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Era la quinta vez que moría por su culpa. Cogió aire con violencia, intentando ignorar el dolor punzante del costado derecho. Estaba realmente furioso, pero no sabía si con ella o con él mismo por haberle permitido llegar a ese punto de nuevo. 

Escuchó el sonido característico de las turbinas de su moto a lo lejos. No estaba de humor para volver a verla. Cada vez le costaba más recuperarse tras la muerte y cada vez le quedaban más secuelas. Ser inmortal nunca fue el chollo que imaginaba. Si el Haitiano le hubiera contado la parte mala, nunca habría dejado que le implantase esa modificación.

Se levantó con dificultad y se acercó a la ventana, todavía no se la veía acercarse por el camino. Un pequeño tic nervioso le hizo palpitar el labio superior. No podía permitir que ella le alterase de nuevo, tenía que empezar a pensar con claridad. Fue al botiquín del cuarto de baño y se inyectó un modificador de apatía. No era tan efectivo como un implante neuronal, pero sí que era más seguro. Por lo menos, más seguro que los neuro que él podía permitirse pagar.

Escuchó sus pasos en el suelo de madera de la entrada y el portazo de la puerta al cerrarse.

—¡Cariño, ya estoy en casa! —dijo con retintín. A ella le gustaban ese tipo de bromas. 

Salió del baño intentando disimular el mareo que provocaban los modificadores, no quería que ella supiera que lo había utilizado, sería la única manera llevarle ventaja. Vio el reflejo de su melena roja entrando en la cocina. Cuando él entró se había abierto una cerveza y estaba sentada en la mesa.

—¿Cuándo dejarás de comprar esta basura y traerás bebida de verdad? —preguntó, retóricamente, mirando la lata con el ceño fruncido—. Tenemos un nuevo encargo.

—¿Qué tipo de encargo? 

Su voz le sonó ronca y pastosa a sí mismo. Evitó el impulso de carraspear.

—Nada, algo simple y bien pagado, entrar y salir, de esos trabajos que me gustan a mí.

—Todavía tengo el sabor a queroseno metido en la garganta del último trabajito de esos —dijo de forma mucho más hiriente de lo que debería. El modificador aún no había funcionado.

Ella exageró un gesto de tristeza y se bajó de la mesa de un salto.

—No irás a decirme que no podemos divertirnos… —le susurró con voz melosa mientras le agarraba de las trabillas de su pantalón.

—Mierda, nena, no me hagas esto.

—Vamos, dime que si —dijo a un milímetro de sus labios, apretando el cuerpo contra el suyo.

Definitivamente, el modificador no había funcionado.

—De acuerdo…

Le mordió con fuerza y se apartó de un empujón.

—Te he dicho muchas veces que no me gusta que me llames nena. Nos vemos pasado el toque.

Y se fue haciendo sonar sus botas contra la madera, dejándole con un hilo de sangre en el labio inferior y maldiciendo a la Tata Rosa por la mierda de modis que vendía.

 

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