Etiquetas

,

Cuando se abrieron las puertas, la muchacha ya estaba dentro de ascensor. Nozomi la miró de arriba abajo con la desvergüenza que otorga la edad y el cargo. Era alta y desgarbada, con una larga melena rubia, casi blanca y la piel llena de pecas.

—Buenos días —saludó Nozomi.

La muchacha se escondía detrás de un diccionario de japonés-sueco, pero no le habría hecho falta esa pista para saber que no llevaba mucho tiempo en Tokio. Devolvió el saludo con un japonés bastante malo.

—¿A qué piso vas?

Ella no respondió. Nozomi señaló a la botonera del ascensor y la muchacha señaló el último piso. La miró extrañada. En esa planta únicamente estaba su despacho y el de su secretaria.

—Te debes de haber equivocado, muchacha, allí no hay nada para ti —dijo con absoluto desprecio. —¿Qué vas a hacer allí?

—English? —preguntó la muchacha con un atisbo de esperanza para hacerse entender.

—No —mintió Nozomi deliberadamente. No tenía nada que hablar con ella.

La muchacha abrió su diccionario por una de las marcas que tenía en el lomo.

—Nozomi Sato, yo vengo aprender —dijo con un hilo de voz y poniéndose totalmente colorada.

—¿A aprender? ¿A aprender qué?

—Todo —pasó las hojas con nerviosismo buscando algo—. Yo quiero aprender a ser como Nozomi Sato —dijo pronunciando cada palabra despacio, intentando hacerlo lo mejor posible.

Contuvo el primer impulso de reírse a carcajadas recordándose a sí misma, con más o menos la edad de la muchacha y espiando a su padre. Ella quería ser como el gran Hiroto Sato.

—Para ser como yo, debes haber vivido la vida que he vivido, tener los triunfos que he tenido y cometer todos y cada uno de los errores que he cometido —dijo parafraseando a su padre.

La muchacha le miraba con los ojos muy abiertos, expectante. Algo impulsó a Nozomi a hablar. Quizá el simple hecho de que sabía que no la entendería.

—A mí el éxito no me vino dado, como muchos puedan pensar. Ser hija de Hiroto Sato me cerró muchas más puertas de las que me abrió. No estoy orgullosa de cómo llegué a estar donde estoy, pero lo que sí puedo decir es que no me arrepiento de nada de lo que he hecho. He conseguido todo lo que pretendía.

—Supongo que te refieres al tráfico de armas, a los Yakuza y a todos esos negocios del cajón bajo la mesa —dijo la muchacha.

No supo que le sorprendió más, si que pudiera saber los trapos sucios de su compañía o haberla escuchado hablar en perfecto japonés.

—El fin justifica los medios —respondió con un convencimiento fingido.

—El fin… es curioso que hables de fin. Quizás, hasta que no llegues al fin no puedas afirmar si ha merecido la pena. Dices que no te arrepientes de nada. No te creo.

Nozomi negó con la cabeza.

—Te conozco mejor de lo que puedas imaginar. No puedes engañarme. Háblame de Neil y de tu traición.

Notó cómo el corazón se le encogía al escuchar su nombre. Hacía mucho tiempo de aquello. Casi una vida entera.

—Neil era del ejército de los Estados Unidos. Nunca supe su rango oficial, ni siquiera supe si era su verdadero nombre. Él sólo era el hombre que enviaron a negociar conmigo. Nada más.

La muchacha le devolvió una sonrisa maliciosa. Le pareció que su mirada se volvía más astuta.

—Está bien —había algo en ella que hacía que su voluntad se doblegara—. Neil fue algo más. Neil fue Neil. Ningún otro fue antes y ningún otro ha conseguido ser después.

—Y le mataste —afirmó.

—Fue el único a quien maté con mis propias manos.

La muchacha volvió a sonreír. Nozomi le devolvió una mirada dura mientras notaba una lágrima resbalar por su mejilla.

—Ahora háblame de vuestro hijo.

—No tengo ningún hijo —respondió con un hilo de voz.

—Es cierto. No lo tienes. También te encargaste de eso.

Nozomi se sintió derrumbar. El nudo de su garganta se había hecho más grande y apenas le dejaba respirar.

—Yo… era joven… tenía demasiadas cosas entre manos… no podía… —balbuceó.

—No pretendas justificarte, no es eso a lo que he venido.

—¿A qué has venido? ¿Quién eres?

—He venido a mostrarte si es verdad eso de que el fin justifica los medios.

Nozomi la miró sin entender.

—No estamos subiendo —dijo señalando al marcador del ascensor—, estamos bajando. Vamos al centro mismo de tus horrores, donde por fin pagarás el precio.

 

(Escrito para el taller de Literautas, pero descartado)

Anuncios