, no había perdido la gracia, aunque sería mucho más gracioso si tuviese a alguien con quien compartirlo.

Se levantó de la silla estirándose. Podría haber contado todas y cada una de las vértebras por su crujido. Se sentía viejo y cansado.

Por un instante sopesó la posibilidad de ponerse la ropa de deporte y salir a correr. Tras las cortinas echadas parecía que hacía una buena mañana de sol.

—Demasiado sol para una noche aciaga —dijo de nuevo.

Tenía que quitarse esa frase de la cabeza, le estaba volviendo loco. Se decidió por el bourbon, era más efectivo. Cogió un vaso sucio del fregadero de la cocina, lo olió y lo dio por bueno. Llenó tres cuartas partes de bourbon barato y volvió al escritorio.

De pie vio las hojas desparramadas de su manuscrito desde otro ángulo. Había más tachones que letras. Se sintió un fraude. De un trago bebió más de la mitad del vaso. Estaba caliente. Un escalofrío le recorrió la nuca cuando el alcohol pasó por su garganta. No hizo nada por evitar la mueca de asco.

Recogió todos los papeles con cuidado en un montón perfecto. Los cuadró, los colocó y los volvió a cuadrar. Después, los metió en la papelera sin más. Pensó que el hecho de tirar tres meses de trabajo a la papelera debería haber tenido un poco más de teatralidad, pero en realidad le daba lo mismo.

Se dejó caer en el sofá. No sabía cómo había llegado a ese punto pero debía hacer algo para remediarlo. Desde la estantería de enfrente le miraban sus novelas como burlándose de él. Podía llegar a sentir la risa socarrona de Steven, su asesino fetiche, desde el interior de las páginas. Había sido bueno. Había sido grande. Había llegado a ser un referente en su estilo. Ahora no era nada. No era más que una mala frase recurrente. Steven no se dignaría ni a escupirle a la cara.

«Tengo que volver a los orígenes» pensó mirando el lomo de su primer libro.

Deseaba volver a aquella época cuando escribir era para él como respirar: sencillo, natural, sin ningún tipo de esfuerzo. Las palabras se agolpaban tan rápido en su mente que no era capaz de contenerlas. Simplemente se sentaba y dejaba que todo fluyera.

—Te lo prometí. Prometí no volver a aquello —dijo mirando hacia el portarretratos de la estantería.

Fue lo único que le pidió: un año limpio y volvería con él. «No es para tanto» había pensado en su día. Pero si lo era. Ya no era él, había perdido su esencia, sus ganas de vivir, el motivo por el que se levantaba cada día. Y lo que era peor, había perdido su inspiración.

«No tiene por qué enterarse» pensó un lado oscuro de su cerebro. Intentó desechar esa idea. «Claro que se enterará. Ya se había enterado una vez ¿por qué no iba a ser igual? En aquella época era más confiado. Solo es cuestión de tener cuidado. Mucho cuidado. Y eso sabes hacerlo”.

Se levantó con determinación. Había decidido que lo volvería a hacer. «Sólo por esta vez, sólo un libro más» se repetía mentalmente. Una pequeña parte de su conciencia le quería recordar que no habían pasado ni tres meses desde que ella se fue. Menos de tres meses y no había conseguido mantener su promesa. «Sólo una vez más. Seré cuidadoso».

No le había costado ningún trabajo decidirse. En realidad, sabía que no lo había decidido, si no que todo lo anterior había sido una farsa. La promesa, el tiempo que había pasado limpio, el penoso intento de escribir sin “ayuda”… todo.

Media hora más tarde ya estaba en la calle, despejado, bañado e, incluso, oliendo a perfume. Se sentía nervioso, como si fuera a una primera cita. Paseó por las calles del centro sin rumbo fijo durante un rato disfrutando del momento previo. Luego le vio: delgado, desgarbado y con pinta de soñador. Tenía que ser él. Le siguió a una distancia prudencial hasta que se metió en una casa. Entonces, sacó su libreta, miró su reloj y anotó la hora y la dirección.

Suspiró. Era un suspiro más de satisfacción que de alivio. Había comenzado. Dedicaría dos semanas de seguimiento para conocer sus horarios y costumbres. No podría dedicar más de una semana para la planificación y la ejecución de este asesinato, tenía una fecha límite para la entrega de su siguiente manuscrito. Sería suficiente. Pasó por delante de una carnicería. «Un gancho para carne, me gusta». Ya tenía arma del crimen, sólo tenía que pensar cómo deshacerse del cadáver sin dejar rastro. Esta vez debería ser más cuidadoso. Aunque hasta ahora la policía nunca le había considerado sospechoso, ella lo supo hacía tiempo. «Sólo tengo que tener más cuidado» pensó. Haría que su alter-ego Steven se sintiera orgulloso.

La planificación del asesinato ya se estaba formando en su cabeza, trasladarlo todo a la novela sería rápido y sencillo. Sólo le faltaba el título

«En esta noche aciaga» pensó sonriendo.

(Escrito para la revista de Valencia Escribe. Click aquí para leerla completa)

Anuncios