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Cuando Syara era pequeña, la Luna era muy diferente. Aún recordaba aquel enorme cartel que veía cada día al ir al colegio: una mujer de una belleza perfecta, con su vestido de noche y un pequeño sombrero de copa dorado ladeado hacia la izquierda. Debajo, en letras grandes y brillantes, se leía: «Viaja a la Luna. Imprescindible etiqueta». Siempre le había fascinado esa idea de la luna. Se imaginaba grandes fiestas de gala, bailes de salón y aquellos príncipes de los viejos cuentos besándote en la mano. Pocos años después descubrieron el sírex y la Luna dejó de ser un lugar exclusivo para convertirse en la gran explotación minera que era ahora.

Las minas de sírex eran tan peligrosas que, al principio, en ellas únicamente trabajaban convictos a cambio de reducción de condena. Cuando comprendieron que la esperanza de vida en las minas se limitaba a unos tres años, se negaron a volver. Fue entonces cuando se convirtió en una forma rápida de hacer dinero. Rápida, pero no fácil. «Trabaja 1500 días y vive con los gastos pagados» era el eslogan con el que te captaban. Te prometían una vida a todo tren y con todos los vicios que pudieras imaginar por algo más de cuatro años de trabajo. En realidad el eslogan debería ser «sobrevive un año más que la media y nos compensa pagarte». Las cuentas eran sencillas: el 96% de los mineros  no sobrevivía. Aun así, miles de ilusos lo intentaban a diario.

Syara se levantó antes de que sonara el despertador, como cada día, e hizo la marca en la pared.

—Día 1100 —dijo en alto con menos optimismo del que se merecía ese momento.

Había pasado el límite psicológico de los mil días, debería estar contenta. Aun así, hacía mucho que no se sentía contenta por nada. Ese sitio le estaba robando algo más que la salud. Se puso el uniforme de seguridad y salió hacia el trabajo como un autómata, sin pensar en nada.

Llegó a la mina demasiado pronto. Le gustaba llegar un rato antes del cambio de turno. La explanada que daba acceso a las minas era, en realidad, uno de los parajes más bonitos que quedaban en la Luna. Aún conservaba aquella belleza fría, oscura y salvaje de la antigüedad. En esos momentos, cuando aún estaba vacía, le transmitía mucha paz.

La nave descendió en ese instante justo en el medio de la explanada, como si fuera el sitio más normal del mundo para aterrizar. Syara la reconoció. Sólo había una nave así en todo el universo: la Sugar Witch. Al ver bajar al hombre con el arma cargada a la espalda, no tuvo que preguntarse qué hacía allí. Era día 1, día de pago, el único día en el que Swang Velor se acercaba por sus queridas minas.

Syara bajó corriendo hacia el montacargas de acceso, llegando a la vez que el hombre. Se miraron. El hombre se movió con rapidez para coger su arma, pero Syara fue más rápida. Le sujetó la muñeca con una mano mientras con la otra pasaba su tarjeta de acceso por el lector. La puerta se abrió con un clic eléctrico.

—Sé a lo que vienes—respondió Syara a la pregunta que bailaba en la mirada del hombre—. Te ayudaré.

— ¿Por qué?

—No encontrarás a un solo minero que no quiera ver muerto a Swang Velor.

Tiró de él para entrar en el montacargas y apretó el botón de subida.

—Está en su despacho del ático. Él nunca baja a las minas por miedo a la infección.

El hombre hizo una mueca cuando escuchó la palabra «infección».

—Gira tres veces a la izquierda y una a la derecha, allí está su despacho. Mata a todos los que te encuentres que no lleven el mismo uniforme que yo—dijo al abrirse las puertas —. Te esperaré aquí para que puedas volver a salir.

El hombre asintió con la cabeza y salió corriendo. Syara escuchó los disparos. Primero cercanos, después más lejos. Se hizo un silencio de unos instantes y el último disparo sonó a música para sus oídos. Por primera vez en tres años, volvió a sentir esperanza.

—Vamos —dijo el hombre cuando volvió a entrar en el montacargas.

Las alarmas comenzaron a sonar de manera estridente. El montacargas se paró en seco.

—No han descubierto —dijo Syara señalando hacia la cámara de vigilancia del montacargas con la cabeza—. Estamos muertos.

—Todavía no —respondió el hombre metiendo un nuevo cargador en su arma.

 

 

(Escrito para el taller de Literautas)

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