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El anciano encontró la llave en el bolsillo oculto de su túnica. A pesar del tiempo que llevaba allí, la llave seguía teniendo aspecto de nueva. La giró entre sus dedos y volvió a irradiar aquel brillo azulado que le hizo sentir tan insignificante, como la primera vez que la vio.

A su mente volvió el día en el que le nombraron Guardián. Él no había nacido para ser Guardián. Toda su familia, y hasta donde los recuerdos alcanzaban en su línea sucesoria, habían sido Catalizadores. Pero él no tenía ese Don. Ni siquiera había sido capaz de estimular el crecimiento de la brizna de hierba más simple. Al contrario, cada ser vivo que tocaba, moría al instante.

Era aún muy niño cuando descubrieron su Don y le separaron de sus padres para que se educara con los Guardianes. A pesar de eso, no tenía un mal recuerdo de aquella época. No fue un cambio traumático, para nada, en realidad lo recordaba como una liberación de su propio espíritu. Con los Guardianes se sentía libre y completo.

Cuando tuvo la edad necesaria, pasó  el examen sin mayor complicación y le asignaron su propia túnica. Ahora, treinta y nueve vidas después, recordaba aquel día con total nitidez. El Guardián que le había estado instruyendo se la dio sin más, sin ningún tipo de ceremonia o frase para la posteridad, simplemente alargó la mano y se la dio, como quien da una manzana a la hora de comer. Él tampoco se sintió especial por recibirla, era lo que tenía que pasar. Se la puso y revolvió en los bolsillos. Treinta y nueve llaves.

—Falta una —dijo en alto. No era una pregunta, sólo una observación.

—Aquí está la última. Esta es la tuya. Es la última vida que cerrarás —le había respondido el Guardián sin ningún tipo de emoción en la voz.

Por aquel entonces, nunca había entendido la apatía que irradiaban los Guardianes más veteranos. Parecían no tener ningún tipo de emoción dentro. Era como si sus espíritus se hubieran apagado. Se suponía que debían poner pasión, corazón y alma en cada uno de sus movimientos. Para eso eran Guardianes. Para eso se les había confiado la vida y la muerte de todo ser.

Ahora lo entendía. Después de haber cerrado treinta y nueve llaves, después de haber visto cómo la vida de treinta y nueve seres apagaba con un giro de su muñeca, ya no le quedaba nada. Era imposible no implicarse en esas vidas. Al fin y al cabo, era su Guardián. Vigilaba y velaba porque todo ocurriese como debía ocurrir. Que cada hilo de cada historia estuviese tejido de la forma en la que se debía tejer y que todo siguiera su curso.

Cada vida consumía tanta energía y pasión, tanto amor y tanto odio en su justa medida que, al final, sentía que él también la estaba viviendo. Por eso, en cada llave que cerraba moría también una parte de él, un poco de su alma. Después de tanto tiempo, después de haber cerrado todas las vidas que tenía asignadas, se sentía completamente vacío.

El anciano introdujo su propia llave en el ojo de la cerradura. Su cometido había llegado a su fin. Un simple giro y todo habría acabado. Su vida se apagaría sin más. Inspiró, cerró los ojos y se armó de valor.

—Nadie más girará esta llave –se dijo a sí mismo.

La idea le cruzó la mente como un relámpago. Aflojó la mano temblorosa que se aferraba a la llave.

—Si no soy yo quien cierra mi vida, nadie lo hará.

Lo empezó a ver todo con total nitidez. Sacó la llave despacio y, de nuevo, se quedó mirándola. Ese brillo azulado ya no le intimidaba.

—Sólo yo soy el dueño de mi vida—dijo en un susurro, esperando que nadie más le hubiese escuchado. Sería su secreto.

Colgó la túnica, guardó su llave y, por primera vez, se sintió vivo.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

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