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Susana esperaba. Tenía que reconocer que, llegados a ese punto, le parecía hasta de mala educación su retraso de casi tres horas, pero esperaba. No podía hacer otra cosa. Una leve brisa se levantó y ondeó la bandera de la fachada.

Recordó una historia que había leído de pequeña, en uno de aquellos libros de lectura obligatoria, sobre una persona que esperaba a su amigo en pleno invierno. Aquella persona contaba el frío que sentía, contaba que se le quedaban entumecidos los dedos de las manos y que le dolían los pies y las orejas. Al final llegaba su amigo, tarde, muy tarde y perfectamente abrigado. «Y le empujé bajo el tren que pasaba» terminaba diciendo.

Sonrió al recordarlo y ajustó el rifle guiándose por el movimiento de la bandera. Siempre le había gustado aquella historia. Por primera vez se planteó si sería adecuada para la edad a la que la había leído y la influencia que había tenido en su vida. Intentó no darle muchas vueltas, en realidad no se veía a sí misma haciendo otra cosa.

Casi había transcurrido otra hora más cuando le vio girar la esquina con su rubia agarrada de su brazo. Levantó la vista. Hacía rato que había empezado a oscurecer, pero las farolas aún no estaban encendidas y las sombras alargadas de los edificios cubrían todo de una luz grisácea. En realidad tenía que reconocerle el don de la oportunidad. No había llegado a la hora prevista, pero había llegado en el mejor momento. Por primera vez se permitió pensar si le llegaría a echar de menos.

Cuando le marcaron el objetivo no pudo evitar sentir una punzada en la base del estómago. A pesar de todo, él había sido muy importante en su vida… hasta que llegó la primera rubia. Una mezcla entre añoranza y rencor se apoderó de ella y supo que sería uno de los encargos más difíciles de su carrera. Aun así, aceptó. Debía cerrar el círculo pero, sobre todo, debía demostrarse que era una profesional y que no permitiría que los sentimientos se interpusieran en un trabajo bien hecho.

Los días posteriores estuvo planteándose la situación. No sabría si sería capaz. Temía dudar en el último momento, que le temblara el pulso o que su subconsciente le hiciera fallar un objetivo por primera vez en su carrera. Daba igual la distancia, daba igual las condiciones, daba igual todo. Sus recuerdos serían los únicos que podrían sabotearla. Aquellos recuerdos de los buenos tiempos cuando todo era más sencillo, cuando se podía pasear descalzo sobre la arena. Los zapatos, el bourbon con hielo, los deseos de buenos sueños, la música a media tarde, eso era lo que podría acabar con su reputación.

Comprobó por última vez que no había cambiado ni la intensidad ni la dirección del viento, contuvo el aire y apretó el gatillo. A través de la mirilla pudo verle caer al suelo al instante y a la rubia, con su vestido azul manchado de sangre, mirándole sin comprender lo que había ocurrido. Por un instante sopesó la posibilidad de malgastar una bala con ella. Decidió que no merecía la pena y soltó el aire retenido muy despacio.

Recogió el arma, limpió el lugar a conciencia y revisó que no quedase ningún tipo de rastro de que ella había estado allí. No creía probable que acabasen descubriendo desde que punto se había realizado el disparo, pero toda precaución era poca. Se soltó el pelo mientras bajaba a la calle y sacó su teléfono del bolsillo trasero. Borró su  nombre de la agenda. Nunca más sentiría la necesidad de llamarle cuando estuviera borracha en el último bar que quedase abierto.

Al salir a la calle, la brisa revolvió su pelo y una gota de lluvia cayó sobre su frente. Respiró hondo sintiendo un enorme alivio, como si hubiera dejado atrás una pesada carga.

«Y le empujé bajo el tren que pasaba» pensó, sonriendo de nuevo.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

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