El Ascensor

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El dolor de cabeza le martilleó la base del cráneo medio segundo antes de despertarse. En realidad, podría decirse que fue el dolor de cabeza el que le despertó. Abrió los ojos. Una luz demasiado blanca y demasiado intensa hizo que el dolor se agudizase. Un pitido le taladró los oídos. Se hizo un ovillo intentando protegerse, tapándose la cabeza con los brazos. Fue en ese momento cuando notó el dolor en las costillas que le cortó la respiración. Y se echó a llorar.

Hacía años que no lloraba. Una extraña parte de su cerebro intentó recordar cuándo había sido la última vez que había llorado. Otra parte, como si entablasen una conversación, le decía que era estúpido preocuparse de eso en el estado en el que se encontraba. Aun así, su mente iba por libre y le recordó, no la última vez que lloró, sino todos los momentos en los que debería haber llorado y no lo hizo.

Se obligó a abrir los ojos, más por eliminar todas aquellas imágenes de su cabeza que por el mero hecho de abrirlos. El dolor de cabeza se agudizó de nuevo, pero esta vez intentó acostumbrarse a la luz. Lo primero que vio fue su propio reflejo en el espejo. Apenas se reconocía. Le había crecido la barba, había perdido unos diez kilos y unas enormes manchas negras habían aparecido bajo sus ojos. Se tocó la cara negándose a aceptar que aquella imagen era él mismo. Llevaba puesto un pijama blanco, parecido a los de los hospitales, y estaba descalzo. La ropa le colgaba del cuerpo como si fuera demasiado grande para él. Se levantó la camisa. Se le marcaban las costillas. Quizás fueran más de diez los kilos que había perdido. Por lo demás no había nada extraño en su cuerpo, nada que le diera alguna pista del motivo por el que le dolían todos los huesos.

Tardó un buen rato en dejar de mirarse a sí mismo. Cuando por fin miró alrededor se dio cuenta de que estaba dentro de un ascensor. Era bastante grande, aunque no lo suficiente como para ser de un hospital por lo que su pijama dejaba de tener sentido. Ahí no entraría una camilla. Era un ascensor normal. Demasiado. Paredes blancas y lisas, botones plateados, un espejo, luz blanca e impersonal… Nada que le diera algún tipo de pista de donde estaba. En ese momento fue consciente de que tampoco recordaba cómo había llegado allí. Intentó hacer memoria pero, por alguna razón, el primer recuerdo que llegó a su mente supo que era de hacía demasiado tiempo.

Apretó el botón de la planta baja. No ocurrió nada. Apretó el resto de botones uno a uno. Tampoco ocurrió nada, hasta que apretó el de la planta 13. Entonces, el ascensor comenzó a moverse. Estaba bajando, lo cual le sorprendió porque la planta 13 era la última de la botonera. El ascensor se movió durante mucho rato, demasiado incluso para haber llegado a la planta baja, hasta que de repente frenó en seco haciéndole perder el equilibrio. Tuvo la sensación de que el cerebro se le vaciaba y una náusea le llegó a la base de la garganta.

Las puertas se abrieron. Dudó si debía salir. Se asomó a la puerta. Era una habitación blanca, vacía. Algo o alguien, no supo bien qué, deslizó un libro abierto hasta la puerta del ascensor. Desde donde estaba no pudo ver de dónde había venido. Observó el libro sin atreverse a moverse de donde estaba. Era un diccionario en el que se había marcado la palabra «traición» con un rotulador rojo. Las puertas se volvieron a cerrar, mucho más rápido de lo que esperaba, sin darle tiempo a reaccionar, dejándole de nuevo encerrado en el ascensor. «Traición» pensó, intentando encontrarle algún tipo de significado.

Notó que el ascensor se ponía de nuevo en marcha, esta vez, subiendo. La velocidad fue en aumento hasta que se detuvo. Durante media fracción de segundo sintió la ingravidez antes de caer al vacío. En ese instante, todos los recuerdos volvieron de golpe. Supo quién era, supo qué hacía allí y supo qué había hecho para estar allí. Comprendió la acusación de traición y supo a ciencia cierta que era culpable. Recordó todo lo ocurrido con una claridad asombrosa y revivió el infierno de su último año. Pero sobre todo supo, con total seguridad, que iba a morir por lo que había hecho.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

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Mientras soñaba

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Abrí los ojos intentando enfocar las líneas de luz que se dibujaban en la pared. A mi cerebro le costó algo más de lo normal comprender dónde estaba. Las luces bailaban sobre los carteles de lugares exóticos y gente con mirada amable. El local de Amber. No había ningún otro lugar en la ciudad con esa mierda de carteles.

El local de Amber era un Dispensador de sueños, como tantos otros. En algún momento de nuestra existencia, habíamos perdido la capacidad de soñar. Probablemente haya infinidad de estudios que expliquen el motivo por el que los humanos ya no podemos soñar, la verdad es que nunca me he preocupado de averiguarlo. Lo que si sé es que la mente humana no puede soportar más de dos días seguidos en blanco. Al tercero, tu mente se fríe.

Hasta la mayoría de edad, los sueños te los administra el Instituto de Salud Mental en los colegios. Ellos dicen que es para que los niños crezcan sanos. Yo creo que es porque no quieren pequeños bastardos locos por las calles. Los niños son impredecibles y, con el cerebro frito, se vuelven realmente peligrosos. Una vez que cumples la mayoría de edad, te buscas la vida.

Si la vida te sonríe, tendrás tu propio Administrador de sueños en casa y, con suerte, hasta podrás tener varios sueños diferentes para intercalar. La mayoría de la gente, como yo, no tenemos más que el dinero justo para ir tirando y poder ir a un Dispensador cada dos días. Por supuesto, está la otra cara de la moneda, los tirados, aquellos que llevan sin soñar varios días. Los tirados son peligrosos desde el tercer al quinto día sin soñar. Luego, no son más que vegetales que sobreviven por las calles. La verdad es que nunca me he preguntado cómo.

Amber no fue la primera en montar un Dispensador, ni mucho menos. Su local no era el más famoso ni, mucho menos, el más limpio de la ciudad. Tampoco se puede decir que tuviera una variedad impresionante de sueños, pero era barato. En realidad, los Dispensadores de sueños se pueden diferenciar en dos grandes grupos: los buenos y los baratos. Además, ella tenía una serie de «servicios adicionales» que hacían que su local fuera mucho más interesante que el resto. A juzgar por la resaca y el frío que recorría mi médula espinal, esa noche me había pasado con uno de esos «servicios adicionales» de Amber.

Me moví despacio en el catre hasta hacerme un ovillo, intentando mantener el máximo de calor corporal bajo aquellas finas mantas. No había pasado ni medio minuto cuando Hassan, el celador, entró en la sala. En cuanto los sensores de tu cerebro detectan el estado consciente, él se encarga de que dejes el catre libre para otro posible cliente. Y era mejor no hacer esperar a Hassan.

Se acercó y me miró cruzando los brazos.

—Dame medio minuto, Hassan, por lo que mas quieras.

—No has pagado por medio minuto ¿puedes pagarlo?

Era una pregunta retórica, los dos sabíamos que no.

—Joder, la betaína que me dio Amber anoche me ha dejado fatal.

—La betaína estaba bien, el problema fue la cantidad. Y de eso solo tú eres responsable.

De nuevo, los dos sabíamos que era cierto. No había nada más que decir. Me estiré, aparté las mantas y salí de catre. Busqué mis pantalones en el compartimento de debajo del colchón.

—Joder, Kat ¿Qué te ha pasado? —preguntó Hassan con un hilo de voz.

Me volví hacia Hassan que me miraba con el rostro desencajado señalando hacia mi vientre. Bajé la mirada. Estaba cubierta de sangre desde el cuello hasta la punta de los pies. Era una sangre oscura y reseca, pegada a mi cuerpo como una costra. No creía que fuera mía porque no me sentía mal, pero la betaína podía inhibir mi dolor. Toqué mi cuerpo con las manos. Parecía que todo estaba en su sitio. Todo menos una pequeña zona rugosa bajo las costillas. Miré mis pantalones, estaban limpios. Miré hacia el catre, también estaba limpio.

Fuera lo que fuese lo que me había pasado, había sido mientras soñaba y no había sido allí.

 

(Escrito para el taller de Literautas. Esta vez, el reto era crear el primer capítulo de una novela. Esta idea lleva tiempo dándome vueltas en la cabeza. No sé si algún día se llegará a materializar del todo o, como tantos otros proyectos, se quedarán en una simple idea y este primer capítulo…)

En esta noche aciaga

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«…en esta noche aciaga»

No recordaba dónde había escuchado esa frase, pero desde hacía meses daba vueltas en su cabeza.

Resopló y tachó la frase. Se quedó mirando hacia el papel, con la mirada perdida, sin enfocar. Se sentía vacío.

—Vacío en esta noche aciaga —dijo en voz alta.

Media risa socarrona salió de lo más profundo de sus pulmones. Al menos, no había perdido la gracia, aunque sería mucho más gracioso si tuviese a alguien con quien compartirlo.

Se levantó de la silla estirándose. Podría haber contado todas y cada una de las vértebras por su crujido. Se sentía viejo y cansado.

Por un instante sopesó la posibilidad de ponerse la ropa de deporte y salir a correr. Tras las cortinas echadas parecía que hacía una buena mañana de sol.

—Demasiado sol para una noche aciaga —dijo de nuevo.

Tenía que quitarse esa frase de la cabeza, le estaba volviendo loco. Se decidió por el bourbon, era más efectivo. Cogió un vaso sucio del fregadero de la cocina, lo olió y lo dio por bueno. Llenó tres cuartas partes de bourbon barato y volvió al escritorio.

De pie vio las hojas desparramadas de su manuscrito desde otro ángulo. Había más tachones que letras. Se sintió un fraude. De un trago bebió más de la mitad del vaso. Estaba caliente. Un escalofrío le recorrió la nuca cuando el alcohol pasó por su garganta. No hizo nada por evitar la mueca de asco.

Recogió todos los papeles con cuidado en un montón perfecto. Los cuadró, los colocó y los volvió a cuadrar. Después, los metió en la papelera sin más. Pensó que el hecho de tirar tres meses de trabajo a la papelera debería haber tenido un poco más de teatralidad, pero en realidad le daba lo mismo.

Se dejó caer en el sofá. No sabía cómo había llegado a ese punto pero debía hacer algo para remediarlo. Desde la estantería de enfrente le miraban sus novelas como burlándose de él. Podía llegar a sentir la risa socarrona de Steven, su asesino fetiche, desde el interior de las páginas. Había sido bueno. Había sido grande. Había llegado a ser un referente en su estilo. Ahora no era nada. No era más que una mala frase recurrente. Steven no se dignaría ni a escupirle a la cara.

«Tengo que volver a los orígenes» pensó mirando el lomo de su primer libro.

Deseaba volver a aquella época cuando escribir era para él como respirar: sencillo, natural, sin ningún tipo de esfuerzo. Las palabras se agolpaban tan rápido en su mente que no era capaz de contenerlas. Simplemente se sentaba y dejaba que todo fluyera.

—Te lo prometí. Prometí no volver a aquello —dijo mirando hacia el portarretratos de la estantería.

Fue lo único que le pidió: un año limpio y volvería con él. «No es para tanto» había pensado en su día. Pero si lo era. Ya no era él, había perdido su esencia, sus ganas de vivir, el motivo por el que se levantaba cada día. Y lo que era peor, había perdido su inspiración.

«No tiene por qué enterarse» pensó un lado oscuro de su cerebro. Intentó desechar esa idea. «Claro que se enterará. Ya se había enterado una vez ¿por qué no iba a ser igual? En aquella época era más confiado. Solo es cuestión de tener cuidado. Mucho cuidado. Y eso sabes hacerlo”.

Se levantó con determinación. Había decidido que lo volvería a hacer. «Sólo por esta vez, sólo un libro más» se repetía mentalmente. Una pequeña parte de su conciencia le quería recordar que no habían pasado ni tres meses desde que ella se fue. Menos de tres meses y no había conseguido mantener su promesa. «Sólo una vez más. Seré cuidadoso».

No le había costado ningún trabajo decidirse. En realidad, sabía que no lo había decidido, si no que todo lo anterior había sido una farsa. La promesa, el tiempo que había pasado limpio, el penoso intento de escribir sin “ayuda”… todo.

Media hora más tarde ya estaba en la calle, despejado, bañado e, incluso, oliendo a perfume. Se sentía nervioso, como si fuera a una primera cita. Paseó por las calles del centro sin rumbo fijo durante un rato disfrutando del momento previo. Luego le vio: delgado, desgarbado y con pinta de soñador. Tenía que ser él. Le siguió a una distancia prudencial hasta que se metió en una casa. Entonces, sacó su libreta, miró su reloj y anotó la hora y la dirección.

Suspiró. Era un suspiro más de satisfacción que de alivio. Había comenzado. Dedicaría dos semanas de seguimiento para conocer sus horarios y costumbres. No podría dedicar más de una semana para la planificación y la ejecución de este asesinato, tenía una fecha límite para la entrega de su siguiente manuscrito. Sería suficiente. Pasó por delante de una carnicería. «Un gancho para carne, me gusta». Ya tenía arma del crimen, sólo tenía que pensar cómo deshacerse del cadáver sin dejar rastro. Esta vez debería ser más cuidadoso. Aunque hasta ahora la policía nunca le había considerado sospechoso, ella lo supo hacía tiempo. «Sólo tengo que tener más cuidado» pensó. Haría que su alter-ego Steven se sintiera orgulloso.

La planificación del asesinato ya se estaba formando en su cabeza, trasladarlo todo a la novela sería rápido y sencillo. Sólo le faltaba el título

«En esta noche aciaga» pensó sonriendo.

(Escrito para la revista de Valencia Escribe. Click aquí para leerla completa)

El Último Beso

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Cuando vi entrar a los Hermanos en el Club de Jani supe que habría problemas.

Jani era una de las últimas descendientes de la Tierra. Apenas tenía tres días de vida cuando sus padres tuvieron que huir a Aztheron, en el sistema Za-Esson. No puedo llegar a imaginarme cómo sería la vida en la Tierra si a sus padres les pareció que Aztheron era mejor opción.

Aztheron es conocido en todos los cuadrantes como la escoria del Metaverso, aunque todos acaban allí buscando alguno de sus servicios. Los asesinos a sueldo se ofrecen en las esquinas, al lado de las putas y los traficantes. Cualquier cosa que busques, cualquier cosa que necesites, la encontrarás en Aztheron. Sólo debes estar dispuesto a pagar el precio.

La familia de Jani era de esas pocas personas que intentan pasar desapercibidas en Aztheron. No comerciaban con nada ni con nadie. Simplemente, intentaban vivir sus vidas sin meterse en las demás. El problema de estas personas es que sus vidas no valen nada. Una mañana, sin mas, asesinaron a los padres de Jani por las cuatro latas de comida preparada que acababan de comprar. Ella seguía aferrada a la mano de su madre, cubierta de sangre, cuando los Limpiadores retiraron los cadáveres.

Después de eso, Jani se tuvo que buscar la vida. Nunca se ha sabido cuántos años tenía cuando comenzó en el negocio, porque ella siempre había mentido sobre su edad, pero se rumorea que con menos de 14 ya se había hecho un nombre. Dicen que la protección de Welsch el Gordo la consiguió a cambio de todo tipo de favores sexuales que nadie quiere imaginar. Otros rumorean que le inyectó un modificador mientras dormía y que, por eso, el Gordo era su marioneta.

Jani nunca hablaba de aquella época. «Forma parte de otra vida» solía decir cuando alguien le preguntaba.

Fuera como fuese, el Gordo hizo decapitar a toda la competencia de Jani en una sola noche, dejando sus cabezas en la plaza central para dejar un mensaje. Unos meses después, la propia Jani dejó la cabeza del Gordo en la misma plaza dejando claro quién mandaba a partir de ese momento.

Ahora, todos los negocios se hacían en su Club y siempre tras su consentimiento. No había nada que no pasara por sus manos. Si en Aztheron pudiera llegar a haber algún tipo de rey, sería una reina, sería Jani.

Por eso, cuando vi entrar a los Hermanos supe que habría problemas. Los Hermanos eran los únicos que tenían el valor de cuestionar las operaciones de Jani, aunque siempre a sus espaldas. Era la primera vez que entraban en el Club. Y habían venido todos.

Obviamente, los dieciséis Hermanos en realidad no eran hermanos. Eran los hijos de los antiguos dueños del negocio. Eran los hijos que habían tenido que recoger las cabezas de sus padres de la plaza. Yo siempre había pensado que tenían un aire cómico, todos vestidos de negro con esa lágrima tatuada en la cara. Llamadme insensible, pero a mí me hacían gracia.

El azar quiso que esa noche, Jani llevara puesto aquel vestido de cuero rojo que a mí me volvía loco. Ese vestido era el único motivo por el que yo visitaba el Club. Me sentaba en la barra y me pasaba horas mirándolo en el reflejo del espejo. Si Jani lo hubiera sabido, me habría sacado los ojos y me los habría hecho tragar. La sola idea de ver a Jani luchando con ese vestido contra los Hermanos me hizo perder la cordura. Me giré en el taburete. Sería un desperdicio ver ese espectáculo a través de un espejo, aún sabiendo lo que podría costarme.

Lo que ocurrió a continuación es difícil de explicar. Fue poesía pura, arte en movimiento. El Club se quedó en silencio tras el primer disparo. El cuerpo de Jani revoloteó entre los dieciséis como un diente de león flotando en el aire. Sangre, vísceras, miembros cercenados. No hubo gritos. No hubo súplicas. Ni siquiera hubo una sola palabra. Solo el sonido de la cacería.

Jani dejó en pie a un único Hermano. Se acercó y le besó en los labios. Todos los que estábamos en el Club contuvimos una exclamación de horror. El Último Beso. La promesa silenciosa de Jani de que nadie que hubiera tenido algún tipo de relación con aquellos hombres quedaría con vida. Sólo aquel al que ha besado viviría, para que pudiera contar el motivo.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

El Bosque de los Espejos

—El Bosque de los Espejos te matará —dijo Zander mirando al infinito.

—Si esta cerveza no ha acabado aún conmigo, no lo hará el Bosque —bromeó Alissa con una sonrisa torcida.

Zander apretó la mandíbula e inspiró como si fuera a decir algo más, pero no lo hizo. Llevaban en la taberna más de media hora y aún no había tocado su cerveza. Se agarraba a la jarra como si se aferrase a algo. Nunca le había visto tan preocupado

—El Bosque no me preocupa y tampoco debería preocuparte a ti —respondió Alissa, mucho más seca de lo que habría querido.

—Parece que estas deseando morir.

— ¿Morir? No, para nada.

—Entonces, ¿Por qué has elegido el Bosque de los Espejos? De todas las Pruebas, de todas las opciones, tenía que ser esa… ¿No te has preguntado por qué nadie lo elige desde hace décadas?

—No voy a hacer otra Prueba de Valía, Zan. No puedo ser vigía, ni cazadora, ni siquiera podría ser médico como mi madre. Necesito salir de aquí, necesito explorar. ¿No lo entiendes? Necesito comprobar que todo lo que nos cuentan es cierto, que somos los últimos supervivientes desde la Llegada y que, realmente, este es el último refugio que queda. No me resigno a pensar que la raza humana se haya reducido a los trece mil que estamos encerrados entre estos muros.

—El Bosque de los Espejos te matará —repitió Zander.

—No lo hará si tú me ayudas —respondió Alissa—. Tu madre fue la última que lo consiguió.

—No sé más que las historias que me contaba antes de dormir y no sé cuánto de cierto habrá en ellas.

—Cuéntame todo lo que recuerdes. Cualquier ayuda servirá.

Zander suspiró resignado.

—Nadie sabe cómo ha llegado a aparecer el Bosque allí, aunque es evidente que lo trajeron Ellos. No es de este mundo, eso está claro.

»El Bosque se divide en varios anillos. En su anillo exterior no hay nada extraño. Árboles y arbustos normales y corrientes, bayas silvestres e, incluso, algún conejo despistado. No es el mejor lugar para la caza, claro, pero no es peligroso.

»El segundo anillo está formado por arbustos bajos, con hojas cortantes como dientes de sierra. Con la protección adecuada se pueden superar sin mayor complicación.

»En el siguiente los enormes árboles lo ocupan todo. Son árboles que consumen la luz y el oxígeno, como si se tragasen todo lo que existe en el mundo. Miles de árboles asfixiantes, tan juntos unos de otros que apenas hay sitio para pasar.

»Después, los espejos: un pasillo entre torres de piedras relucientes. Los llamamos espejos pero no lo son. No reflejan tu imagen, reflejan tus miedos y tus obsesiones, reflejan lo peor de ti. Los espejos no dañan tu cuerpo, los espejos atacan directamente a tu mente y tu corazón. No puedes escapar de los espejos. No hay ningún secreto, no hay ninguna forma de evitarlo. Simplemente, debes ser fuerte y seguir hacia delante, sin dejarte atrapar por la locura.

»Por último, la Nada. Mi madre lo definía como una enorme explanada de vacío. No hay nada. Apareces en medio del blanco puro como por arte de magia. Dejas de percibir el suelo y el cielo. No hay distancias, no hay sonidos, no hay olores. No hay nada. Sólo estás tú y el Gran Espejo en el centro.

»El Gran Espejo te muestra todos los posibles futuros de tu vida y ninguno es agradable. Mi madre decía que El Gran Espejo siempre miente, pero yo sabía que ella no estaba tan segura. Nunca nos contó lo que vio allí, pero aquello fue lo que acabó con su vida. Poco a poco, igual que el agua desgasta la piedra, la fuerza y la voluntad de mi madre se doblegaron a aquellas imágenes de las que nunca quiso hablar.

»El Gran Espejo la consumió, como a todos los que se asomaron allí. Como te consumirá a ti.

— ¿Y luego? ¿Qué vio tu madre en el exterior? ¿Qué hay más allá de la Colonia?

—Luego nada. Ella nunca salió de aquí. Estaba demasiado asustada de todo.

—Yo no tengo miedo. Yo saldré de aquí y conoceré la verdad —respondió Alissa decidida.

—No puedo apoyarte en esto.

Zander la miró a los ojos, la besó en los labios y salió de la taberna. Alissa supo que era una despedida. Tenía que darle la razón, el Bosque acabaría con ella. Si no le tenía a él, ya no le quedaba nada por lo que luchar.

 

(Escrito para el taller de Literautas)

El lápiz mágico

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El segundo plato llegó solo un instante después que el hombre al que estaba esperando. Dio las gracias al camarero, bebió un trago de vino y cortó un pedazo de aquel solomillo que olía tan bien. Entonces, y sólo entonces, miró directamente al hombre.

Recordaba muy bien la primera vez que se vieron. Era un hombre altivo, con aquella mirada tan típica de quien había conseguido todo lo que quería sin esfuerzo. Aquel hombre alto y bien parecido, con esa elegancia impecable que rezuma dinero y poder, se había sentado frente a él sin haber sido invitado.

—Señor Stilt —había dicho— tengo entendido que usted tiene algo que yo necesito.

La prepotencia con la que le había hablado le había puesto en guardia. No se lo estaba pidiendo, se lo estaba exigiendo. Como si todo lo que existiera en este mundo tuviera que estar a su servicio con sólo chasquear los dedos.

—Buenos días para usted también, señor… —le había respondido de manera áspera.

—Smith.

—Ese no es su verdadero nombre.

—Por supuesto que no lo es, ¿por quién me ha tomado?

Stilt conocía de sobra a aquel hombre: Tomás Gutiérres había nacido en una familia más que humilde, en una pequeña aldea a unos 80 kilómetros de Ciudad Juárez. Al cumplir los 18 había cruzado la frontera, buscando fortuna. No comenzó a ser alguien hasta que se cambió el nombre a Thomas Gilmore y se inventó un pasado. Ahora tenía una de las mayores fortunas de la ciudad. Nunca había vuelto a tener contacto con su familia.

Ese era el momento exacto que Stilt estaba esperando. Gutiérres bajaría la guardia, sintiéndose con ventaja en su “anonimato”. Reprimió la sonrisa. Estaba en sus manos.

—Muy bien señor Smith, ¿cuál de mis artilugios es el que ha llamado su atención?

—El lápiz.

—El lápiz —repitió Stilt— ¿Conoce su funcionamiento?

—Perfectamente, es muy simple: escribes con el lápiz un nombre y esa persona se quita de tu camino —respondió como si se lo estuviera explicando a un niño.

Stilt no se molestó en corregirle, ni en recordarle las consecuencias. Ese hombre creía que lo sabía todo y no sería él quien le sacase del error.

—Pues entonces sólo nos queda hablar del precio.

—No me importa el precio —respondió Gutiérres mirando el reloj— Tengo prisa. Acabemos con esto, pagaré lo que sea necesario por ese lápiz.

—Perfecto. Firme aquí y estará hecho —dijo extendiéndole un contrato en blanco.

Gutiérres lo firmó con un gesto aburrido muy ensayado, recogió el paquete y salió de su despacho dejando la puerta abierta.

Ahora, aquel hombre altivo y prepotente que le había tratado como a un súbdito, temblaba de pie frente a su mesa mientras saboreaba uno de los mejores solomillos de la ciudad. Gutiérres hizo el ademán de separar la silla para sentarse.

—No recuerdo haberte dicho que te sentaras a mi mesa —dijo Stilt. El hombre dio un paso atrás bajando la cabeza—. ¿Qué te trae por aquí, Tomás?

— ¿Cómo sabes…? —tartamudeó con los ojos muy abiertos.

—Lo sé todo de ti, es mi trabajo. Lo que pasa es que la gente como tú os creéis intocables. Dime rápido lo que quieres, estoy ocupado —dijo señalando a su plato.

—Es el lápiz… —parecía que no era capaz de encontrar las palabras.

—El lápiz funciona perfectamente —dijo mientras abría la libreta que tenía junto a su plato— Veamos. Has escrito un total de ocho nombres, por lo que ocho personas han muerto. Eso te asegura que nunca más se interpondrán en tu camino.

—Sí, eso sí, pero…

— ¡Ah el “pero”! —respondió con teatralidad— Me encantan los “peros”. Son los que le dan chispa a mi pequeño negocio. Dijiste que conocías perfectamente el funcionamiento del lápiz. Es más, dijiste que pagarías cualquier precio.

— ¡Pero es mi hijo! No puedes quitarme a mi hijo —protestó, con lágrimas en los ojos.

—Es el precio.

—Negociemos. Pídeme lo que quieras, cualquier cosa… —sonaba desesperado— Se rumorea que antes negociabas este tipo de cosas. Se dice que te gustaba apostar, que te jugabas tus contratos a una última carta.

—Es cierto. Hace tiempo daba una última oportunidad proponiendo un juego muy simple: si conocías mi nombre, el contrato quedaba sin validez —los ojos de Gutiérres brillaron con esperanza. Stilt hizo una pausa y respiró hondo—. Pero eso era antes, cuando me creía intocable, como tú. Mi nombre es Rumpelstiltskin. Debes cumplir el contrato.
(Escrito para el taller de Literautas)

Depresión

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—Bienvenido de nuevo Normand, ¿En que te puedo ayudar hoy? —preguntó Cloud con una sonrisa.

Sabía que era una amabilidad falsa, impuesta, pero por alguna extraña razón, la voz de Cloud siempre le reconfortaba.

Estaba seguro de que no se llamaba Cloud, pero era el nombre que ponía en la chapita de identificación en su impoluto uniforme de Sense. Todos los trabajadores de Sense tenían nombres similares: Smile, Moon, Sugar, Cloud… Siempre había pensado que el nombre real de Cloud sería algo similar a Mildred. Tenía cara de Mildred. Cloud era una de esas señoras de una edad indeterminada entre los 60 y los 120 años, con unas facciones suaves y redondeadas que te recordaban a las abuelas de los anuncios de mermelada ecológica.

—Hola —intentó sonreír— quería depresión, por favor.

—Sabes que no puedo darte depresión, Normand, es la ley. ¿No prefieres añoranza? Es lo más parecido que podemos ofrecerte.

—No quiero añoranza, ni mal de amores, ni nada parecido. Quiero depresión y sé que puedes conseguírmelo —respondió casi en un susurro.

Cloud le miró muy seria, luego miró a su alrededor. Era la hora de cerrar, no había ningún otro cliente y los otros dos trabajadores ya estaban recogiendo sus puestos. En menos de cinco minutos estarían solos.

— ¿Por qué quieres depresión, Norm? ¿Es por ella?

—No

Cloud negó levemente con la mirada.

—Me gustabas más antes, cuando pedías amor. Me gustabas más hasta cuando pedías odio.

—Te puedo asegurar que no es por ella. Ella hace mucho tiempo que ya no forma parte de mí.

Hubo un silencio tenso y largo. Norm supo que era mejor no insistir a Cloud, ella ya estaba tomando una decisión.

—Está bien —dijo por fin—. En una hora te lo llevará uno de mis chicos.

—Gracias —respondió y salió del local dejando el dinero sobre el mostrador.

Decidió volver caminando hasta su piso. No estaba cerca, pero hacía buena noche para caminar. Por aquel entonces, había un establecimiento de Sense casi en cada esquina, pero lo que le conseguía Cloud no se lo conseguía nadie más. El trayecto merecía la pena y el paseo conseguiría mantenerle ocupado hasta que llegase el paquete.

Los establecimientos de Sense surgieron como una necesidad real para la humanidad. Con el paso de las generaciones, el ser humano había ido perdiendo los sentimientos de forma gradual. Incluso los niños, desde muy pequeños, se sentaban frente a sus televisores portátiles durante horas, completamente apáticos y sin mostrar ningún tipo de emoción.

Sense había desarrollado sentimientos a la carta, en forma de pequeñas pastillas que activaban zonas dormidas del cerebro y sin efectos secundarios. O eso era lo que decían sus anuncios. El mayor efecto secundario era la adicción. El ser humano está programado para emocionarse, para sentirlo todo, tanto lo bueno como lo malo. Una vez que probabas un sentimiento, fuera el que fuera, no podías volver soportar los días en blanco.

La venta de estos sentimientos estaba regulada por ley. Nada de sentimientos extremos, nada de sentimientos que pudieran llevar a dañarse a uno mismo o a los demás. Legalmente solo podías conseguir sentimientos amables y suavizados, sentimientos reconfortantes o, como mucho, una suave nostalgia de tiempos mejores. Para los sentimientos más fuertes como el odio, la venganza, o incluso el deseo, tenías que acudir al mercado negro. Y en el mercado negro, Cloud era la reina.

El correo llamó a su puerta 5 minutos antes de lo esperado.

—Me ha encargado que te diga que no merece la pena que hagas esto por ella —dijo el muchacho.

—Ya has cumplido el encargo —respondió con frialdad, cerrándole la puerta en las narices.

No entendía por qué Cloud ahora se metía de esta manera en sus asuntos. No era por ella, ya se lo dijo en el establecimiento. La había olvidado, la había metido en un sitio muy profundo y oscuro de su cerebro. Ya nada era por ella y nunca más lo sería, ya no quería volver a sentir nada por ella, ya formaba parte de sus días blancos.

Se sentó en el sofá y se puso la pastilla debajo de la lengua. Enseguida le invadió una oleada de tristeza desde lo más profundo de su estómago hasta el fondo de la garganta. Notó sus tripas encogerse y una sensación de vacío en los pulmones que no había experimentado antes.

—Joder, que buena es —dijo entre dientes y con la voz quebrada.

Se sentó frente al ordenador y respiró profundo. Pensaba que se echaría a llorar, pero no lo hizo.

«Nora» escribió en la pantalla en blanco. Miró ese nombre durante un minuto que se le hizo eterno, sintiendo que el nudo de su garganta no le dejaba respirar con normalidad. Luego lo borró.

Cloud tenía razón, como siempre. Todo era por ella. Quería escribir su historia, la historia de ambos, la historia de todo lo que habían vivido y de lo que nunca llegarían a vivir. Necesitaba contarlo, sacarlo de sus entrañas, para poder pasar página y que la vida siguiera su curso. Era un libro que quería escribir, que necesitaba escribir. Pero esa historia no podía escribirla desde el odio, la desesperación o la furia como sus anteriores libros. Esa historia merecía otra perspectiva, otro sentimiento más grande y más puro. Nunca lo escribiría desde el amor, ella ya no se lo merecía.

«Nadia» escribió esta vez.

Tampoco se merecía su nombre.

(Escrito para la revista de Valencia Escribe de octubre ¿No la conoces? Pincha aquí para leerla)

Jaque mate

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El sobre estaba vacío. Apreté la mandíbula mientras me obligaba a respirar profundamente. No sabía decir que me había puesto más furioso, si el mero hecho de que el sobre estaba vacío o que hubieran tenido el valor de dejar el sobre en su sitio, cerrado y vacío, como intentando engañarme. Cerré los ojos. Inspiré profundamente. No podía dejarme llevar.

«Contrólate viejo» pensé «Respira. Llena los pulmones de aire. Relaja los músculos. No es el momento.» Abrí los puños apretados y el sobre cayó al suelo hecho una bola. No había sido consciente de haber estrujado el sobre. Noté el parpadeo involuntario del ojo izquierdo. Mala señal. Tenía que salir de allí.

Abrí la puerta para salir a la calle y el viento casi me la arrancó de las manos. Con la esperanza de que arrancase también a los fantasmas de mi cabeza, decidí caminar hasta la casa del cliente.

No fue así.

Cuando llegué, no podía dejar de pensar en el sobre. La imagen del sobre vacío se había repetido en mi mente durante todo el trayecto como un bucle infinito. Una lluvia de gotas gordas y heladas comenzó a caer. Durante unos minutos me quedé allí, de pie, mirando la puerta cerrada de aquella casa, intentando que el agua y el viento limpiasen mis intenciones.

No funcionó. Nada funcionaba. En el fondo, sabía que ya había llegado a mi límite. Ese punto de no retorno en el que había ya tomado una decisión equivocada, aunque aún no me hubiera dado cuenta.

Llamé a la puerta. Alguien abrió una rendija. De un empujón y sin demasiada fuerza, la terminé de abrir y entré en la casa dejando un reguero del agua que escurrían mis botas. No miré hacia la persona que había abierto la puerta, no me hizo falta para saber que no había sido mi cliente. Si la hubiera abierto aquel hombre de más de 130kg no me habría resultado tan sencillo entrar, aunque solo fuera por tener que empujar todo aquel peso.

Fui directo a la cocina, ¿dónde más iba a estar? El hombre levantó la vista del plato de comida y me miró con pánico. Era tan predecible que me asqueaba.

—Déjame que te lo explique… —balbuceó llenándolo todo de comida al hablar.

No le dejé terminar. Vacié el cargador en su cabeza. Al girarme, vi al otro hombre en el quicio de la puerta. Sus ojos no tenían ninguna expresión. Eso me intrigó.

—Está muerto —dijo el hombre. No fue una pregunta. Asentí con la cabeza— ¿Por qué?

—Jugada incorrecta con el jugador equivocado —respondí. Me gustaba dar ese tipo de respuestas, me hacían sentir más inteligente de lo que en realidad era.

Guardé el arma y me dirigí a la salida, pasando al lado de aquel hombre que seguía sin mostrar ninguna expresión. Me dirigió una mirada fría y vacía. Eso me hizo sonreír. Me recordaba a un yo antiguo al que hacía mucho que no veía. Aquella época era mucho más sencilla. A veces me hubiera gustado volver a ser aquél tipo. Pero de eso hacía ya demasiados años.

Me llegó el olor de la pólvora un instante antes de caer de bruces. No sentí dolor. Ni siquiera escuché el disparo. Pude ver cómo se formaba el charco de sangre frente a mis ojos. Estaba caliente. Pensé en sentarme, pero el cuerpo ya no me respondía.

—Jaque mate, jugador­­­ —dijo el hombre. Acercó una silla, se sentó y encendió un cigarro con toda la paciencia del mundo.

—¿Sabes? —continuó— lo más difícil no ha sido matarte. Ni siquiera me costó encontrarte, por mucho que tú te vanaglories de eso. No me hizo falta más que una rubia mona para que salieras de tu escondite. ¿Nunca te extrañó que una mujer como esa estuviera con alguien como tú?

Rió, y su carcajada retumbó en alguna zona blanda de mi cerebro.

—El resto fue de lo más simple: un marido celoso con un encargo de cierta dificultad para que te lo tomases en serio y por una buena suma de dinero que, por supuesto, nunca llegaría. Tu temperamento predecible haría el resto. No tenía más que sentarme a esperar. Lo más difícil fue aguantar al gordo. Sabía que, a pesar de su esposa, tenía debilidad por los hombres. Tres meses. Tres jodidos meses de mi vida. Pero ha merecido la pena. Ahora el gordo está muerto, tú morirás y yo seré asquerosamente rico gracias a ti.

Me volvió a recordar a mí mismo. Sonreí.

(Escrito para el taller de Literautas)

El ejército de los muertos

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–¡Retirada!

La voz se escuchó con una claridad asombrosa por encima de los sonidos de la batalla. Kevan miró alrededor. Superaban al ejército del Rey Dormido en cien a uno y estaban doblegando al enemigo sin a penas cansarse. En menos de una hora tomarían el castillo casi sin bajas. No entendía nada.

­–¡Retirada, retirada!

Kevan sujetó por el brazo a un hombre que corría desde el frente.

–¿Quién ordena la retirada? ¿Qué demonios está pasando?

­–Son ellos… sálvate… corre… –respondió con desesperación mientras se soltaba y huía.

–­–¡Seguimos luchando! –gritó Kevan con furia– No habrá nada que nos arrebate la victoria. Esta noche cenaremos la comida del Rey Dormido, beberemos su vino y nos follaremos a sus mujeres.

Sus hombres gritaron en señal de apoyo y la lucha continuó. Eran más fuertes, estaban mejor entrenados y les superaban en número. Enfurecido y con fuerzas renovadas luchó contra todos aquellos que se cruzaban en su camino, avanzando hasta la primera línea.

Cuando les vio, ya era tarde. Ellos no luchaban, únicamente sesgaban las vidas a su paso sin ni siquiera perder la formación. Sus hombres morían bajo sus espadas sin oponer resistencia. No era una batalla, era una ejecución.

Kevan también se doblegó sin luchar. Dejó caer la espada y se arrodilló bajando la cabeza, esperando la muerte. Ni siquiera fue consciente de cuándo acabó la batalla. Ocurrió todo demasiado rápido, como en un mal sueño. Si más, dejó de escuchar gritos a su alrededor.

Levantó la mirada hacia los seres que tenía delante. Hasta entonces, lo único que sabía de ellos eran las historias que se contaban a media voz en las tabernas: El Ejército de los Muertos, aquel que no puede ser vencido, aquel al que ya no se puede matar.

Se decía que eran los fantasmas de aquellos que lucharon en las Guerras sin Nombre, a las órdenes de Ba-Haur el Salvaje. Un ejército de mil almas en pena condenados a luchar hasta el fin de los días por las atrocidades cometidas en vida.

Las máscaras de acero de aquellos seres reflejaban el sol del mediodía. Una leve brisa movió la hierba a su alrededor y dientes de león flotaron hacia el cielo. De rodillas y sentenciado por el Ejército de los Muertos, no pudo evitar sonreír por lo hermoso del momento.

–Dos almas –reverberó una voz desde detrás de una de las máscaras– las demás pueden viajar al otro lado.

Algo le tocó la cabeza y aguantó la respiración. A su espalda, escuchó el sonido inconfundible del acero atravesando vísceras. Unos brazos le levantaron y le arrastraron como si fuera de papel, obligándole a arrodillarse de nuevo frente a uno de aquellos seres. A Owen, su segundo al mando, le llevaron un instante después arrodillándole a su lado.

–Habéis demostrado fuerza y valor en la batalla. No habéis dejado de luchar, a pesar de la orden de retirada. Os habéis ganado el derecho a decidir. Elegid la vida eterna y seréis parte del Ejército de los Muertos. Lucharéis con nosotros y no conoceréis la derrota. Os ofrezco una vida eterna de riquezas y gloria. Todos temerán vuestro nombres y todos se doblegarán ante vuestras espadas –dos de aquellos seres apoyaron las puntas de sus espadas sobre sus pechos–­. Elegid la muerte y todo habrá acabado.

A su lado, Owen se lanzó contra la espada sin dudarlo un instante. Su cuerpo cayó como un fardo, sin un solo ruido, sin un último suspiro de vida.

–La vida eterna. La gloria –murmuró Kevan–. Es demasiado bueno para no aceptarlo.

–Entonces morirás para luego renacer.

La espada se apartó y Kevan se puso en pie con orgullo, levantando la barbilla. Era lo que siempre había querido. No había tomado esposa ni quería hijos. Lo único que deseaba, desde que era niño, eran grandiosas batallas por las que su nombre resonase a través de los tiempos. La vida eterna. La gloria. El Ejército de los Muertos le ofrecía todo aquello sin pedir a cambio nada más que su vida. Era un buen trato.

Aquellos seres le rodearon con sus espadas, apretando las puntas contra su cuerpo. Aquel que había hablado, apoyó la suya sobre la zona blanda de su garganta.

– ¿Preparado para morir?

– ¿Por la vida eterna? ­–preguntó Kevan con ironía sonriendo de medio lado. Abrió los brazos y llenó los pulmones de aire echando la cabeza para atrás.

–Por todos los demonios, Akor, este bastardo es igual que tú –respondió el ser riendo.

Todos los demás rieron a carcajadas mientras bajaban las espadas. Uno a uno, se fueron quitando la máscara.

No había esqueletos. No había carne putrefacta bajo aquellas máscaras brillantes. No había nada de aquellas historias. Eran hombres, sólo hombres normales y corrientes, de carne y hueso y riendo de manera escandalosa, con los rostros sudorosos.

–Vamos, luego haremos las presentaciones. Ahora nos tenemos que ir de aquí antes de que alguien nos vea. Hay que mantener el misterio –dijo con voz amable aquel que le había apuntado a la garganta.

–Que demonios… –dijo Kevan.

–A todos nos pasa lo mismo, no te sientas mal por ello. Hay tantas historias sobre el Ejército de los Muertos que todos esperamos que realmente sean almas en pena. Seres fantasmagóricos con la carne descolgándose del hueso y todas esas cosas. No es cierto, claro está. No somos más que buenos guerreros que alquilamos nuestros servicios por una buena suma.

­–Mercenarios…

–Mercenarios, si, pero los mejores. Somos el único ejército invencible gracias, en parte, a todas esas historias de taberna que corren por ahí. He de decir, que alguna de ellas me ha llegado a sorprender…

El hombre siguió hablando, pero Kevan ya no escuchaba. Falso. Era todo falso. Había arrojado su espada a los pies de una mentira. La gloria. La vida eterna. Todo se evaporaba a su alrededor. Noto que la furia le ardía en sus entrañas. El Ejército de los Muertos harían honor a su nombre. Esa misma noche, les mataría mientras durmieran.

(Escrito para la revista de Valencia Escribe de septiembre. ¿No la conoces? Pincha aquí para leerla)

El Encargo en Mo-Rashën

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John miró su reloj de muñeca con gesto cansado.

—Debemos irnos Mr. Freeman.

El mono sentado a su lado le miró por un instante y se volvió a concentrar en la enorme amazona que bailaba sobre el escenario.

—Se nos hace tarde y tampoco es que ella sea ninguna maravilla —insistió.

John tiró un puñado de billetes sobre la mesa mientras Mr. Freeman se subía a su hombro y salieron del local.

—Vamos, no te pongas así, ella debía de medir cerca de los dos metros y no tenía ningún tipo de sentido del ritmo.

El mono chilló.

— Pues a mí no me parecía nada guapa —respondió John mientras accionaba el mecanismo de apertura de la puerta de la nave.

Mr. Freeman se bajó de un salto y se sentó al lado de la rampa de entrada con los brazos cruzados.

—Por favor, Mr. Freeman, vamos. Llegaremos tarde. Y sabes que odio llegar tarde.

El mono se giró, dándole la espalda.

—De acuerdo, en cuanto terminemos el trabajo volveremos al Corazón Verde para que vuelvas a ver a la amazona.

El mono no se movió.

—Y te pagaré un baile privado con lo que saquemos del encargo —dijo con resignación—. Pero esta vez yo también entraré contigo.

Mr. Freeman subió a la nave corriendo. John sonrió y cerró la compuerta.

El viaje hasta Mo-Rashën no era largo. Una nave en buen estado, a velocidad normal, no tardaría más de seis o siete minutos en llegar. Pero su Sugar Witch no era normal.

Cuando se la compró a aquel prestamista de las afueras Zandor ya era demasiado vieja para volar, y de eso cási hacía ya quince años. En honor a la verdad, había hecho un trato fabuloso con aquel prestamista porque la nave tenía mucha peor pinta de cómo estaba en realidad. Al final, tras unos meses de arreglos y algunas piezas conseguidas de manera sospechosa, aquella nave llamada Reina del Desierto, que se estaba pudriendo en un desguace de Zandor, pasó a ser la Sugar Witch, la nave más reconocida del cuadrante 37.

No habían recorrido ni la mitad de la distancia del trayecto cuando una de las turbinas se atascó, haciendo que el mecanismo de seguridad desconectara todos los sistemas. Una hora más tarde, lleno de grasa y oliendo a sudor, descendía en el desierto de piedras de Mo-Rashën.

John bajó de la nave y caminó hasta el borde del acantilado. Mr. Freeman corrió a su lado.

—Es tarde —miró el reloj—. Demasiado tarde para poder arreglarlo, ya no podemos hacer nada. Era un buen trato y odio perder los buenos tratos, casi tanto como odio llegar tarde. Habría sido un trabajo limpio y sencillo Mr. Freeman: entrar, cargarnos al tipo mientras dormía y cobrar nuestro dinero. Ahora ya no es posible. No sería ni limpio ni sencillo, ya no compensa el pago.

Mr. Freeman chilló.

—Tienes razón, debimos quedarnos en el Corazón Verde.

El receptor de llamadas vibró en su bolsillo lateral. Accionó el botón de responder y la cara de Sarr El Bardo flotó sobre el vacío del acantilado.

— ¿John? ¿Hola? Te veo fatal, supongo que estás en Mo-Rashën y eso son buenas noticias para mí.

—Estoy en Mo, pero no tengo buenas noticias para ti. El trabajo no está hecho.

La imagen parpadeó varias veces y el sonido se perdió pero, por los gestos, John supo perfectamente lo que estaba diciendo El Bardo.

—Tienes razón, lo arreglaré —respondió John.

—Por supuesto que lo arreglarás, y gratis.

—Por supuesto que lo arreglaré, pero no será gratis.

—No te pagaré, no has cumplido el trato.

—Puedo aceptar una rebaja en el precio por las molestias, pero no trabajaré gratis.

—Más te vale…

John cortó la comunicación sin dejarle terminar la frase. Mr. Freeman chilló.

—Tienes razón, no he debido hacer eso. No me mires así, no creo que sea ningún problema. Además, ya era hora de que alguien le dijera que no al Bardo, ya no podrá decir que todos bailan a su son. Igual hasta tiene que cambiarse el nombre —bromeó intentando quitarle hierro al asunto.

Mr. Freeman se subió a su hombro y John lo interpretó como un apoyo incondicional de la decisión que acababa de tomar.

—Vámonos de aquí —le dijo a su amigo—, los hombres del Bardo no tardarán en venir a buscarnos. Esperemos que Sugar colabore y podamos escapar a tiempo.