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El dolor de cabeza le martilleó la base del cráneo medio segundo antes de despertarse. En realidad, podría decirse que fue el dolor de cabeza el que le despertó. Abrió los ojos. Una luz demasiado blanca y demasiado intensa hizo que el dolor se agudizase. Un pitido le taladró los oídos. Se hizo un ovillo intentando protegerse, tapándose la cabeza con los brazos. Fue en ese momento cuando notó el dolor en las costillas que le cortó la respiración. Y se echó a llorar.

Hacía años que no lloraba. Una extraña parte de su cerebro intentó recordar cuándo había sido la última vez que había llorado. Otra parte, como si entablasen una conversación, le decía que era estúpido preocuparse de eso en el estado en el que se encontraba. Aun así, su mente iba por libre y le recordó, no la última vez que lloró, sino todos los momentos en los que debería haber llorado y no lo hizo.

Se obligó a abrir los ojos, más por eliminar todas aquellas imágenes de su cabeza que por el mero hecho de abrirlos. El dolor de cabeza se agudizó de nuevo, pero esta vez intentó acostumbrarse a la luz. Lo primero que vio fue su propio reflejo en el espejo. Apenas se reconocía. Le había crecido la barba, había perdido unos diez kilos y unas enormes manchas negras habían aparecido bajo sus ojos. Se tocó la cara negándose a aceptar que aquella imagen era él mismo. Llevaba puesto un pijama blanco, parecido a los de los hospitales, y estaba descalzo. La ropa le colgaba del cuerpo como si fuera demasiado grande para él. Se levantó la camisa. Se le marcaban las costillas. Quizás fueran más de diez los kilos que había perdido. Por lo demás no había nada extraño en su cuerpo, nada que le diera alguna pista del motivo por el que le dolían todos los huesos.

Tardó un buen rato en dejar de mirarse a sí mismo. Cuando por fin miró alrededor se dio cuenta de que estaba dentro de un ascensor. Era bastante grande, aunque no lo suficiente como para ser de un hospital por lo que su pijama dejaba de tener sentido. Ahí no entraría una camilla. Era un ascensor normal. Demasiado. Paredes blancas y lisas, botones plateados, un espejo, luz blanca e impersonal… Nada que le diera algún tipo de pista de donde estaba. En ese momento fue consciente de que tampoco recordaba cómo había llegado allí. Intentó hacer memoria pero, por alguna razón, el primer recuerdo que llegó a su mente supo que era de hacía demasiado tiempo.

Apretó el botón de la planta baja. No ocurrió nada. Apretó el resto de botones uno a uno. Tampoco ocurrió nada, hasta que apretó el de la planta 13. Entonces, el ascensor comenzó a moverse. Estaba bajando, lo cual le sorprendió porque la planta 13 era la última de la botonera. El ascensor se movió durante mucho rato, demasiado incluso para haber llegado a la planta baja, hasta que de repente frenó en seco haciéndole perder el equilibrio. Tuvo la sensación de que el cerebro se le vaciaba y una náusea le llegó a la base de la garganta.

Las puertas se abrieron. Dudó si debía salir. Se asomó a la puerta. Era una habitación blanca, vacía. Algo o alguien, no supo bien qué, deslizó un libro abierto hasta la puerta del ascensor. Desde donde estaba no pudo ver de dónde había venido. Observó el libro sin atreverse a moverse de donde estaba. Era un diccionario en el que se había marcado la palabra «traición» con un rotulador rojo. Las puertas se volvieron a cerrar, mucho más rápido de lo que esperaba, sin darle tiempo a reaccionar, dejándole de nuevo encerrado en el ascensor. «Traición» pensó, intentando encontrarle algún tipo de significado.

Notó que el ascensor se ponía de nuevo en marcha, esta vez, subiendo. La velocidad fue en aumento hasta que se detuvo. Durante media fracción de segundo sintió la ingravidez antes de caer al vacío. En ese instante, todos los recuerdos volvieron de golpe. Supo quién era, supo qué hacía allí y supo qué había hecho para estar allí. Comprendió la acusación de traición y supo a ciencia cierta que era culpable. Recordó todo lo ocurrido con una claridad asombrosa y revivió el infierno de su último año. Pero sobre todo supo, con total seguridad, que iba a morir por lo que había hecho.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

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