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El acólito abrió el libro antes de que pudiera impedírselo. Supo que ya no había nada que hacer en el mismo instante en el que le oyó decir la primera palabra del salmo. El Segundo miró a la Sacerdotisa con el rostro desencajado, buscando una respuesta con la mirada.

—Creo que yo le animé a hacerlo —confesó, y guardó la gema en el bolsillo interior de su túnica—. Tenía tanto potencial que…

Las palabras se perdieron en un silencio que lo dijo todo. Una lágrima de emoción, simple y cálida, resbaló por su mejilla.

—Tenemos que hacer algo —dijo su Segundo.

La Sacerdotisa escuchó sus palabras como un canto lejano, una mezcla perfecta con el salmo recitado por el acólito, como si fuese la estrofa que le faltaba para que todo encajase en su cabeza. Junto al púlpito aparecieron los vértices difuminados del portal. Tenían que hacer algo, pero no se atrevía a mover un solo músculo. En realidad, era el momento que llevaba esperando toda la vida y no quería interrumpir algo tan bello como lo que estaba a punto de suceder. «Tan bello y tan mortal» pensó.

Golpeó la gema con la punta de sus dedos a través de la tela e ignoró las súplicas de su Segundo. Recordó sus inicios, cuando todavía era una acólita, antes de que el deber del cargo le hubiera cortado las alas. Recordó haber cogido ese mismo libro con los dedos temblorosos de emoción. Ella misma habría invocado el portal si el anterior Sacerdote no lo hubiera impedido. Recordó la sensación de impotencia y haber maldecido una y mil veces su cobardía.

—¿Para qué estamos aquí, entonces? —le había recriminado—. ¿Para qué todo esto?

—Si algún día llegas a estar en mi posición, lo entenderás.

Pero no. No lo entendía. Eran sólo miedos de un viejo que había dado su vida a una causa perdida. Ella no era así. Para eso estaban allí. Y pensar que esa misma mañana se estaba planteando dejarlo todo… Sonrió satisfecha. Ahora todo aquello cobraba sentido.

Su Segundo le sacudió agarrándola de los hombros. No pudo evitar pensar que era la primera vez que la tocaba.

—Vete. Aquí ya no hay nada más que podamos hacer —le dijo con voz maternal.

Le vio salir corriendo sin pensárselo ni un instante. Parecía que únicamente estaba esperando a que le diera permiso para poner tierra de por medio.

La voz del acólito seguía sonando de fondo. Le miró fijamente y, a pesar de que llevaba allí casi tres años, tuvo la sensación de que era la primera vez que le veía. Era un muchacho excesivamente delgado y desgarbado, con la cara llena de marcas y un pelo anaranjado que siempre llevaba sucio. El movimiento de sus labios la hipnotizó.

Más que verlo, sintió el cambio en la luz que le rodeaba. Todo se había vuelto más oscuro. Todo menos el portal, que parecía absorber toda la luz. Corrió a coger el pedestal de la gema para colocarla frente al portal mientras una figura comenzaba a materializarse en el centro. Estaba a punto de suceder. Una mano difuminada, más etérea que real, cogió la gema. Todo se volvió luz, blanca y fría, y por un instante, sintió que el mundo se contenía la respiración en un silencio ensordecedor. Un escalofrío le recorrió la médula espinal. Por primera vez sintió miedo, un miedo inconsciente y primitivo y supo, con total certeza, que nada iba a ser como esperaba.

 

 

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