La sombra se alargó al lado de la chimenea y la mujer emergió de ella. Estiró la espalda, notando cómo crujían las vértebras de su columna y resopló. Se sentía vieja y cansada. Se dejó caer en el sofá y, con un movimiento de los dedos, hizo que las llamas comenzasen a arder para calentarle los huesos.

La casa era vieja y estaba mal cuidada, las paredes cubiertas de moho y la humedad del ambiente le venía demasiado mal para los pulmones, aún afectados por el último catarro. Al fondo se escuchaba gotear un grifo, que nunca había cerrado bien, y ni siquiera ellas se atrevían a utilizar la instalación eléctrica. El único motivo por el que seguían en aquella casa, era la chimenea. No era sencillo encontrar una casa con chimenea desde hacía un par de siglos.

Llegó una nueva sombra, que se materializó a su lado. La mujer se sentó a su lado en el sofá, gimiendo al hacerlo.

—¿Qué tal tu espalda, Antía? —preguntó la primera mujer.

—He vivido años mejores, pero esto no acabará conmigo.

Ambas se quedaron mirando al fuego, en silencio, esperando a al resto. Llegaron otras tres mujeres más, que se fueron sentando alrededor del fuego sin decir nada. Después de tantos siglos juntas, ya no tenían nada que decirse.

—¿Estamos todas? —preguntó la última en llegar mientras estiraba, como podía, los dedos hacia el fuego.

—Falta Mara —respondió la primera mujer, poniendo un gesto de hastío.

Dos de ellas resoplaron, otra puso los ojos en blanco murmurando algo para sí.

Las luces llegaron a través de las rendijas de la persiana rota del salón y la mujer se materializó en la constelación de puntitos blancos que se había formado en la pared del fondo. Era la única de ellas que se camuflaba con la luz y no con las sombras.

—¿Qué tal, hermanas? —saludó con entusiasmo.

—Vieja.

—Dolorida.

—Con artrosis.

—De verdad os digo, que animáis la tarde a cualquiera —replicó Mara, sentándose en una silla que parecía que iba a romperse de un momento a otro—. ¿Habéis conseguido algo?

—Un catarro que se me ha agarrado al pecho, nada más. No es fácil conseguir plumas de Ítava en esta época —respondió Antía.

—¿Recordáis cuando las Ítavas y los Seraes surcaban los cielos? Eso sí que eran buenos tiempos…

—Deja las batallitas para otro momento, Elisa.

—Cada siglo estás más cascarrabias, Iria. No te sienta nada bien la edad —replicó Elisa.

Ambas se miraron, durante un instante, con el ceño fruncido como dos fieras a punto de saltar. De repente, sus gestos cambiaron y se echaron a reír. Las demás, las ignoraron. Llevaban demasiados siglos con ese juego y ya les aburría.

—Yo traigo la bolsa llena de hierbas. Algunas mejores que otras y no todas las necesarias, es cierto, pero sí están las imprescindibles. También he traído especies nuevas, evoluciones de otras plantas y algunos híbridos fabricados por la mano del hombre, que no tienen mala pinta del todo. Por mi parte, creo que he conseguido todo lo necesario para el conjuro —comentó Elisa orgullosa.

—Yo también he cumplido con mi parte, y eso que era la más complicada: traigo la sangre —dijo Mara.

—¿Qué es eso para ti? Aún eres joven y fuerte —replicó Elisa con ironía.

—Y bella —añadió Gala.

Todas se echaron a reír. Si algo no tenía Mara era belleza. Ella se puso roja de ira.

—No sé por qué os sigo soportando. Además, tampoco soy tan joven… ¿cuántos años me sacas, Gala? ¿Cien? ¿Doscientos? ¡Lo dices como si nos separasen mil quinientos años!

—Ciento treinta y siete.

—Vamos, chicas, dejadlo ya —intervino Iría—. No estamos aquí para pelear. Además, nuestra fuerza es permanecer unidas.

Todas ellas asintieron al unísono. Lo único que las mantenía vivas a lo largo del tiempo había sido permanecer unidas.

—Yo también he traído los libros de salmos. No fue sencillo encontrarlos todos. Vivimos en una época en la que los libros, como nosotras los conocíamos, son casi tan raros como las Ítavas —dijo Iría, intentando reconducir la conversación.

—A mí me llevó más de treinta años limpiar la arena sagrada de impurezas —afirmó Gala—. Parecía lo más sencillo, porque la arena siempre ha estado ahí, pero teníais que haber visto en qué estado se encontraba… Vivimos tiempos extraños.

—¿Y tú, Lúa? —preguntó Mara—, ¿traes el cristal de luna?

Lúa asintió y abrió la bolsa que había colocado sobre su regazo, dejando que el destello plateado iluminase la habitación.

—Pues, entonces, sólo nos faltan las plumas de Ítava. No sé si funcionará.

—Funcionará —aseguró Antía—. No es la primera vez que lo hacemos sin uno de los ingredientes.

—Pero es la primera vez que lo hacemos sin las plumas.

—Tendremos que intentarlo. Este cuerpo no aguantaría ni otra década, no digamos ya otro siglo —dijo Gala con tristeza.

No fue necesario decir nada más. Todas ellas, incluso Mara, sabían que sus cuerpos no resistirían mucho más sin el conjuro. Debían arriesgarse e intentarlo.

Tras varios gemidos y crujir de huesos, consiguieron ponerse todas en pie formando un semicírculo alrededor de la chimenea. Gala esparció la arena en el interior del semicírculo, entre ellas y el fuego. Iría repartió los libros, abiertos cuidadosamente por la página correspondiente, y comenzaron los cánticos. Cada una de ellas tenía un salmo distinto pero todos, al unísono, sonaban como un único verso. Elisa arrojó a las llamas las hierbas, en el orden correcto y crepitaron siguiendo el ritmo de su cántico. Mara repartió la botella con la sangre, de la que todas bebieron. Antes de terminar la última frase del conjuro, Lúa sacó el cristal de luna de la bolsa, dejando que su luz las iluminase por completo. Sintieron el frío en los huesos. Era un frío diferente, que reconfortaba más que el fuego. Era el frío de la Luna. Cuando la luz se apagó, se miraron unas a las otras y luego a sí mismas.

—Bueno, algo es algo —dijo Mara con una sonrisa torcida.

—Quizás, esta vez, no podamos esperar un siglo para volver a vernos. Nos vemos en cincuenta años —añadió Elisa, de forma más seria.

—Creo que ya nunca volveremos a ser jóvenes y bellas.

Asintieron, asumiendo su nueva naturaleza como algo normal. Ninguna culpó a Antía. Todas sabían que, si aún existieran plumas de Ítava, las habría conseguido. Las mujeres se abrazaron y se besaron en los labios como despedida. No había nada más que decir. Las sombras se disiparon, la luz se alejó y el fuego se apagó.

***

Escrito como regalo para @ConstructorCrit , y que me ha permitido publicarlo. 🙂

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