Lo que Bruce nunca pudo haber sospechado es que, esa misma mañana, le robarían.

Como todas las mañanas, guardó la caja de bambú tallada por su abuelo en el doble fondo de las tablillas del suelo de su habitación, cerró la puerta y salió a hacer negocios. Diez horas más tarde, los drones le habían escoltado hasta su pequeño piso de la Quince con Sunset. Allí, esos nuevos ciborg policiales, que aunque eran de aspecto mucho más humano aún le ponían el vello de punta, le informaban con su voz sin alma que un varón, de raza blanca y con síndrome de abstinencia había entrado en su vivienda «no sustrayendo, aparentemente, nada».

Pero los ojos de Bruce ya habían visto, desde el salón, la tablilla colocada al revés. Si hubiera tenido corazón, le habría dado un vuelco. Estuvo a punto de denunciar el robo, pero su cerebro analítico le recordó que serían muchos más los problemas, por ser algo ilegal, que las ventajas. Incluso, aunque llegasen a recuperarlo.

—¿Por qué no le han atrapado?

—Hace horas que se produjeron los hechos, señor. El sujeto podría estar en otro planeta, literalmente. Pero se ha activado la orden de búsqueda de nivel seis.

«Nivel seis…» pensó. Si supieran lo que había robado, el nivel de búsqueda del propio Bruce no sería menos de cuatro.

—¿Cómo pueden saber quién es? —preguntó con fingida ignorancia para evitar seguir pensando en lo que le habían robado. Esos nuevos agentes eran mucho más perceptivos y parecían conocer todo lo que te cruzaba por la mente.

—Por el ADN, por su puesto. Fue descuidado —. Bruce sabía que no le daría más información.

—Si no necesitan nada más… —insinuó, esperando que los agentes se fueran.

—No parece muy afectado, señor Neyman.

Los ojos del ciborg cambiaron a color negro, le estaban escaneando en busca de anomalías. Si Bruce estuviera en su estado normal no lo habría notado, pero esa era una de las ventajas de disponer del cerebro en estado puro, sin alteraciones emocionales.

—Sólo necesito cerrar la puerta blindada, abrirme una cerveza y olvidarme de todo esto —dijo apretándose los ojos con los dedos, intentando parecer agotado. —¿Necesito protección?

Un ligero zumbido, casi imperceptible, y los ojos del agente volvieron a ser marrones.

—No, señor, no creemos que vuelvan por aquí.

Bruce tampoco lo creía, ya tenían lo que estaban buscando. Los agentes salieron de su piso con saludando con la cabeza, en un gesto tan forzado que se notaba sin lugar a dudas que no era humano.

Si hubiera tenido sentimientos, en esos momentos estaría al borde del colapso. Sin embargo, como les había dicho, cerró la puerta blindada, se abrió una cerveza y se dejó caer en el sofá. Tuvo que esforzarse por parecer preocupado, por si habían dejado algún dispositivo de vigilancia. Debía actuar deprisa. Debía recuperarlo lo antes posible.

En la primera en quien pensó para el trabajo fue en Gold. Ella, tan dulce, tan bella, tan letal, sería perfecta para muchos trabajos pero, ahora que podía pensar sin que los sentimientos le nublaran el juicio, supo que no era la mejor elección. «John, por supuesto» pensó; «John, sin lugar a dudas» se confirmó a sí mismo.

Accionó el inhibidor que tenía escondido bajo el sofá y realizó la llamada sin video, cualquier precaución era poca en esos momentos.

—Dime —respondió John al otro lado de la línea en tono seco.

—Necesito tus servicios.

—Supongo que no me llames para encargar la cena —dijo irascible—. Dime que quieres, rápido, estoy en medio de algo.

—Me han robado.

—¿Quién?

—Si lo supiera no te necesitaría —. Bruce intentó parecer igual de irascible, pero sus palabras sonaron planas, sin ningún tipo de emoción.

—Dime lo que te han robado y te digo el precio.

—El corazón, en la cajita de bambú de mi abuelo.

Al decirlo en voz alta fue consciente del vacío en su pecho por primera vez. No fue algo doloroso, ni siquiera pudo decir que echaba de menos su latido, fue algo físico. Simplemente, notó el hueco. Escuchó a John contener la respiración al otro lado de la línea.

—Estaré en tu casa en media hora— dijo, y la línea se cortó con un clic.

Le dio otro trago a la cerveza. «Debería estar preocupado» pensó, pero se había quedado sin sentimientos. Era mejor así. Necesitaba tener la mente clara para lo que iba a pasar a partir de ese momento. No se roba un corazón sin consecuencias.

 

(La inspiración llega desde cualquier lugar, sólo hay que estar atento. Inspirado por el estribillo de la canción de Extremoduro “A fuego”)

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